Desde Tana con amor

por | May 31, 2010 | África de cabo a rabo, Madagascar, Viajar por África | 3 Comentarios

Y llegamos a Antananarivo, Tana para los locales. El aeropuerto nos dio las primeras pistas de lo que se avecinaba. Descendimos del único avión comercial sin hélices estacionado en las pistas y no nos esperaba ni un finger ni un autobús: nos tocó andar hasta la terminal. En la canija sala de llegadas se amontonaban la oficina de expedición de visados, el control de pasaportes, el control sanitario, la aduana y la cinta de recogida de equipaje, sobre la que ya se lanzaban los portamaletas. Nada más cruzar la puerta, los taxistas, a cual más ilegal, se nos rifaban gritando cifras cada vez más bajas. Cuando se distrajeron con otro turista, escapamos al autobús, el único atisbo de organización fuera del aeropuerto.

Desde las ventanillas del autobús nos sorprendieron las primeras imágenes de la ciudad, por contraste con Johannesburgo. Veníamos de una ciudad moderna, fría y sin carácter y nos plantamos de golpe en el tercer mundo, en una ciudad de calles de tierra, casas bajas de ladrillo rojo, coches destartalados, carniceros con el género al sol lleno de moscas, gente descalza con la ropa sucia y raída, basura y agua estancada por todas partes, arrozales y vacas en pleno centro…

Al igual que al inicio de nuestro viaje, hemos tenido la suerte de tener casa (¡gracias, Mireia!) y no un hotel, que nos permitió tomarle el pulso a la ciudad más desde el punto de vista del local que del turista. Y como nuestros vecinos de Ambatoroka, el barrio donde estuvimos los cinco primeros días, sufrimos los cortes de electricidad, aunque nosotros por suerte teníamos agua corriente y no era necesario ir a por agua con cubos a la fuente ni usar el retrete comunitario ni lavarnos en la calle.

Y como hacen ellos, el domingo fuimos al zoo, no a ver animales, sino a ver la fauna humana, que después de ir a misa de punta en blanco va allí a pasar la tarde en las tres sencillas atracciones de feria que había (un tiovivo girado a mano, una tómbola y un «tiro al bote» con piedras). Nosotros aprovechamos para ver los animales más famosos de la isla: los lemures, ese mamífero con cuerpo de mono y cara de oso. Y constatamos el estado ruinoso del zoo y de sus pocos animales, a pesar de la ayuda que reciben de zoológicos de todo el mundo.

Otro día fuimos a un concierto, donde una cantante a la guitarra y dos percusionistas/guitarristas tocaban música tradicional. Como el resto del público, acabamos dando palmas y cantando los estribillos. No fue difícil: cada bis era una canción que ya habían tocado en el concierto, y una, la más exitosa, la llegaron a tocar tres veces.

El lunes celebramos con ellos Pentecostés, pero de una maneras pagana: el parque se convirtió en una feria llena de atracciones, comida y bebida. Pasamos la tarde entretenidos viendo las carreras de bólidos -como karts familiares pero en cutre-, las norias y tiovivos propulsados a mano, los niños volando en tirolina frenada por dos macizos y a toda adolescencia con las hormonas revolucionadas, yendo y viniendo, revoloteando y ligando.

Hemos recorrido los abarrotados y caóticos mercados locales para comprar lo que después cocinaríamos y comeríamos en casa: judías verdes, patatas, alubias blancas, calabaza, queso, piña, papaya… Puestos ordenados y limpios, en los que la unidad de venta es la unidad de consumo: tres minúsculos tomates, una lámina de calabaza, un ajito, dos cebollas del tamaño de una nuez, un huevo… Tras cinco días recorriendo el mercado ya nos hemos hecho expertos en esquivar a los niños carteristas y a los vendedores de vainilla que insisten en que en la aduana te permiten llevarte hasta tres kilos. Y ¡merci!, gracias a la herencia francesa, desayunamos café, pan y croissants (cualquier parecido con el original es mera coincidencia). Pero no solo hemos comido en casa, Tana está llena de chiringuitos y puestos donde comer a cualquier hora del día a un precio ridículo. Lo que más se lleva es la souppe chinoise, los tallarines con cosas y fritangas varias como samosas indias o rollitos nem vietnamitas, todo muy asiático, lo que no es sorprendente vista la cara de la gente con sus rasgos indonesios, malayos y chinos, algo muy peculiar, teniendo en cuenta que estamos en África.

UnGranViaje es el retoño de Itziar Marcotegui y Pablo Strubell. Nació tras un viaje de un año por África, en el que tuvieron que enfrentarse a innumerables dificultades en la planificación, una vez en ruta y al regreso. Itziar y Pablo son autores varios libros más, de pódcast de viajes y de las Jornadas de los grandes viajes.

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3 Comentarios

  1. Andres

    Tana,,,claro un apocope….pronunciar ese nombre tan largo pues que no mola.

    ¿Andais muy bien?

    Yo acabo de llegar de Paris donde he estado unos dias….¡Claro que nada que ver con esa viestra aventura….! Por momentos dais una envidia asquerosa……y adem´´as os libarais de todo este tenebrismo economico que a todas horas suena por aqu´´i,,,ni debajo del agua se libra unos de toda esa calentura.

    P.Scriptum._ debereis disculparme por la falta de tildes,,,no se que pasa que no las pone….en fin.

    El caso es que os esteis apañando segun vuestros deseos.

    Os envio abrazos.

    Andr´´es

    Responder
  2. Andres

    ….celebrasteis Pentecostes….

    …y os alojais de gañote,,,fantastico.

    Responder
  3. tiki

    no se si recibireis algo de lo que escriba, es posible que no porque escribir se pero como se envia no….yo creo que ese pueblo me recordaria algunos que pasabas por Venezuela por lo de la carne con moscas besos yiki

    Responder

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