Le Grand Sud (1/2)

por | Jun 22, 2010 | África de cabo a rabo, Madagascar, Viajar por África | 3 Comentarios

Podíamos haberlo hecho fácil, pero en un país complicado de por sí, decidimos irnos de las rutas habituales. Tanto que ni las dos guías que usamos (Bradt y Lonbely Planet) contemplaban ese recorrido, dejándolo en un simple «sabemos que se puede hacer, pero si alguien lo hace que nos lo cuente»… pues en primicia, para todos ustedes, empieza aquí el relato del los 4 días empleados para recorrer los 504 kilómetros de la «carretera» nacional RN13. La media impresiona: 126 kilómetros por día. Y si consideramos las horas pasadas desplazándonos, hacen la friolera de velocidad media de 21,91 kilómetros por hora. Espeluznante.

Todo empezó en Ihosy, una ciudad sin interés alguno en la carretera (asfaltada, esa sí) que une Tana con Tulear, la principal ruta turística y comercial del país. Para que os hagáis una imagen clara, es algo así como una carretera rural tipo gallega. Sencilla, sencilla. De ahí sale la RN13 que une dicha ciudad con Tolagnaro (llamada anteriormente Fort Dauphin) la principal ciudad del sur del país. Nos hacía ilusión bajar al sur, nuevamente, en busca de olas, desierto y aventuras.

La carretera dejó de tener asfalto desde el kilómetro 1. Bueno, no es cierto, nunca lo tuvo. Así que desde el primer momento, en una furgoneta en la que nos sentaron a 5 personas en cada una de las filas (de 4 asientos) avanzamos levantando nubes de polvo. Durante kilómetros no vimos a persona alguna, entramos en una de las zonas más despobladas y aisladas del país, en una zona semiárida en la que apenas la paja y hierba ya amarilla y algunos árboles salpicaban el paisaje. Poco duró nuestra alegría, y durante las 6 horas restantes la furgoneta se dedicó a ir de agujero en agujero esquivando piedras, rodadas y charcas sin fondo. Inmóviles, aprisionados en nuestros asientos, nuestros culos no tardaron en solidificar, y durante varias horas nos dedicamos a buscar la posición en la que podíamos dejarnos caer en nuestros vecinos a fin de resistir mejor el sufrimiento. Todos hacíamos lo mismo. Pero ellos, se ponían de acuerdo para cederse los hombros y poder así echar unas cabeazditas unos encima de los otros.

Betroka fue la primera «ciudad» en la que rompimos el trayecto, con la suerte de encontrar un hotel sencillo y limpio para dormir, y quitarnos el polvo de todo el cuerpo a base de cubos de agua. Comparado con las siguiente aquella era importante: tenía la calle principal asfaltada, varios restaurantes,un bazar muy digno y hasta una gasolinera. Pero empezamos a ver otra dificultad con la que no contábamos: el idioma. De repente, casi nadie hablaba ni francés, así que tocaba tirar del malgache. Y de Itziar, que es la que se ha molestado en aprenderlo.

El día dos empezó bien para la señora en del puesto del mercado en la que desayunamos. De repente, todo el mundo quería tomar allí su café con fritanguitas (tipo buñuelos) que ofertaba. La gente se paraba a mirarnos, a observarnos, y oíamos como le decían cosas de nosotros. Cuando oíamos la palabra vahaza sabemos que hablan de nosotros. Quiere decir, hombre blanco. Pero tambiébn nos trajo a nosotros un regalo, 80 kilómetros de una pista rojiza, casi perfecta, con algunos trozos incluso asfaltados. Nos quedará la duda de porqué no asfaltaron por el principio de la Nacional, pero bueno, bienvenidos fueron al llegar a nuestro destino… intermedio. Isoanala. Apenas eran las 10 de la mañana, teníamos todo el día por delante para seguir pero… ese día no había transporte para enlazar con el siguiente pueblo, así que resignados nos tocó quedarnos el día entero allí, durmiendo en un cuchitril sin baño ni agua para asearnos. Y ¿cómo se rellena el día hasta las 5 de la tarde en que cae el sol y cenamos? Paseando, saludando a la gente, dejándonos ver, observar. En esta región, los blancos que pasan lo hacen sin parar, así que la sorpresa era evidente en muchas de las caras que apenas salían de su asombro para saludarnos… hasta que llegó Pierre, un hombre que nos paró en la calle, nos saludó, nos contó que trabajaba recogiendo nueces de los árboles (luego nos quedó la duda de si era electricista en los postes, porque nos sorprendió que supiera que las farolas allí fueran de fabricación española) y nos invitó a pasar a su casa. Aceptamos con la duda (en este país todo el que se acerca parece que quiere algo de tí, normalmente, tu dinero) y nos presentó a su hermana, costurera, que era quien sabía algo de francés. Nos enseñaron su casa: un pequeño terreno con tres casas de adobe -una la cocina, otra el taller-dormitorio de la hermana y la otra la casa de Pierre, su esposa y su hija- cada una de ellas de un tamaño equivalente a una habitación de las nuestras. Y nos ofrecieron ese pequeño regalo que es la hospitalidad desinteresada, para conocernos, para vernos.

Entre saludar a unos y otros, pasear por el pueblo (como mucho 500 habitantes) pasó el día. Cena en uno de los dos restaurancitos disponibles(higados de zebú con arroz y pollo con mucho hueso y poca carne con más arróz) y a dormir, pero sin baño ni agua, nos lavamos los dientes con la botella de agua en la calle. Apenas eran las 7 pero estábamos agotados. La fama cansa.

El tercer día iba a ser demoledor, sin saberlo. Nos seguíamos adentrando en el «desierto» (más bien una zona muy árida) malagache y la pistas estaban cada vez en peor estado. Un día hubo una pista buena, se ve todo el rato, pero hoy las pistas existentes se han creado para evitar usarla, y en algunos tramos el conductor debe elegir entre varias pistas posibles: cuando se estropea una, o cuando se hace un charco muy grande en otra, los conductores intentar crear una nueva: se meten campo a través, como buenamente pueden, y a botar por otro lado. El traslado que el día anterior no pudimos hacer lo disfrutaron nuestros riñones a primera hora de la mañana, durante tres horitas escasas. Nuestro destino, parcial, Beraketa, un pueblacho de mala muerte, en el que ya ni la calle principal estaba asfaltada, el bazar estaba medio desabastecido y apenas un sitio se podía contemplar para comer. Las malas noticias llegaron pronto: apenas eran las 10, nuevamente, y el transporte hasta la siguiente ciudad saldría a las 7 de la tarde… un mazazo. Empezabamos a estar cansados del viaje, aun quedaba mucho y lo que queríamos era avanzar, de día, para ver el paisaje, no de noche… pero no quedaba otro remedio.

(continuará…)

Pablo Strubell

Editor de La editorial viajera, escritor y guía de viajes. Cuenta con dos grandes viajes a sus espaldas: Ruta de la Seda (8 meses, en 2005) y África de cabo a rabo (12 meses, en 2010-11). En sus pocos ratos libres escribe para este blog así como para Leer y viajar. Por si fuera poco, organiza las Jornadas de los grandes viajes. Y entre una cosa y otra, intenta viajar.

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3 Comentarios

  1. ANGEL ( de Benicassim)

    qué bonita debe ser la costa sur! vaaaaa fotos y actualizacioooooon!

    suerte

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  2. slleyk

    hola amiga, estoi mirando las fotos, que buenas, que grande viagem tu esta fazendo, fico muncho encantado com las fotos, a africa tenes mucha cultura, buena suerte, besosss

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  3. Itziar

    Obrigada, Slleyk!
    Tudo bem? Me escreve e me fale da viagem que va fazer! Beijos.

    Responder

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