Le Grand Sud (2/2)

por | Jun 25, 2010 | África de cabo a rabo, Madagascar, Viajar por África | 2 Comentarios

Así que para matar el tiempo, decidimos ir a dar una vuelta por los alrededores del pueblo. Bajo la sombra de los eucaliptus salimos por la calle principal y tomamos un pequeño sendero, entre pequeños cultivos, siguiendo a lo lejos a unas señoras. A lo lejos unos niños nos observaban, seguramente pasmados ante la imagen de unos hombres blancos caminando por allí. ¿Serían visiones? ¿Les habría sentado mal el desayuno? Cruzamos un río y a lo lejos vimos lo que parecían unas tumbas, rectangulares, destacando por su blancura (las casas de la gente son de barro de color rojizo y solo se pintan los edificios oficiales: el ayuntamiento, correos, etc) Decidimos encaminarnos hacia allí: los cementerios malgaches tienen fama por su especiales tumbas y queríamos verlas. En algunas regiones usan túmulos de piedra, en otras las decoran con esculturas en madera y aquí, por lo poco que sabáimos, las pintaban de una manera naif con escenas y pasajes del difunto con sus cosas más preciadas (bicicletas, guitarra, zebús o escopeta, por ejemplo). Había camino así que lo seguimos hacia el cementerio aunque sospechando que tal vez no era la mejor idea: del mismo modo que las tumbas son muy interesantes, los ancestros son muy venerados y todo lo que les rodea, como los cementerios, son lugares con una significación especial. A lo lejos, algunas figuras nos observaban, como siempre en este país. Entre curiosos y temerosos, caminamos apenas unos minutos por el cementerio, sin tocar nada, ni acercarnos demasiado. Un par de fotos de recuerdo y regresamos al camino. Y ahí empezó todo.

Unos agricultores se acercaron a «saludarnos», con sus azadas y uno con una honda. Apenas hablaban francés, pero parecía que nos preguntaban de dónde veníamos, qué hacíamos allí. Su cara delataba que no estaban muy contentos. Nosotros intentamos explicar que eramos turistas, entre sonrisas y caras de poco entendimiento. La situación no era cómoda, así que decidimos intentar sortearla volviendo al pueblo. Con lo que no contábamos es que fueramos escoltados, mientras uno de ellos corría hacia el pueblo por delante de nosotros. Glups. Parecía que se iba a montar una gorda. Conforme nos acercamos lo vimos: 20 personas, mayoría hombres, acudían a nuestro encuentro, liderados por un hombre mayor, que hablaba algo de francés. Intercambiamos saludos y nuevamente nos preguntaron qué hacíamos allí, para qué habíamos ido, si habíamos sacado fotos… Todas nuestras explicaciones parecieron pocas y confusas, y nos exigieron acudir al pueblo en busca del que entendímos era el alcalde. Afortunadamente al llegar el buen hombre debió ver el pánico en nuestras caras y constatar que no éramos más que dos turistas despistados visitando un lugar sagrado, por lo que vimos algo bastante ofensivo. «Pensaban que erais ladrones de huesos» no dijo, «en esta zona son habituales: los roban y luego los venden en la capital»… No sabemos si aquella era la verdadera razón de aquel sarao o que simplemente habíamos metido la pata hasta el fondo, metiéndonos en un lugar sagrado sin alguien que nos acompañara, pero la experiencia nos dejó un mal cuerpo tremendo. Habíamos sido unos novatos, algo inconscientes, y con nuestra presencia allí seguramente ofendimos a las familias de los parientes allí enterrados. Dando las manos a todos, pidiendo una vez más excusas, nos largamos de allí pitando, deseando que la tierra se abriera y nos tragara. Cosa que casi sucedió.

Aparcado en el pueblo vimos un 4×4 remolcando a una camioneta, y nos acercamos a ver si podían llevarnos. «¡Por supuesto, subid a la furgoneta!» nos dijo, y allí que nos montamos, con otros 4 malagaches en unos bancos de madera, en la parte trasera. Con alegría nos largabamos de aquel pueblo que nos recordará durante tiempo, y continuabamos nuestro trayecto, de 78 kilómetros hasta Antanimora. «Entre 4 y 5 horas» nos dijo que tardaríamos. Pero en cuanto se rompío por primera vez el enganche entre los coches, nos dimos cuenta de que ese tiempo sería quimérico. Una viga de tres metros enganchada a los cohes con cadenas era el sistema de remolque. Primero rompió una cadena. Luego la otra. La tercera vez la reparación no pudo usar la cadena así que usaron un método que aspira al Premio a la chapuza más ingeniosa vista hasta la fecha: ni más ni menos que con un machete cortaron el cinturón de seguridad del copiloto del 4×4 y lo ataron a modo de cadena entre el coche y la viga… ¡Olé! Lo cierto es que el ingenio malgache duró bastante rato, pero una carretera en un estado demencial (por lo menos para ir remolcando coches) hizo que rompiera una cuarta y hasta una quinta vez… y lo peor es que cada vez había menos recursos… Por suerte, tras seis horas de botes, zarandeos y saltos llegamos, caída la noche, a Isoanala, entre tinieblas. Ni una sola luz, ni un solo alma… Afortunadamente aquí están preparados para todo: en un momento, abrieron el único restaurante y cenamos toda la comitiva (un festín de carne de zebú en salsa de tomate con arroz) a la luz de las velas, rodeados de gente durmiendo por el suelo, bajo mantas. A nosotros nos alquilaron por apenas 2 euros una pequeña casita de madera en la que no cabía nada más aparte de la cama. Dormimos cual lirones enfundados en nuestros sacos sabanas, confiando en que las pulgas estuvieran más entretenidas en la cama de otros.

Y el cuarto y previsiblemente último día ofreció más de lo mismo: sorpresas. Los dos camiones de transporte de pasajeros que nos dijeron que pasarían declinaron hacernos un hueco. Aún a día de hoy ignoramos el porqué pero de repente eso significaba quedarse colgados allí a ver si pasaba alguien que quisiera llevarnos (pagando, of course)… y en eso vino la furgoneta de Correos a rescatarnos, después de una hora de espera. Encantados nos llevaron, aunque sabían que tendrían que darle una mordida al guardia de turno al llegar a Ambovombe, por eso de llevar a guiris en un coche oficial. Por los otros 7 malgaches con los que nos apretujamos entre sacos, cajas y demás mercancías no era problema. Pero llevar a guiris, sin compartir el beneficio, era otra cosa. Así que nuestra tarifa, llevaba incluida la mordida. Sin darle más vueltas partimos, esta vez sentados sobre nuestras mochilas, agarrados a la estructura metálica para no salir volando en cada bote y disfrutando de una pista arenosa que nos obsequiaba con tramos en los que iríamos a 60 por hora con baches tomados a esa velocidad. Demoledores, sobre todo para los malgaches, sentados sobre el suelo metálico sin cojín alguno… Cada vez más cerca de la costa, las chumberas tomaron el paisaje y árboles de espinos junto con algunos baobabs adornaban el horizonte. Vimos lemures, vimos zebus, pero gente, ninguna. ¿Quién se iba a molestar en irse a vivir allí? Al llegar a Ambovombe tenía ampollas en las dos manos, de agarrarme como un poseso al techo. Mejor eso que haber salido botando hacia fuera…

Y en Ambovombe la suerte, por fín, se alió con nosotros: según entrábamos en la estación (un descampado desértico y polvoriento con tres casetas de empresas de transportes y algunas casuchas destartaladas a modo de restaurantes) una furgoneta salía hacia Fort Dauphin, nuestro destino soñado. La guía (de 2007) decía que la carretera era buena, asfaltada en sus 110 kilómetros, que apenas tardaríamos dos horas y media… Eramos felices, pensábamos (inocentemente) que por fin íbamos a poder relajarnos… cuando la realidad vino a demostrarnos que este país está mucho más cascado hoy que apenas hace tres años (y la caída no tiene visos de parar, viendo la situación política del país…). En los primeros kilómetros no quedaba rastro alguno del asfalto. Pero lo peor vino después, porque cuando apareció lo hizo con cráteres, pequeños boquetes constantes que convirtieron un camino de rosas en un nuevo calvario de 6 horas, por suerte, eso sí, sentados en un asiento blandito y, además, lujo de lujos, ocupado por solo una persona… En algunos tramos, la iniciativa privada está poniendo parches: niños con las palas de sus padres, se dedican a echar tierra en los agujeros para ganarse una propinilla. Pero lo triste es pensar que la aventura que fue para nosotros llegar a Fort Dauphin, supuestamente una de las principales ciudades del país, para sus aislados habitantes es un calvario habitual.

Pablo Strubell

Editor de La editorial viajera, escritor y guía de viajes. Cuenta con dos grandes viajes a sus espaldas: Ruta de la Seda (8 meses, en 2005) y África de cabo a rabo (12 meses, en 2010-11). En sus pocos ratos libres escribe para este blog así como para Leer y viajar. Por si fuera poco, organiza las Jornadas de los grandes viajes. Y entre una cosa y otra, intenta viajar.

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2 Comentarios

  1. Angel ( de Benicassim)

    Después de unos dias de descanso , vuelvo a leeros. ¡ Menudo susto lo del cementerio!. Que siga la suerte
    Por aquí sin novedad, sólo trabajo, playa y criar hijos; los viajes más largos de 100 kms…. Y esta semana llega la marabunta del F.I.B( con lo que me gustaba y la poca ilusión que me hace ahora )
    un abrazo paa los dos

    Responder
  2. Aurora Arias

    Leido aqui, won unasavemturas,hasta duvertidasincluyendo las ampollas por agarrarte. Aiaunque cuando estaba estudiando tambien viaje en un Lan dRobert,con asientos metalicos, y sin laterales que cerrasen el coche.,por carreteras de tierra. Cuando llegabamos, no nos reconociamos, por el polvo que nos cubria.Claro que no habia tantos baches, ni siquiera un melgache.

    Responder

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