Ya no somos lo que éramos

por | Jul 4, 2010 | África de cabo a rabo, Madagascar, Viajar por África | 5 Comentarios

Estamos mayores. Ya no somos los de antes. Para recuperarnos de los cuatro días que nos costó llegar a Tolagnaro, necesitamos seis de descanso. Pero no habíamos llegado hasta la ciudad más austral de Madagascar para quedarnos los seis días tirados en una hamaca. Lo primero, explorar la ciudad. Aunque más que ciudad nos pareció un pueblo grande: lo primero, por su pequeño tamaño, se puede ir andando a todas partes; una de las dos únicas calles asfaltadas es la carretera nacional, que la atraviesa y va a morir a una plaza; la mayor parte de las casas son de mírame y no me toques, hechas de madera y hojas de palma; tiene un aire desordenado, como si hubiera crecido sin ningún tipo de planificación. Sería más pequeña de lo esperado pero respondió a las expectativas de lo que habíamos leído: el enclave es casi perfecto, una península enmarcada por cuatro playas y una cadena de montañas verticales y de bosque frondoso.

Sin embargo nos esperábamos una ciudad muy turística y en un sentido lo era, porque estaba llena de hoteles y restaurantes, preparados para recibir a miles de turistas… que hace años que no llegan. En los restaurantes casi siempre estábamos solos, los hoteles, desesperados, ofrecían grandes descuentos, los guías se nos rifaban… El golpe de estado de hace dos años, las negociaciones infructuosas que tienen lugar desde entonces para convocar elecciones, los ocasionales enfrentamientos entre el ejército y la policía y las recomendaciones adversas de embajadas y consulados han conducido a que a poca gente le queden ganas de venir a este país. No obstante, en el día a día, no se respira tensión y apenas percibimos la situación directamente… si no tenemos en cuenta que no hay nada de turismo, que no hay crecimiento económico, que hay una alta tasa de paro, que las carreteras no se arreglan…

Nos pasamos los días durmiendo; comiendo pescado (sardinas, atún al punto, caballa) y crustáceos (langosta, cangrejos y, sobre todo, gambas); intentando (Pablo) hacer surf en un mar revuelto; esperando a los pescadores regresar de mar adentro en sus piraguas diminutas, hechas de troncos vaciados; desesperarnos en internet, viendo pasar las horas sin que se cargaran las páginas para colgar alguna crónica; pasear por la playa viendo los restos de 8 mercantes allí encallados (a propósito, para reclamar el dinero a las aseguradoras según cuentan las malas lenguas) ahora oxidándose; o subirnos al Pic St. Louis, una escalada de tan solo 529 metros pero que nos hizo sentir como verdaderos himalayistas… Pero de lo que de verdad disfrutamos fue de la visita al Parque Nacional de Andohahela, situado a tan solo 40 kilómetros de la ciudad (ojo, dos horas y media de coche a una espeluznante media de 16 Km/h).

Habíamos leído que es un parque muy especial pues tiene los últimos vestigios de bosque tropical en el sur del país, el peculiar bosque espinoso (lo que a nosotros más nos llamaba la atención) y el bosque de transición entre uno y otro. Además, añadía la guía, es un modelo de desarrollo turístico controlado y de la implicación de las comunidades que viven en lo que hoy es el parque. Tan controlado está el desarrollo turístico que la carretera de acceso desde la nacional estaba hecha un cristo; la única oficina de información del parque, cerrada, al igual que el centro de interpretación; y la única persona que controlaba la oficina, también vendía las entradas y hacía de guía. Tuvimos mala suerte y cuando llegamos esta persona no estaba: increíblemente había otros guiris en el parque. Una hora de espera y por fín el hombre-orquesta regresó a la oficina para vendernos las entradas y asignarnos otro guía (resultaba que él no podría acompañarnos porque tenía que atender la oficina). Sin embargo, tanta es la implicación de la comunidad local, que aunque solo es obligatorio contratar un guía local, dos personas del pueblo insistieron en guiarnos. Eso sí, cada una de ellas quería cobrar la tarifa oficial completa. Finalmente, tras una agria discusión de un cuarto de hora con el encargado, tragaron, a regañadientes, con repartirse el importe y nos acompañaron los dos. Aunque de guías no tenían nada: resulta que el camino estaba perfectamente señalizado, no hablaban nada que no fuera malgache y durante las tres horas de marcha no se molestaron en mostrarnos ningún detalle. Más bien al contrario, éramos nosotros los que localizábamos las serpientes, los escarabajos y otros insectos, los baobabs, la palmera triangular y aprendimos a base de observación en qué consistía el bosque espinoso: un conjunto denso de lianas y árboles con la corteza recubierta de espinas, de hojas muy pequeñas, entremezclados con cactus, pitas y aloes.

Para amenizar el paseo tuvimos la visita de una nube de cigarras, miles y miles de esos insectos, de 6-8 centímetros, que empezó como hecho anecdótico cuando volaban alto sobre nuestras cabezas, pero que se acabó convirtiendo en una versión de Los Pájaros de Hitchcock: hubo momentos en que estábamos rodeados por centenares, miles, de ellas, posadas en el suelo, en las ramas, en los arbustos, sobre los pinchos… por todos lados, y a medida que avanzábamos echaban a volar despavoridas, impactando contra nuestros cuerpos, caras… todo bastante claustrofóbico y un tanto asqueroso, pero afortunadamente, y al contrario que los cuervos de la película, las cigarras resultaron no ser nada agresivas…

A estas alturas, los lectores más avezados se estarán preguntando cuál era la otra calle asfaltada. Hay que remontarse a unos años antes, cuando una empresa minera supo ver en las arenas negras de los alrededoresa de la ciudad yacimientos de ilmenita (FeTiO3), que sirve para fabricar titanio. Excavando se llegó a la conclusión de que el 10% de las reservas mundiales de ilmenita se encuentran ni más ni menos que aquí. Se pusieron manos a la obra y hace tres años construyeron una enorme mina, urbanizaciones para alojar a los trabajadores (como sacadas de una teleserie estadounidense) y un puerto de categoría internacional para exportar el material. Pues bien, la carretera que une la mina, el puerto y las urbanizaciones es la otra calle asfaltada, que además es la única carretera de todo el país que no parece no una comarcal (líneas pintadas, arcén, asfalto sin agujeros y hasta bandas reflectantes). Un día la utilizamos para ir al puerto, buscando la manera de salir de la ciudad. Por unos minutos creímos estar de regreso en Europa.

Pero aunque parezca increíble, nuestra mayor actividad (intelectual) durante los seis días fue la búsqueda de información, sobre todo en lo referente a cómo salir de allí. No es que nos quisieramos ir deprisa, recién llegados, pero ya sabíamos lo difícil que es conseguir la información en este país: es muy accesible (por fortuna, los que tienen la que nos interesa hablan bien francés) pero tremendamente fragmentada y, sobre todo, interesada. Todas las informaciones las teníamos que verificar con varias fuentes, preferiblemente con las que no tuvieran implicación ni pudieran sacar tajada. Sopesamos la opción de alquilar un 4×4 para regresar por la carretera de la costa oriental: cuando unos decían que la carretera de regreso estaba cortada, otros decían que no había ningún problema en utilizarla con su coche. Sopesamos volver en barco: según unos, los barcos tomaban pasajeros, según otros (el puerto) el próximo barco vendría en 10 días y no sabían con qué rumbo partiría. Sopesamos el avión: la mejor opción, pero según algunos nos perderíamos los impresionantes paisajes de la carretera de la costa. Lo que teníamos claro desde el primer momento es que no regresaríamos por la misma ruta por la que habíamos llegado allí. Bajo ningún concepto.

UnGranViaje es el retoño de Itziar Marcotegui y Pablo Strubell. Nació tras un viaje de un año por África, en el que tuvieron que enfrentarse a innumerables dificultades en la planificación, una vez en ruta y al regreso. Itziar y Pablo son autores varios libros más, de pódcast de viajes y de las Jornadas de los grandes viajes.

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5 Comentarios

  1. diego

    Gran historia chicos, mucho relax por lo que veo. Esos tutes a parques nacionales con guías superprofesionales me suenan… la sensación de tomadura de pelo es inmensa con lo que cuesta llegar a los sitios.
    He seguido vuestras aventuras desde Madagascar, antes no. Gracias por la postal!.
    Yo creí que subiríais por la costa oeste. El google map hace maravillas con las fotos de los sitios. Os imagino en la canoa remontando el río.
    Suerte y aupa España! nos comemos a los holandeses. En sudáfrica seguro que van con nosotros!

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  2. François

    Hermosos!
    Tengo que reconocer que os tenía un poquito olvidados… Pero es que aquí también tenemos que intentar sobrevivir en medios hostiles: cada día veo fieras, gorilas, tiburones, focas, belenestebanes…
    Pero ya me he puesto al día y he vuelto a entusiasmarme! África me fascina y me dais mucha envidia.
    Besos

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  3. Andrés

    Pablete,,,,ya llevas barba de talibán…..y eso de reconocerte «gargantua» como que no te va…..sigo leyendo.

    Abrazos grandes…..me alegro de veros guay.

    Andrés

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  4. martigar

    Hola chicos,
    me alegro de eros y leeros tan bien!!! he estado un tiempo desconctada porque el día 28 nació Sira, os mandé un mensaje al movil pero no ee si llegó o si pudisteis leerlo.

    Bueno, me he acordado mucho de vosotros ya que con el mundial he estado todo el día Sudafrica. Como ya sabéis somos campeones del mundo de fútbol, aquí se ha vivido comoun gran aconteciento,mucha gente en la calle…bueno pues nada mas, que sigais muy bien y disfrutando de todo.

    beso grande, Marta.

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  5. Itziar

    @ Martigar: no recibimos el sms. !Enhorabuena! Por Sira, que el mundial no es que me importe mucho…

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