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Kashgar, Yarkand, Hotan…

En estas ciudades, no hacemos más que flipar. Porque tienen el blanco y negro junto. El Yin y el Yang, ni más ni menos. Alucinamos por todo: por lo bonitas que pueden ser y por lo horrorosamente modernas y destructivas; por lo tranquilas y, a la vez, vibrantes; por lo viejas, hechas polvo, modernas y limpias. En resumidas cuentas, por lo uygur y lo chino.

A estas alturas, no he comentado apenas la principal característica de esta región (que, por cierto, es la mayor provincia de China y, a la vez, la menos china precisamente): es una zona de origen uygur. Así se llama la gente musulmana de procedencia turcomana (al igual que los turkmenos, uzbekos y kyrgyzos) que, desde hace siglos, vive aquí, con su propia lengua derivada del turco (¡¡Ya sabía yo que me iba a ser útil!!), su propia cultura, su propia fisonomía y tan, tan, tan diferente de los chinos… pero mucho.

Los uygures son, por lo poco que hemos visto, gente muy tradicional, anclada en muchos aspectos en el tiempo (pero mucho tiempo atrás). Viven sedentarios en sus casas en la medina: casas de adobe con patio, en zonas que los chinos deben considerar atrasadísimas y, desde luego, a eliminar del mapa a la menor oportunidad. Bonitos edificios modelo «cajas de zapato» reemplazan, allí donde pueden, a las viejas casas tradicionales. «Progreso» le llamarán los chinos.

Visten como en Europa en los años 20 o 30: ellos con boinas, polos de rayas horizontales ajustados, pantalones pitillo y, a veces, con chaqueta de cuero. Y ese look natural, dejado, guarro, sucio, de pobre, más bien. Ellas, con pañuelos de gasa semitransparente sobre el pelo, y blusas y faldas con volantes, como si de Sofia Loren en sus buenos tiempos se tratara (en versión uygur; vaya, en versión cutre).

Tienen una fisonomía peculiar. No son mongoles, ni turcos, ni centroasiáticos, ni chinos, pero tienen un poco de cada uno de ellos. Narices grandes, cejas pobladas, pieles morenas…

Uno mira alrededor, en la medina, y parece, como decía en la otra crónica, haber retrocedido en el tiempo, pero muchos años. Los más ancianos suelen dejar sus largas barbas crecer blancas y llevan sus túnicas religiosas y gorro uygur (parecido al casquete uzbeko); parecen pasar las horas de rezo en rezo. Ellas, el sustento y trabajo en la casa (las que curran de verdad, como siempre) recuerdan a gitanas, pues llevan ropas amplias, con faldas largas y pañuelos floridos.

Apegados a sus tradiciones, rapan a sus hijos bebés el pelo en forma de círculo con cruz en el medio, para ahuyentar el mal de ojo. Apegados a sus oficios, todavía producen cuchillos a mano; todavía, talleres artesanos producen la seda; todavía tallan la madera; todavía compran a diario en mercados callejeros, en bazares; todavía montan en sus asnos y burros como si las motos no hubieran entrado en su mundo.

Son gente muy sosegada (por ser desempleada) y tranquila (vaga). Y sonriente (de estupefacción), y cercana (de incredulidad). Tan cercana, que no dudan en acercarse a ti para mirarte, explorarte, radiografiarte, desnudarte con la mirada, viéndote cual aparición, cual Virgen de los remedios, cual estrellas de Hollywood en su calle, cual Tom Cruise y Angelina Jolie, en su pueblo, en su ciudad. Las bocas se les desencajan y la mandíbula inferior se abre, y los ojos no dan crédito a lo que ven: ¡Un extranjero blanco europeo! De carne y hueso, como los de las películas, como los de las revistas, pero de verdad, al que pueden tocar, al que pueden observar, delante del cual pueden babear. Encima, el extranjero no solo pasea y saca fotos, ¡¡sino que, además, compra!! Eso es un espectáculo para ellos, como es lógico (¿no?). Cuando paramos a comprar plátanos o dumplings en el mercado nocturno, o a cenar en una paradita unos noodles, tenemos asegurado un corrillo de gente que se «preocupa» por nosotros, que mira cómo pedimos, cómo pagamos, cómo comemos y se asombra cuando decimos gracias en su idioma. ¡Rahmat! (el otro día, comiendo los dumplings de pie, conté 14 personas rodeándonos, a medio metro de distancia, pasmados, observándonos).

Pero, en el fondo, esta actitud es normal. Comprensible. Pues son gente pobre. Gente humillada. Menospreciada por los chinos. Son gente de segunda en este país en el que les ha tocado vivir. Dudo que tengan buena educación. Son incultos, no cuesta verlo. También dudo que tengan buenos trabajos o salarios (esos se los quedan los chinos, que para algo les «modernizan» las ciudades) y dudo muchas veces de que tengan trabajos, pues la gente se aburre, la gente está en las calles holgazaneando, mirando el tiempo pasar, mirando la vida pasar. Cuando algo pasa diferente al día anterior y siguiente como, por ejemplo, un guiri paseándose por su ciudad, entonces eso merece que dejen de hacer lo que hacen, se paralicen, se golpeen, se avisen unos a otros para escrutar cada uno de nuestros movimientos. Y entonces, tendrán algo que contar a su familia esa noche, porque ese ha sido el momento más alucinante del día (y con toda modestia y respeto por ellos lo digo o, por lo menos, así lo pretendo).

Publicado originalmente el 1 de septiembre de 2005.

Pablo Strubell

Editor de La editorial viajera, escritor y guía de viajes. Cuenta con dos grandes viajes a sus espaldas: Ruta de la Seda (8 meses, en 2005) y África de cabo a rabo (12 meses, en 2010-11). En sus pocos ratos libres escribe para este blog así como para Leer y viajar. Por si fuera poco, organiza las Jornadas de los grandes viajes. Y entre una cosa y otra, intenta viajar.

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Etiquetas: China | ruta de la seda | uygur

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