Día 7: Y se hizo la magia: ante nosotros el K2
5 de agosto
Amaneció uno de esos días como los que no habíamos visto hasta entonces: sin una nube, el cielo totalmente despejado, azul intenso.
Y allí estaba, al abrir la tienda a las 5 de la mañana, el K2: una pirámide casi perfecta al final del valle, a apenas 12 kilómetros de nosotros. Brutal, contundente, masivo.

El plan del día era acercarse lo máximo posible al campamento base del K2 (a 4.950 m), ya que nuestro plan de trekking estaba mal planteado y había que volver a dormir a Concordia. 12 km de ida y 12 de vuelta, a esa altitud, era una paliza inasumible.
Así que sin una meta fija partimos a las 6 de la mañana, serpenteando entre enormes bloques de hielo, sorteando grietas con pequeñas balsas de agua, caminando de un glaciar a otro (en Concordia convergen varios y hay que elegir el correcto para avanzar).

Se hicieron pesadas esas dos primeras horas, hasta que enfilamos el K2 tras superar la antena de telefonía móvil 4G que el ejército ha instalado en esa remota zona. Sí, sí, teníamos acceso a la Red allí, el culo del mundo….
Pero lo dicho: se nos hizo pesado, eso a pesar del paisaje sobrecogedor: a nuestra izquierda alucinamos con los colores del Marble Peak (6.256 metros) y el glaciar Khal Khal descendiendo del Skil Brum (7.410). A nuestra derecha el descomunal Broad Peak (8.051 m) y el Gashebrum IV (7.932 m) con sendos glaciares vomitando hielo sobre el glaciar central del Baltoro.

A las 5 horas, decidimos poner fin al avance y comer. Casi llegamos al campo base de Broad Peak, a ¾ del camino, donde improvisamos unos techados con lonas (yo con mi paraguas) para resguardarnos de la radiación, que pegaba fortísima, provocándome dolor de cabeza a pesar de la sombra, de la hidratación…
Las nubes jugaron con las montañas toda la tarde, apareciendo y ocultando alguna cima, creando caprichosas formas en la cumbre a medida que regresamos felices.
Lo que no sabíamos era la sorpresa que nos guardaba el guía: en vez de dar la vuelta para encontrar el acceso fácil al glaciar de hielo (como hicimos por la mañana), íbamos a cruzarlo a las bravas, sin crampones.

La cresta que superamos no fue para tanto, visto ahora, pero en su momento, y con las precauciones que pusieron (una cuerdita con piquetas para agarrarnos) nos pareció toda una aventura. Claro que uno de ellos (el cocinero, que vino a traernos un té y galletas a modo de merienda) subía y bajaba con chanclas por él… así que tampoco era para tanto.
Un broche con un toque aventurero a un día mágico, la verdad.
Día 8: Descanso y buenas noticias
6 de agosto
Como estaba previsto, nos tomamos el día de descanso, algo que nuestros cuerpos aprecian.
Nos levantamos tarde, desayunamos a las 8 y dejamos pasar el día leyendo, charlando, escribiendo… tranquilos refugiados en la tienda comedor o paseando por Concordia, a donde vemos que han llegado 3 grupos senderistas más.

Hace frío. El clima nos reafirma en lo afortunados que fuimos ayer. Hoy entra un frente de lluvia y nieve que va a durar hasta mañana por la tarde.
Lo bueno es que por la noche finalizará y eso nos permite tomar la decisión de emprender el regreso no por el mismo camino por el que subimos, sino por el paso de Gondogoro La (5.600 metros) para bajar hasta Hushe 3 días después.
No somos los únicos: nos enteramos de que otros dos grupos más irán para allá también, lo cual reafirma nuestras esperanzas de que las predicciones no estén equivocadas.

Nos alegra la posibilidad de cruzar el paso pero impone respeto: será un desafío físico importante, especialmente para un par que no andan muy finos del estómago… pero nos pone contentos no tener que volver por el mismo lugar que subimos.
Entre probar los crampones, el arnés y revisar el equipo se nos pasa la tarde, refugiados de la lluvia y el mayor frío que hace hoy en las tiendas de campaña.
Mañana será un día largo, duro y complicado, así que nos vamos a dormir pronto, a eso de las 9, bajo una tormenta de aguanieve.
Día 9: Subiendo hacia Ali Camp
7 de agosto
Un día de transición, sobre el hielo y bajo la nieve.
Me habían dicho que el camino de Concordia (4.850 m) hasta Ali Camp (5.100 m) era uno de los más bonitos. Pero las nubes densas y grises no presagiaban nada bueno.

Sin embargo, la caminata fue muy especial. Las dos primeras horas no tanto, pues debimos subir y bajar varias lenguas glaciares hasta llegar al glaciar de Vigne, por el que íbamos a avanzar el resto del día.
Hasta entonces pedregal, sube y baja, equilibrios, saltos… un poco pesado.
Pero de repente llegamos a Vigne, un larguísimo glaciar plano, de hielo puro, una especie de autopista gélida entre montañas. ¡Y qué delicia!

Durante 3 horas avanzamos plácidamente sin dificultad, sin tener que hacer equilibrios, sin casi tener que mirar al suelo (salvo para sortear algunas profundas grietas que a veces cortaban nuestro camino o riachuelos que bajaban limpios por la superficie del glaciar).
Disfrutando de las montañas y glaciares que nos rodeaban: en la distancia, detrás de nosotros y cubierto por nubes, el K2. Y delante a la derecha, el valle que nos conduciría al paso del Gondogoro por la noche, en apenas unas horas.

El mismo valle por el que entró la nevada que nos recibió un kilómetro antes de llegar a Ali Camp.
De repente aquello nos hizo sentir de verdad en la alta montaña, sufriendo, y nos hizo pensar ¿y si no para de nevar? ¿Será una imprudencia intentar cruzar el paso? ¿Y si la predicción se equivoca y no podemos ir por ahí?

Con esa pregunta en mente comimos y nos pasamos toda la tarde en la tienda comedor, pues la nieve no nos permitió hacer nada. Cenamos pronto, a las 5, y justo después nos echamos a dormir, mucho antes de lo habitual: en apenas unas horas, a las 11 de la noche, empezaríamos la etapa reina, el paso del Gondogoro La, a 5.600 metros de altitud. Debíamos dormir algo, aunque fueran 3 o 4 horas…
Iba a ser un día duro y largo, agravado por diarreas y problemas de respiración de dos compañeros… ¿Era sensato subir en estas condiciones?


























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