Día 3: Llegamos al glaciar. Empieza lo duro
1 de agosto
Tras una hora de caminata sencilla, llegamos a la boca del glaciar: camuflado entre montañas de piedras y cascotes, nos recibe una enorme pared de hielo negro con una lengua de agua saliendo de sus entrañas.
Es el glaciar Baltoro, el más largo de Asia.

Ahí empezaba lo que sería lo más duro de la travesía para mí: caminar por el pedregal que recubre el glaciar fue de lejos lo más pesado.
Avanzamos lentamente, a 1 kilómetro o 1,5 la hora, estudiando cada pisada con cuidado con temor de torcer los tobillos en cualquier descuido .
El ascenso, que además es más acusado (la idea es subir a dormir a 4.050 metros desde 3.450), se compensa por la belleza de un glaciar enorme, lleno de grietas en su corazón, que en ocasiones nos permiten ver sus entrañas azules. Y por la vista de las torres de Trango y la Catedral, ahora que ya casi estamos a su altura.

Nos cruzamos con decenas de asnos y burros bajando, pero pocos senderistas o alpinistas: unos rusos que han hecho cumbre en el K2 a pesar del mal tiempo, unos pakistaníes con la cara desencajada del esfuerzo… y poco más.
Pero no solo nosotros tenemos dificultades para avanzar, también las mulas que van por detrás de nosotros. De hecho, cuando llegamos a la zona de acampada de Khorbutse, después de 6 horas de caminata, el guía nos dice que es prudente poner fin anticipadamente a nuestra caminata del día, antes de lo previsto.
No nos podemos arriesgar a llegar al siguiente campamento, a 3 horas, cayendo la noche, sin saber si los burros van a llegar a tiempo con nuestras tiendas y el resto del equipo.

Respaldamos esa decisión casi con alegría pues el esfuerzo por la mayor altura se nota en el ambiente del grupo (más callado que días anteriores).
Así, el día de descanso que estaba programado para mañana mutará en una caminata corta y el resto del día para contemplar el paisaje y aclimatar, lo cual es una idea estupenda viendo las montañacas que tenemos delante de nosotros.
Día 4: Falso descanso
2 de agosto
Como ayer redujimos la etapa, la de hoy sería una corta, de apenas 3 horas hasta llegar al campamento de Urdukas, donde íbamos a reposar y aclimatar el resto del día.
Y viendo cómo fue la etapa, nos alegramos de no haberla hecho ayer.

Primero por el tiempo: estaba despejado y hermoso, y pudimos avanzar viendo las cumbres de las montañas, que ayer estuvieron ocultas. Los imponentes glaciares blancos del pico Khoburtse (6.200) que atravesamos, pisando hielo por vez primera, fueron refrescantes entre tanto pedregal.
Segundo: porque a pesar de lo corta que era la etapa, fue durilla, con constantes sube-bajas, y con lo cansados que llegamos al campamento anterior, la hubiéramos sufrido bastante.
Así, acabar de caminar a las 11 fue una maravilla.

En el campamento nos aseamos con el agua de una cascada próxima. Hicimos algo de colada. Y nos pasamos el día disfrutando haciendo poco o nada más que disfrutar del entorno. Leyendo, escribiendo el diario, tomando tés, buscando y observando flores, viendo cómo limpiaban la cabra tras sacrificarla, lavando dos tiendas que se habían manchado con gasolina por una fuga en la carga de las mulas, charlando en un precario inglés con nuestro equipo de cocina y porteadores…
Y yo, por la tarde, subiendo hasta 4.200 para ayudar un poco más a la aclimatación, y disfrutar en soledad de aquel paisaje sobrecogedor.
Día 5: Durmiendo sobre el hielo
3 de agosto
La mañana aparece nubosa y con pinta de lluvia, pero no nos importa. Hemos descansado, dormido bien y, en cierta manera, recargado nuestras pilas.
Además, aunque no lo sabíamos, nos tocaba un día disfrutarlo, a pesar de ser nuevamente glaciar.
Al contrario que otros días la ruta nos llevó hasta el campamento de Goro II por el centro del glaciar y, a diferencia de los previos, el camino fue fácil y casi, agradable.

Al estar en una parte más avanzada del glaciar, éste era mucho más plano, sin tanta roca y en algunos tramos hasta camino, en los que el hielo se podía ver bajo nuestros pies,caminamos directamente por él.
Avanzamos serpenteando, esquivando fisuras, lagunas y desprendimientos. Observamos las diferencias de color y textura del glaciar en función del valle que venía: a veces la tierra que lo cubría era negra, otras marrón o, incluso al final, enormes bloques de hielo blanco puro, procedentes de valles glaciares amplios, sin desprendimientos.

Un bonito día, avanzando 9 km en 5 horas y que nos situaba a 4.380 metros de altitud. Por vez primera dormíamos directamente sobre el hielo del glaciar, a -2 grados, aproximadamente antes del amanecer. Todo bien, todo controlado, contábamos con eso.
Día 6: Llegamos al mítico campamento de Concordia
4 de agosto
Llegar empapados al campamento de Concordia deslució uno de los momentos mágicos de este trek.
Pero no todo el día fue malo. Arrancamos pronto, a las 7, bien dormidos a pesar de hacerlo directamente sobre el hielo: a partir de esa noche, nos pusieron doble aislante, un lujo.

El avance de hecho fue fácil: el glaciar cada vez era más llano, con pequeñas piedras que permitían ver el hielo bajo nuestros pies todo el rato.
Las nubes, en cambio, nos ocultaban una de las moles de la travesía: el Mashebrum (7.821 m), el K1, del que sólo pudimos ver los glaciares e intuir su grandeza.
Nos distrajimos con la vista puesta en el horizonte: el Gashebrum IV (7.932 m) se dejaba ver al final del valle, junto a Concordia. Era magnético, por su volumen, destacando por encima del resto.

Flanqueados por picos de 5 y 6.000 metros, avanzamos entre enormes bloques de hielo blanco, como icebergs, erigiéndose impolutas en un mar de piedras y hielo negro.
Nos cruzamos con un grupo que por diarrea de varias personas no habían podido cruzar el Gondogoro La, el paso a 5.600 que hace que esta ruta sea circular y no haya que bajar por el mismo valle que ascendemos. Nuestro plan es ese, pero conocer a gente que no ha podido nos produce algo de bajón.

Y a mí algo de indignación cruzarnos con un alemán que está haciendo el recorrido en bicicleta. O, en realidad, empujando una bicicleta, pues si ya es difícil caminar, pedalear por ahí es prácticamente imposible. ¿Lo hará porque nunca nadie lo ha hecho y le parece original? No sé, pero me parece mal, una estupidez, vaya.
Después de nuestra parada para comer el cielo se cubrió y la media hora final cayó un buen palo de agua. Saqué chubasquero, pantalón de agua y tan tranquilo, pero parece que llegar mojados agrió el ánimo del grupo, a 4.800 metros de altitud.

Un merecido descanso, unos tés bien calientes y la visión parcial del K2 y del Broad Peak desde el campamento, entre las nubes, cambiaron el ánimo. ¡Por vez primera podíamos ver el mítico K2!
¿Tendríamos suerte mañana y podríamos ver estas montañas libres de nubes?


























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