Día 0: Empezamos con percances
28 de julio
Nuestra aventura no empezaba bien. Uno de los integrantes del grupo pilló diarrea, algo que sabíamos que iba a pasar pero no pensábamos que tan pronto.
Además no pudimos empezar a caminar ya que nuestro arranque coincidía con la Ashura, dos de los días más importantes de la festividad religiosa chiita del Moharram. Todo se paralizaba estos dos días. Sin porteadores ni asnos no podíamos empezar.
Viendo el lado positivo, para el grupo fue bueno poder descansar tras tantas horas de vuelo, de jetlag y de recorrido hasta llegar allí.

Decidimos darle la vuelta a la situación y aprovechar para visitar los pueblos de la zona. Pueblos de casas de piedra y techos planos de madera y adobe. Construcciones de dos pisos, el inferior para los animales, el superior para los humanos (salvo en el invierno, cuando las personas bajan a vivir con los animales, guareciéndose del frío).
El pueblo de Testey nos impresionó especialmente por lo cuidado que estaba. A medida que recorríamos sus callejones fuimos mirados con sorpresa por mujeres y niños, poco habituados a que los turistas que empiezan el trekking en Askole «pierdan» un día visitando los pueblos de la zona.



Mohamed Alí, el arriero de nuestra expedición, nos invitó a un té en su jardín, entre cultivos de repollos, zanahorias y patatas.
En el camino de regreso paramos en un molino para ver cómo transforman el trigo con cáscara en harina para los chapatis, el pan ácimo que es pieza angular de su dieta.
A lo tonto caminamos 10 km, volviendo al camping reventados pero felices por una visita y un día inesperadamente mágico.
Día 0 bis: Arranque fallido
29 de julio
Tocaba empezar a caminar pero decidimos aguardar. J no estaba bien del todo. Y, además, fastidiar al arriero y a los portadores interrumpiendo su festividad religiosa más importante, tampoco nos parecía bien.
Decidimos posponer el arranque y recortar el itinerario en un día, eliminando el día de descanso al final del trekking.

A cambio pudimos vivir con intensidad su festividad religiosa, el Ashura, que conmemora el asesinato de Hussain a manos de las tropas sunitas, lo que ha generado un odio visceral entre chiitas y sunitas a lo largo de los siglos.
La celebración fue impresionante. Una procesión de 2 horas recorrió el pueblo encabezada por niños, luego hombres y finalmente mujeres que iban golpeando su pecho con las manos a medida que una música repetitiva les inducía un trance. Iban camino a la mezquita, lugar donde llorarían la ausencia del profeta.


Por respeto, no sacamos fotografías (aunque ellos lo hicieran), pero acompañé al grupo a la mezquita donde tras las oraciones empezaron a traer dulces y arroz briyani. Mi sorpresa cuando se acercaron con una bolsita llena para que yo me llevara al camping, incluyendo un trocito de carne asada de una de las tres vacas que habían sacrificado para tal conmemoración.
El resto del día transcurrió tranquilo, dando paseos por la zona para preparar las piernas y cogiendo más ganas todavía de empezar nuestra aventura, ya por fin, al día siguiente.
Día 1: Nos ponemos en marcha
30 de julio
Con cinco mulas, un arriero, dos gallinas, una cabra, dos porteadores, un guía, un cocinero y dos ayudantes… partió ayer, por fin, nuestra pequeña expedición al campo base del K2.
La primera etapa, en apariencia tranquila, iba a ser la antesala de lo que nos esperaba: a pesar de caminar por una pista, los constantes cantos rodados y piedras que había en ella no permitían distraerse.

Caminamos 18 km, ascendiendo suavemente a lo largo del río Braldu, sin señales todavía del glaciar que tendremos que remontar y disfrutar durante decenas de kilómetros, el Baltoro.
Atravesamos puentecitos, puentes colgantes en apariencia frágiles y otros sólidos hechos para durar. Por suerte, está nublado, ya que en días claros puede hacer entre 30 y 40 grados en esa zona…
Los paisajes empezaron a mostrar la belleza del lugar: enormes montañas sin apenas vegetación, de 5 y 6.000 metros, flanqueaban el camino. En lo alto, las nieves perpetuas y algún pequeño glaciar asomaba decorando las cumbres.

Tras un picnic a mediodía y una breve siesta caminamos cuatro horas más hasta el campamento de Jhula, situado a orillas del río en un pedregal a 3.200 metros.
Montamos las tiendas y pronto el equipo de cocina capitaneado por Ali nos preparó la cena: sopa, verduras y tres elaboraciones diferentes del pollo que nos acompañaba vivo hasta entonces. La cabra, será para más adelante, que aguanta mejor la altitud, se ve.
Día 2: Continúa la aproximación al glaciar
31 de julio
A las 5:30 empezaba nuestra jornada, preparando las maletas y recogiendo las tiendas para que los porteadores pudieran empezar a preparar los asnos mientras nosotros desayunamos.
El segundo fue otro día de aproximación y adaptación a la altitud. Apenas subimos 300 metros a lo largo de todo el día y fue otra caminata preciosa.

Las montañas desérticas y escarpadas y los ríos glaciares bajaban enfurecidos por las gargantas profundas.
El camino resultó similar al de ayer, pero en muchos tramos el río había comido la pista. Subimos y bajamos por el recorrido provisional mientras el ejército dinamitaba algunas rocas para recuperar el espacio perdido. Cruzamos algún río, de piedra en piedra, y sorteamos pesadamente pedregales de un glaciar que vomitaba piedras por nuestra izquierda.

Apenas nos cruzamos con nadie, los pueblos quedaron atrás y tan solo los porteadores o arrieros con sus mulas subían o bajaban aquel camino. Y helicópteros militares, que llevaban provisiones para los militares acampados al final del valle y bajaban pudientes escaladores con pocas ganas de caminar hasta el inicio de su caminata. Ni rastro de otros grupos de senderistas, que habían paralizado sus itinerarios por el mismo motivo religioso que nosotros.
En el horizonte siempre un imán: las torres de Trango brotando agrestemente como pinchos. Con todo, a pesar de la belleza, el tramo final hasta el campamento de Paiju se hizo duro para algunos que venían algo débiles y aún no al 100% del estómago.
Allí plantamos nuestras tiendas tras 7 horas de caminata, a la sombra de unos pocos árboles que nos protegían con su sombra del sol.

En Paiju fue donde empezamos a ver la dura vida de los porteadores: mientras nosotros dormimos cómodamente en tiendas de dormir y los cocineros y guía duermen en la tienda cocina, los porteadores lo hacen bajo una lona, a la intemperie.
Lo precario también afecta su alimentación: de cenar, como nos explicaron y vimos, comen cuatro panes que cocinan en una plancha de leña, acompañando tazas de té balti, elaborado con leche y mantequilla. Algo conmovedor tras cargar 25 kg durante todo un día…


























0 comentarios