Aclimatación en el Rakaposhi
28 de julio
Tenía una deuda pendiente: subir al campo base del Rakaposhi (7.788 m). Y pronto entenderéis el porqué.
El año pasado las lluvias y el mal tiempo me lo impidieron.
Y en esta ocasión pintaba mucho mejor así que me fui a Minapin, el pueblo donde empezaba la subida, desde Gilgit, a dos horas en furgo.

Llegué algo tarde y solo me daba tiempo a llegar a medio camino, hasta el campamento de Hapakun.
Pero fue una maravilla de ascenso, a pesar de que al ser mediodía el sol picaba bastante. Lo fue por las vistas durante la subida (sobre el valle, sobre las montañas de Hunza, las montañas de la primera foto) pero sobre todo por lo bien que lo pasé con Hussein, el cuidador y cocinero y Adnan, su primo. Dos chavales del pueblo que, en verano, trabajan allí.
Hablé mucho con ellos. Lo querían saber todo de mí, de mi país. ¿Sabéis el sueño de Hussein? Salir de allí, conocer mundo, ir a Barcelona donde vive su tío y quién sabe, casarse con una extranjera.

Él no se siente pakistaní. El es nagarí, uno de los valles que tras la independencia de Pakistán se integraron en este país (sin que les preguntara nadie a los habitantes).
Dormí en la tienda de campaña que me alquilaron y cené de maravilla, todo por 15 euros. Pero lo mejor fue irme con la sensación de tener un par de nuevos amigos. Mañana subiré al campo base.
¿Veré el Rakaposhi y sus glaciares?
29 de julio
El segundo día de ascenso pintaba mal. Nubes cerradas, lluvia espesa, frío… ¿se iba a repetir el tiempo del año pasado? ¿Podría ver algo?
«Abrirá a las 11» me dijo Hussain. Pero llegaron las 12 y la una y ahí seguía la lluvia.
Sin embargo, tras comer, al salir de la tienda, los pájaros empezaron a trinar, el cielo azul se empezó a asomar y decidí que era el momento de subir. Pintaba bien.

Lo que no esperaba era lo que iba a encontrarme más adelante. No había querido mirar fotos y cuando empecé a ver la lengua glaciar majestuosa, negra en los laterales y blanca refulgente en su parte central aluciné.
Y cuando llegué arriba, al campo base, tras un par de horas de subida, me emocioné. La belleza de 2 picos de más de 7.000 metros, de paredes verticales cubiertas de nieve y hielo, de los glaciares bajando por sus faldas y tan solo con el ruido del río y del glaciar derritiéndose de fondo, me sobrecogió.

A medida que avanzaba la tarde, el cielo abrió del todo. Decidí subir una loma encima del campo base, hasta los 3.500 metros, intuyendo lo que iba a encontrar: una vista de 360 grados impresionante. Emocionante. Brutal.
Rakaposhi y Diran hacia el sur y este. Ultar y Shishpare hacia el norte y oeste (todos ellos de más de 7.000 metros) me regalaron una visión que me dejó sin palabras.

Por eso ahora, lo dejo aquí. A ver si estas fotos os parecen tan impresionantes como a mí, aunque nunca harán justicia a lo que sentí.
¿Qué os parece?
13 de agosto
R, J y M son la excepción, unas privilegiadas. Unas mujeres adelantadas a su entorno y cultura.
Tres mujeres que decidieron (y pudieron) salir de viaje unos días para conocer el norte de su país.
«A nuestras familias no les ha hecho mucha gracia pero lo han respetado. Eso sí, nos pidieron que contratáramos un guía y un conductor, para que no nos pasara nada» me dijeron caminando por el glaciar.



Ellas son la élite. Compañeras de trabajo en una multinacional, 25 años, clase alta, han podido hacer algo inusual aquí, algo que en nuestro país es normal: irse de viaje de amigas, sin hombres ni familias que las censuren o coarten.
Me encantó conocerlas y ver que hay mujeres que van a contracorriente de una sociedad tremendamente conservadora, patriarcal y machista. Ver que no solo hay grupos de hombres recorriendo su país.

Fue la guinda de un día entretenido: me cayó una buena granizada tras el paseo matutino, comí invitado por las amigas y aclaró al final de la tarde tras el paseo por el glaciar. Otro día, el último en esta zona, muy especial.
Mañana toca bajar y cambiar de zona, que en breve empieza el trekking del Baltoro al Campo base del K2, para el que me he venido a aclimatar aquí. En breve, empieza la tralla.
Viajar en transporte público
14 de agosto
Se me había olvidado qué significaba viajar en transporte público en países poco desarrollados como Pakistán.
Para empezar, la constante sensación de muerte inminente que tienes al viajar en ellos. Aquí, como en tantos otros países (me recuerda mucho a África) creo que tienen otra percepción del riesgo, de la vida y de qué pueden hacer ellos para preservarla. Como si ellos no tuvieran control.

Por un lado, lo pienso por cómo conducen: muchos de ellos con carnets comprados a funcionarios; haciendo rallies por carreteras de incesantes curvas, rozando peligrosamente acantilados infinitos, adelantando (o sufriendo adelantos) en curvas sin visibilidad alguna; a velocidades a las cuales es imposible frenar a tiempo en caso de necesidad; en vehículos tirando, como poco, a viejos…
Pero también por el estado de las carreteras: comidas a la montaña, sufren constantes desprendimientos de rocas, tierra y agua, dañando el asfalto (cuando lo hay) y salpicando de obstáculos el camino. Por si fuera poco, operarios reparan sin casi señalizar las carreteras. Viajar en furgoneta aquí recuerda a un videojuego en el que tienes que ir esquivando obstáculos para llegar sano y salvo al destino final.



Aquí no se deben hacer planes, hay que improvisar para viajar tranquilo. Viajar sin pensar demasiado a qué hora salir ni mucho menos, a qué hora llegar. Así funciona todo el mundo aquí. Venir con mentalidad europea solo produce frustración e inquietud, algo que ya tienes asegurado al arrancar el motor, así que mejor no añadir más tensión al desplazamiento.
Respira hondo, mira por la ventanilla y que sea lo que dios quiera. Más no se puede hacer. Bueno, sí, agradecer a quién estimes oportuno haber llegado con vida a tu destino final.


























0 comentarios