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Trekking al K2 por el glaciar del Baltoro (IV)

por | Ago 8, 2023 | Blog, Nuestros viajes, Pakistan, Viajar por Asia | 0 Comentarios

Día 10: El día de la verdad: subimos al Gondogoro La

8 de agosto

El rezo, cantado por el guía y porteadores antes de la partida a medianoche, me puso la piel de gallina.

Sonaba a despedida, a ruego previo a un ascenso de resultado incierto. Y a los que nos habíamos planteado que si cruzar el paso tras haber estado nevando durante varias horas era una idea prudente, aquello no nos dio mucha tranquilidad. 

A las 11 de la noche, tras dormir apenas 3 o 4 horas, nos habían despertado para ponernos en marcha. Tras un té y chapati con Nutella (en mi caso) partimos en plena noche, con los frontales como única opción de visión: no había luna.

Nada fue fácil. A 5.100 metros, de noche, nada lo es. La nieve ocultaba las rocas, te patinabas al pisar, no sabías dónde iban ni cómo estaban tus compañeros, mezclados como íbamos con un par de grupos y cada uno a su ritmo.

Tras dos horas de subida «suave», empezó el ascenso en serio, por una pared cubierta de nieve, que nos llegaba a las rodillas. Y poco a poco se fue empinando hasta un momento en que aparecieron cuerdas y nos obligaron a ponernos los crampones. 

Durante otras dos horas subimos esforzadamente, siguiendo el haz de luces de los que iban por delante. «¿De verdad hay que ir hasta ahí arriba?» pensaba observando las luces de los que iban delante.

A pesar de que yo estaba bien, el ascenso fue duro. ¿Sería un 30, un 40% de desnivel, en la oscuridad, a 5 grados bajo cero? Más o menos.

Parando cada 10 pasos, tomando aliento, y adelantando a compañeros sufridores, conseguí llegar a los 5.600 metros a las 4:30 cuando el alba clareaba el horizonte.

Creo que aquel ascenso había sido algo de lo más duro físicamente hecho hasta la fecha (junto con alguna etapa de Islandia en bicicleta el año pasado…) pero llegar bien a la cima me dio una felicidad indescriptible. 

Ver llegar a mis compañeros, también, aunque uno llegaba demacrado con diarrea potente, otro con la garganta hecha polvo, otro aún recuperándose de días anteriores… fue épico.

Y ojo, que los porteadores cargados con 20 o 25 kilos ya habían subido y ya iban de bajada, con sus zapatillas de plástico y crampones artesanales» (unos calcetines por la parte exterior del zapato, eso es todo). Nuestro respeto y agradecimiento infinito.

Sin casi tiempo para celebraciones (ni ganas) empezó lo más duro y exigente: una bajada a tumba abierta (con cuerdas que nos aseguraban). Teníamos que bajar rápido para evitar el riesgo de desprendimientos de rocas que se producen cuando el sol derrite el hielo y nieve de ese lado del paso.

Aquello fue la tortura, no la subida. Bajamos tensos, agarrados de las cuerdas, pendientes de que no cayera nada de arriba, no tirar nada a los de abajo… Los cuádriceps empezaron a doler, sobrecargados; las manos también de asirse a las cuerdas; y la mente, agotada sin apenas haber dormido.

Todos mis respetos, aún más, a los escaladores de las montañas, verdaderos sufridores.

Lo mejor del día, o vaya, lo bueno del día fueron nuevamente las montañas. Desde el Gondogoro La hacia el norte se podían ver tres ochomiles, además de enormes cantidades de nieve, glaciares y una luz de amanecer preciosa. Hacia el sur, un nuevo valle dominado por el Pico Layla, una aguja perfecta de seis mil metros.

Doce horas después de salir llegamos fundidos al campamento. Los últimos cuatro kilómetros se hicieron eternos, bajando por un nuevo pedregal glaciar. 

Pero una buena siesta, y una buena cena hicieron que el sabor dulce de haber superado una prueba tan exigente poco a poco fuera siendo el poso que nos quedó y quedará para siempre (al menos para mí, que no tuve diarrea, ni problemas similares 😂).

Otro día para no olvidar.

Día 11: Recuperamos las fuerzas y el ánimo

9 de agosto

No hay casi nada que no se cure durmiendo bien. Por eso el ánimo del grupo, a pesar del esfuerzo superlativo de ayer, era excelente. A ver, todos con sobrecargas, agujetas, cansancio y todo eso, pero encaramos el penúltimo día del trek con alegría, a pesar de ser una etapa relativamente larga de 16 kilómetros y 1.300 metros de descenso.

El hecho de contar con un día precioso, todo bajada, además mucha de ella por sendero de tierra según nos dijo el guía, contribuyó a salir animados.

Pero lo mejor fueron las dos primeras horas de caminata por el hielo glaciar,  plano, sencillo y que nos permitía disfrutar de las vistas sin poner en riesgo los tobillos constantemente. 

Casi no nos enfadamos cuando el guía reconoció que se había despistado de lengua glaciar y hubo que bajar y subir un buen rato entre grietas y por pedregal para retomar el camino adecuado. 

Al fondo, un nuevo glaciar blanco impoluto nos marcaba el camino, descendiendo de un sietemil que, desgraciadamente, ocultaba el Mashebrum (el K1, un 7721 m.).

En el encuentro de ese glaciar y el nuestro (Gondogoro) el valle giró y empezó el descenso en serio por un cómodo sendero. 

A pesar de estar saliendo del valle, dejando atrás las moles de hielo, las vistas eran brutales, a los lados y al frente. Y poco a poco fue apareciendo de nuevo la vegetación. Primero arbustos y luego árboles, así como ovejas y cabras de los pastores del valle de Hushe, nuestro destino final del trekking. Pero eso sería el día de mañana.

Hoy dormiríamos en el campamento de Saitcho, a 3.350 metros, satisfechos por una caminata preciosa aunque yo, honestamente, algo melancólico por ser la última noche de hacerlo en tienda de campaña, bajo un cielo estrellado como hacía tiempos que no veía. 

Me sentía (y siento) un privilegiado por poder estar ahí. 

Día 12: Hushe: se acabó. Lo logramos

10 de agosto

Ayer estaba melancólico. Hoy triste. Pero feliz.

Acabar algo que te ha hecho sufrir y disfrutar a la vez produce esa mezcla de sentimientos. Pero, sobre todo, una satisfacción enorme en mi caso. Tenía dudas de cómo me sentiría, si sería capaz, si lo disfrutaría… y ya habéis ido viendo y leyendo lo bien que para mí ha salido todo. 

Así que ese último día de apacible caminata (3h, 10 km, 300 m de desnivel, en bajada) fue uno de ir pensando en lo vivido en esos días.

El camino, suave, bien acotado y bonito ayudaba a ello. Primero en paralelo al río Hushe y, más cerca de la población homónima, entre campos de cultivo de trigo aún por cosechar a esas alturas.

Llegamos a Hushe y tras abrazarnos todos, nos sacamos fotos con las personas que nos habían ayudado a lograr llegar hasta esta población: el guía, los cocineros y ayudantes y los porteadores. Gracias de nuevo, si leéis esto.

Y en El Refugio Little Karim (puesto en marcha por la ONG española Fundación Sarabastall) celebramos el éxito de la expedición con una buena ducha, una buena cena (por fin todo el equipo accedió a comer juntos) y una buena propina al equipo,  que se la ganó yendo más allá de lo esperado. 

Antes de eso, a media tarde, caminamos por Hushe, el primer pueblo del valle, del que era nuestro guía y la mayor parte del equipo. Casas sencillas de piedra y techos de madera, todas con huerto y muchas con animales. Mezquita, varias tiendecitas, un colegio de primaria y otro de secundaria, un dispensario médico. Poca electricidad y mucho frío y nieve durante los inviernos.

Musa, el guía, nos invitó a tomar té a su casa, en la habitación de los invitados que siempre tienen en Pakistán. Galletas, fritanguitas hechas por la madre y huevos duros fueron el broche de oro a la expedición, a una nueva aventura que no olvidaremos jamás. 

Y a ti, ¿te apetecería hacer un trekking así? ¿Te ves capaz, después de lo que te he contado? 

Por cierto, gracias por leerme, ha sido bonito compartirlo por aquí de esta manera.

Pablo Strubell

Editor de La editorial viajera, escritor y guía de viajes. Cuenta con dos grandes viajes a sus espaldas: Ruta de la Seda (8 meses, en 2005) y África de cabo a rabo (12 meses, en 2010-11). En sus pocos ratos libres escribe para este blog así como para Leer y viajar. Por si fuera poco, organiza las Jornadas de los grandes viajes. Y entre una cosa y otra, intenta viajar.

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