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Más Pakistán tras el trekking

por | Sep 1, 2023 | Blog, Nuestros viajes, Pakistan, Viajar por Asia | 0 Comentarios

Listo para nuevas aventuras

1 de septiembre

Con una Honda 125 y la mochila atada con cuerdas al asiento trasero, salgo desde Gilgit rumbo al norte, a los valles más al norte del país, tocando con China y Afganistán.

¿Qué me encontraré?

Remontando el valle de Chapursan

2 de septiembre

A todo el mundo le sorprende cuando se lo digo: mi velocidad media en el norte de Pakistán no pasa de los 25 km/h.

Pero no, no solo por los incidentes (derrumbes, cortes, ríos descontrolados, averías …) sino por todo lo que la carretera te regala. Por cosas buenas.

Y es que los paisajes son tan bellos, tan masivos, que voy parando cada cinco minutos para disfrutarlos y fotografiarlos. No hacerlo es imperdonable.

Subes por la Karakorum Highway, por donde iba la Ruta de la seda, embobado observando picos de 6 y 7.000 metros…

Además a veces tienes «retrasos» de los buenos: coincides con un grupo de moteros españoles en donde recoges la moto y, claro, te quedas compartiendo experiencias.

Ellos están viajando por aquí por un mes pero otros, como @marc_franquesa en pleno gran viaje (en moto, también) desde Cataluña hasta… quién sabe dónde. Menuda envidia.

O luego conocer a Agustín @_cordiagustin en mitad de camino. Argentina, nómada digital, comiendo me contó que acababa su viaje en moto por el país y entraba en China para seguir a dedo. 

Pero también porque las carreteras de esta zona, fuera de la principal, son pistas en mal o en muy mal estado, aunque no les haya pasado nada en particular. Son pura aventura, un imán y un reto para mo-to-chileros como yo.

Así que en mitad del valle de Chapursan, al penoso ritmo al que el estado de la pista me obligaba a ir, se me empezó a hacer de noche y busqué refugio. En cada pueblecito han habilitado una casa que funciona a modo de casa de huéspedes. 

Fui a parar a la del señor Didar Karim, en el pueblo de Karmin, quien me alojó en una casa tradicional wakhi, su etnia. Un salón cuadrado con varias alturas, en el que cené y dormí plácidamente sobre colchonetas. 

La aventura que es en sí misma viajar por Pakistán, poco a poco, iba regalándome momentos, personas y vivencias que me enriquecen y aportan tanto. 

¿Qué me esperaría mañana, en mi intento de llegar al final del valle, al mausoleo sufí de Baba Gundi?

Secuestrado en Pakistán

5 de septiembre

Ayer fui secuestrado. O más bien, para ser realista, apadrinado. 

Como decía ayer, a lomos de mi Honda 125, había decidido explorar uno de los valles más remotos del norte de Pakistán: Chapursan.

En esas que iba yo, avanzando tranquilamente por aquella complicada pista, cuando una pareja en moto me rebasó y al ver que era extranjero, con alegría y curiosidad empezaron a preguntarme en marcha de dónde era, a dónde iba, cómo me llamaba…

Al comprobar que nuestro destino era el mismo, el mausoleo que hay al final del valle llamado Baba Gundi, Nazir (el que iba paquete en la moto) me dijo que me invitaba a un té allí, que era su casa. Y quedamos en buscarnos al llegar, como si no nos fuéramos a ver… 

Sin embargo, a lo largo de los kilómetros me fui encontrando con ellos pues iban parando a saludar a sus paisanos y conocidos (y a mí cada vez). En una de ellas Nazir me extendió su mano con un zumo de mango para que no tuviera sed hasta llegar a Baba Gundi.

Dos horas después, y tras visitar el mausoleo, Nazir me invitó al prometido té (con sal y leche) en casa de sus tíos, que según me dijeron viven allí, a 3.700 m todo el año.

Aquello fue un salto atrás en el tiempo con dos viejitos que cuidan todo el año de rebaños de yaks, vacas, ovejas y caballos y viven en una choza de piedra, precaria, iluminada por una bombilla alimentada de una placa solar. 

Pero no. Aquello no acabó allí. Nazir insistió en invitarme a comer a su casa de verdad, cosa que evidentemente acepté. 

En ese valle son ismaelitas, una escisión del chiismo mucho más progresista. Aún así me sorprendió cuando me recibieron la madre y la esposa de Nazir, con alegría y efusividad, y me dieron la mano. Algo impensable en la mayoría del país, sunita y chiita, y sobre todo mucho más conservadora.

La esposa que era profesora de matemáticas en la escuela del valle, me contó en perfecto inglés la dura vida en esta región mientras preparaba chapati y lentejas guisadas con espinacas. Una delicia. 

El hijo mayor, de 9 años, aprovechó para estudiar y practicar inglés conmigo y el pequeño correteaba curioso.

La historia quiso que pudiera corresponder, en parte, a tanta amabilidad. 

Tras comer, Nazir y Amit tenían que ir a la ciudad de Sost, a su tienda, donde iba a dormir yo también. 

Pero como ellos irían mucho más rápido nos despedimos. Sin embargo, me los volví a encontrar a una hora de la ciudad… ¡se habían quedado sin gasolina! Pude, como digo, corresponder dándoles un litro de gasolina, que les permitió llegar a la ciudad justo al anochecer, conmigo.

Otro día de esos para no olvidar.

El mítico (y caro) paso del Khunjerab

8 de septiembre

Cometer errores es normal. Repetirlos, a veces, es imperdonable. 

Con esa idea en mente arranqué un nuevo día, con un único objetivo: llegar a la frontera chino-pakistaní. El mítico puerto de montaña del Khunjerab, a 4.693 metros. Se ve que es la frontera con la carretera asfaltada más alta del mundo y el punto más elevado de la Karakorum Highway. 

El año pasado no había querido visitarla por no pagar los 20 dólares que cobran (a los extranjeros) por acceder al parque natural que se debe atravesar para llegar a ella. 

Y eso que en su día me pareció un robo (porque lo es) me estaba incomodando hasta hoy, en que pude ponerle remedio. Por no querer pagar ese dinero no había podido circular por el último tramo de la Ruta de la seda pakistaní… así que este año pensé que ese dineral (para los estándares locales) era un peaje, como el de cualquier carretera, uno caro, pero inevitable.

Y no me arrepentí lo más mínimo. La carretera empezó a serpentear por profundos valles desde el primer momento, de colores marrones, ocres, negros… 

Picos de 6.000 metros asomaban a cada curva y, tras pasar por la verja del parque, no vi población humana alguna. Pero sí tuve la suerte de ver un grupo de ibex, gracias a un guarda con telescopio.

Los últimos 20 kilómetros antes de la frontera la carretera ascendió con fuerza. Pocos camiones, algunos turismos de turistas pakistanís y algunos moteros en motarracas me pasaban mientras yo me detenía en cada curva, flipando.

En lo alto, un montón de gente disfrutando del paso, del paisaje, de la sensación de estar tan cerca de una súper potencia. Las profundas y densas alambradas, sin embargo, recuerdan que nadie es bienvenido sin visado. Ni con él, eso es la dictadura china.

Y del otro lado, los uigures (minoría étnica musulmana autóctona de la región del Xinjiang) siendo masacrados por el estado represor chino. Si no sabes de lo que hablo, por favor, busca «genocidio uigur china» en tu buscador favorito.

El descenso, tras un rato de selfies y famoseo en el puerto, fue una delicia: la carretera, perfectamente asfaltada, incitaba a distraerse admirando uno de los paisajes más gloriosos que he visto en mi vida. 

¿O no son, acaso, estas montañas de una belleza sobrecogedora? 

El valle más duro: Shimshal

11 de septiembre

Nos lo advirtió Ahmad, el motero pakistaní que nos cruzamos en mitad del valle: «Llegaréis a un río glaciar que no tiene puente. Yo no he podido cruzarlo solo, me llevaba la corriente. Suerte que entre tres personas y yo empujando la moto hemos podido cruzarlo».

Aquello nos heló el corazón a Sasha y a mí: lo de vadear ríos… no es cosa fácil. 

Hasta entonces conducir por el valle de Shimshal, uno de los más agrestes y aislados del norte de Pakistán, había sido duro pero de una belleza indescriptible. Marciano, en realidad. 

Sin embargo no había habido ningún reto ni especial dificultad como la que Ahmad nos avanzó.

Así fue como tras 4 horas subiendo por gargantas profundas, descendiendo por pistas vertiginosas y disfrutando de la belleza salvaje y virgen de ese valle, llegamos al punto fatídico.

Y en efecto, la corriente bajaba desbocada. 

Nos quitamos los pantalones para evaluar el terreno y el agua llegaba por la rodilla y bajaba con gran fuerza. Aún así lo intentamos. 

Apagamos los motores, desmontamos las maletas y empezamos a empujar mi moto a través del río, hasta que perdimos el control y casi nos lleva corriente abajo moto incluida. 

Nos supimos qué hacer así que nos sentamos a comer. Sasha preparó unos espaguetis boloñesa riquísimos… y sucedió lo que sucede en este país: que cada problema viene con su solución o, mejor dicho, con la generosidad de la gente.

Un 4×4 cargado de jóvenes locales atravesó el río sin problema. Al vernos, y sin casi tener que pedirlo, decidieron ayudarnos: cuatro de ellos se quitaron los pantalones, agarraron la moto de Sasha y la atravesaron sin pensárselo dos veces. 

Acto seguido le tocó el turno a la mía con una generosidad tal que ni siquiera nos dejaron ayudarles. 

Con alegría por habernos ayudado siguieron su camino y nosotros solo pudimos agradecerlo con unos billetes para que se tomaran un té a nuestra salud en el siguiente valle. 

Gracias a su generosidad pudimos acabar nuestra aventura por el valle de Shimshall allí donde lo habíamos pretendido: al final del valle, a 70 kilómetros del inicio, en el pueblo que le da nombre. ¡Una nueva aventura inesperada y superada! 

Cosas que no me gustan de Pakistán

15 de septiembre

¿Y no tiene nada malo Pakistán? 

Algunos me habéis comentado que en mis crónicas se transmite mi amor ya incondicional por este país, pero que parece que obvio las cosas malas.

No os negaré que las hay, que las veo y las siento. La falta de higiene, en la comida o en los baños; la suciedad que hay en las pocas ciudades que conozco; la ausencia de mujeres en la vida pública; los precarios y poco fiables servicios de agua, electricidad, servicios públicos en general… En fin, todas esas cosas de las que carecen los países menos desarrollados económicamente.

Pero hay algo que no había sufrido en otros países y que no me gusta nada: el paternalismo con el que nos tratan a los viajeros y viajeras. Como si fuéramos inocentes niños, sin capacidad de decisión ni comprensión.

Por ejemplo: aunque estemos acostumbrados a ir solos a la montaña, en este país parece que esa sea una actividad de riesgo extremo que merezca contratar como mínimo un guía. ¡No puedes ir sólo a la montaña! 

Lo cierto es que el coste de los porteadores y de los guías es bajo, no los dejo de contratar por eso (de hecho en el trek del Baltoro llevamos un gran equipo de guías, cocineros,  porteadores)… pero los pakistanis no acaban de entender que a veces nos gusta estar solos en la montaña, asumir nuestros propios riesgos y disfrutar del entorno tal y como hacemos en los Pirineos, en los Alpes o en tantos otros lugares…

Viajar solos, solas. Ser responsables de nuestros actos, para lo bueno y para lo malo. Algo que aquí, al menos todavía, no se acaba de entender. 

Tal vez si el turismo regresa a este país, si ven que hay otras formas de hacer turismo, de ver la vida, de hacer las cosas, este paternalismo desaparezca, como en tantos otros países que conozco.

Pablo Strubell

Editor de La editorial viajera, escritor y guía de viajes. Cuenta con dos grandes viajes a sus espaldas: Ruta de la Seda (8 meses, en 2005) y África de cabo a rabo (12 meses, en 2010-11). En sus pocos ratos libres escribe para este blog así como para Leer y viajar. Por si fuera poco, organiza las Jornadas de los grandes viajes. Y entre una cosa y otra, intenta viajar.

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