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Bordeando Afganistán por el corredor del Wakhan

por | Ago 15, 2024 | Blog, Nuestros viajes, Tayikistán, Viajar por Asia | 0 Comentarios

El mercado afgano de Iskashim

15 de agosto

A veces la suerte se pone de tu lado y hace que llegues al lugar adecuado (Iskashim) el día adecuado (sábado).

Porque ese día se celebra en tierra de nadie (una isla en mitad del río Panj, que marca la frontera entre Tayikistán y Afganistán) el mercado transfronterizo.

Ese día, decenas de comerciantes afganos (algunos venidos de Kabul, a 10 horas) y tayikos, se dan cita en este mercado semanal para ofrecer sus productos.

De Tayikistán telas, productos de menaje, jabones y productos de limpieza o baratijas chinas.

De Afganistán alfombras, especias, aceite, productos enlatados, materiales agrícolas, cerillas o piedras preciosas y joyería. 

Disfrutamos como enanos, sobre todo  observando e interactuando con la gente. Íbamos con cierto respeto (militares te controlan el pasaporte al entrar, el mercado está rodeado de un muro y alambradas, hay presencia militar controlando…) pero sobre todo con incertidumbre de cómo sería la interacción, pues no suele haber turistas allí… y no pudo ser mejor.

Los afganos fueron tan curiosos como nosotros. Nos observaban, saludaban y pedían selfies, a la vez que casi siempre decían que sí a nuestras peticiones de fotos. 

Ellos con sus trajes, pañuelos, turbantes o gorros tan exóticos. De facciones y miradas tan diferentes, claro reflejo de su situación geográfica y su historia de conquistas, comercio e interacción durante siglos con gentes de medio mundo.

Llegamos a las 10 pero a medida que avanzaba la mañana aquello empezó a llenarse tanto y “los nuevos” se nos acercaban tanto que acabamos algo abrumados y preferimos irnos antes de tener que lidiar con todas las peticiones que íbamos a recibir. 

En aquellos momentos sentí el peso de la fama. Tocaba irse para digerir aquella intensa experiencia. Nos fuimos pensando qué habría pensado esa gente de nosotros, qué sabrían de nuestros países, qué les había parecido curioso de nosotros.

Cinco días en el corredor de Wakhan

16 de agosto

Los cinco días que estuvimos en el corredor del Wakhan nos permitieron irnos haciendo a la idea de lo que nos esperaba después. 

Empezamos con asfalto, felices. Luego pista, ni tan mal. Pero los dos últimos días, el corrugado de la pista y la arena suelta hicieron que llegar a Langar, el último pueblo del valle, fuera un suplicio. Sufrimos de lo lindo, no os engañaré, y eso que el viento era de cola y no llovió, para acabar de liarla.

Un día acampamos (algo complicado porque los militares están estresados con la cercanía de la frontera afgana y no les gusta que lo hagamos, en una ocasión nos echaron justo cuando poníamos las tiendas) pero el resto usamos homestays: alojamientos en casas particulares.

Me quedo con la de Safar, sencilla, básica y rústica, apenas preparada para los turistas. Él, agricultor y taxista (cuando los turistas le contratan en su 4×4) me acogió en la habitación de sus hijas. Me dio de comer arroz con patatas y de desayunar sopa de tallarines con patatas. Lo que ellos.

Las casas pamiris, como la de Akim, son muy especiales: siempre son cuadradas, de un piso, con el habitáculo principal a tres alturas, con 5 vigas de madera y el techo con una única entrada de luz en forma escalonada con 4 alturas. Siempre así. Cada número es pura simbología.

En esa habitación multitarea cocinan, comen y duermen, pero a medida que la familia crece o los hijos se casan añaden extensiones, nuevos cuartos, salones con ventanales al jardín o habitaciones para huéspedes (o turistas). 

Cobran entre 15 y 20 dólares por dormir, cenar y desayunar, un enorme complemento a las precarias economías familiares (aunque suele ser habitual que haya algún emigrado a Rusia, que siempre envía remesas, necesarias ante la poca capacidad de generar ingresos en estos valles).

El turismo, nuestra presencia, se revela aquí como algo que aporta, que suma, que hace que las familias puedan vivir un poquitito mejor que sin él. En sitios así creo y corroboro que el turismo aporta cosas positivas, y que sin alterar la esencia de los lugares o las personas suma muchísimo más que resta.

La muerte frente a mí

17 de agosto

Por primera vez en mi vida, vi la muerte frente a mí… en los ojos de Yuri. 

Un motero ruso a quien intentábamos sacar entre cuatro personas del río, sin darnos cuenta de que, intentándole ayudar, le estábamos asfixiando. 

Mientras tiraba con todas mis fuerzas de su brazo, durante unos segundos vi en sus ojos, apenas a medio metro de los míos, la mirada exhausta y resignada de quien se deja morir. Os juro que jamás sentí más impotencia.

Y de repente nos dimos cuenta de que soltarle, dejarle ir río abajo, por muy duro que fuera el revolcón que le esperaba, era su única posible salvación. Y así fue, afortunadamente. 

Yuri unos segundos antes había empezado a cruzar con su potente pero pesada moto por encima de dos tubos de cemento que hacían de puente provisional en un río que bajaba desbocado. 

Para una moto pesada no era fácil cruzarlo, la verdad, aunque otras motos habían pasado antes. La mala suerte hizo que Yuri se quedara parado entre los dos tubos y al apoyar el pie, perdió el equilibrio y cayó al río. 

Salimos todos corriendo a ayudarle. Le agarramos antes de que uno de los tubos le succionara río abajo, pero al rato nos dimos cuenta de que no solo no íbamos a poder sacarle contra la corriente sino que le estábamos asfixiando, apretando su pecho contra el borde del tubo… 

En un atisbo de lucidez, decidimos dejarle ir río abajo cuando vimos que se nos moría: estaba poniéndose morado y su mirada era la de quien había tirado la toalla.

Una hora después, amoratado, dolorido y aún aturdido, reemprendía su camino…

Aquel incidente marcó mi día, y el siguiente. Me quedé pensando durante horas cómo, en un momento, la vida se puede torcer, cómo se puede echar todo a perder por un descuido, por azar o por mala suerte (en Tayikistán o en mi barrio)… 

Seguí la ruta deseando que Yuri pudiera llegar bien con sus dos amigos a Murgab, al hospital, para hacerse unas cuantas radiografías. Seguramente su viaje no podría continuar. Por suerte, su vida sí, aunque estuvo a punto de no ser así.

El remoto lago Zorkul

23 de agosto

“No me puede pasar nada. No me puede pasar nada” iba pensando a medida que iba tomando consciencia de dónde me adentraba.

Tal vez aún impactado por el accidente de Yuri el día antes, a medida que me internaba en la reserva natural del lago Zorkul me iba dando cuenta de que aquello no solo era lo más remoto donde había estado: era lo más solitario.

Los tres días que disfruté recorriéndolo apenas me crucé con cinco o seis personas, turistas como yo. También con zorros, conejos, serpientes, quebrantahuesos, abubillas y muchas otras aves acuáticas. 

Y con unos pastores, a quienes pedí comer en su choza de piedras y adobe, para ocultarme del sol de mediodía. Allí encontré refugio unas horas. 

Con el traductor de Google (alabado sea) me contaron que allí pasan todo el verano, engordando los yaks que luego venden entre mil y dos mil dólares cada uno, en el valle del Wakhan, donde viven el resto del año.

Saqué mi comida, otra para compartir y ellos me obsequiaron con pan recién horneado, yogurt y mantequilla de yak. Una delicia. Me vieron delgado: para el camino me dieron más pan, yogurt y té, en una botella de Cocacola. Rechazaron mi dinero, no me lo daban por eso.

Durante tres días avancé cruzando riachuelos, pedaleando por pistas de tierra compacta, remontando el río Pamir que nuevamente marca la frontera con Afganistán. Solo que del otro lado no hay nadie, tan solo imponentes picos de cinco y seis mil metros de altura, helados y majestuosos en la distancia.

Y el silencio. La soledad. Y mis pensamientos. 

Muchas veces pedaleando pienso en lo importante que es estar bien con uno mismo en viajes así. Sin nadie con quien compartir, con quien distraerse, con quien desahogarse… durante días pedalear se convierte en una especie de meditación constante, que disfruto enormemente. Me relaja. Me hace sentirme feliz. No sé si serán las endorfinas que se disparan, pero no lo cambio por nada.

Estar en soledad en lugares vírgenes como este es un lujo. El verdadero lujo para mí. Sin masas de gente, sin música, sin polución… son estos lugares en los que piensas “que no me pasa nada” en los que más sientes que estás más vivo que nunca.

Las rutinas del viaje

27 de agosto

Desayunar. Recoger. Pedalear. Saludar. Picar. Subir. Comer. Descansar. Filtrar agua. Bajar. Fotografiar. Acampar. Cocinar. Dormir. 

Y vuelta a empezar. Un día tras otro. Semana tras semana.

Viajar, aunque lo disfrutes una barbaridad, genera rutinas. Al principio no pasa nada. Al fin y al cabo, estás de vacaciones, ¿no? Pero más adelante, acaban cansando. La rutina, aunque sea en actividades placenteras… es rutina. Mal.

La solución: parar. Descansar. Cambiar la dinámica. No sólo para que la mente no se aburra, sino también para que el cuerpo repose. Los músculos lo agradecen, lo necesitan.

Algunas personas se marcan un día de descanso cada tres. Otros cada cuatro, o cinco. Yo… cada cuando encuentro un sitio en el que comer bien (o lo mejor posible) y donde hacer alguna cosa que no sea solo pedalear, lo que suele significar una ciudad o población algo grande.

Estiro. Duermo. Paseo. Pierdo el tiempo. Escribo el diario o estas crónicas de Instagram. Retozo en la sombra de algún árbol. Leo. Pierdo el tiempo. Como fruta. Escribo a amigos, familia u otros ciclistas en ruta. Hago la colada. Pierdo el tiempo.

Un día. Dos. Hasta que, de repente, me encuentro ajustando los frenos, engrasando la cadena, reordenando las alforjas… 

En ese momento mi cuerpo y mente me piden seguir, volver a la carretera, seguir descubriendo y disfrutando de la ruta. Perder el tiempo empezaba a ser una rutina.

Qué importantes las pausas en los viajes. Esos momentos de desconexión (o reconexión) que no siempre nos regalamos.

Pablo Strubell

Editor de La editorial viajera, escritor y guía de viajes. Cuenta con dos grandes viajes a sus espaldas: Ruta de la Seda (8 meses, en 2005) y África de cabo a rabo (12 meses, en 2010-11). En sus pocos ratos libres escribe para este blog así como para Leer y viajar. Por si fuera poco, organiza las Jornadas de los grandes viajes. Y entre una cosa y otra, intenta viajar.

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