Monotonía
27 de julio
Los dos días restantes hasta Khorogh fueron, a mi pesar, algo aburridos. Y eso que todo estaba a mi favor.
No es que el paisaje fuera menos espectacular, o que la carretera fuese peor aún o que estuviera más cansado. No.
Simplemente me resultó demasiado parecido a los días anteriores y por ello algo monótono.

Aún así disfruté mucho del asfalto, que por fin llegó, racionado: un par de kilómetros con, uno sin, otro con…
Para entretenerme fui fijándome en las preciosas paradas de autobús soviéticas, en bastante buen estado (habrá monográfico), todas ellas pequeñas obras de arte.
En los cementerios, cada nicho con un cierre metálico, un tazón sobre el túmulo y una lápida con la imagen de la persona difunta grabada (moda reciente).

O en la principal cosecha, la mora del árbol de la morera. De color blanco, dulcísima, dejan que caiga madura sobre telas para luego comerla en el invierno cual pasas o en formato harina mezclada en panes o dulces.
Entré feliz a Khorog, la capital del Pamir (en realidad de la región autónoma del Badakhshan) pues suponía concluir con éxito el segundo tramo de este viaje.
Me esperaban unos días de descanso, merecidísimo antes de la tercera etapa: el ataque del Pamir, la principal razón para venir a Tayikistán.
Descanso en Khorog, la capital del GBAO
5 de agosto
Cuando una ciudad no me gusta, me voy… al bazar. Ahí suelo reconciliarme con ella o si no, al menos, siento que he profundizado un poco más allá de su paisaje urbano.
El de Khorog es cubierto, oscuro, casi tenebroso, que contrasta con el brillo exterior del sol, que a dos mil metros pega fuerte.

El bazar tiene dos naves. Una, con productos de alimentación (frutos secos, miel, queso, pan, carne), telas (por metros, muy coloridas y con muchos brillos) y ropa tradicional, como gorros o calcetines de lana.
Al entrar en la segunda nave huele a plástico: varios puestos de sandalias y zapatillas de imitación dan paso a ropa occidental, lencería y algún puesto de cosméticos.
El ambiente es tranquilo, silencioso, que contrasta con el bullicio de la calle, donde algunos campesinos venden directamente sus productos (sandías, cerezas, manzanas).

En los tres días que paso de descanso en Khorogh me dedico a visitar, también, supermercados más modernos, donde importan productos rusos: pescado o carne en lata, embutidos (de ternera) o quesos ahumados. Y vodka, aunque aquí beben poco, o a escondidas.
También salí a comer en los dos restaurantes de comida extranjera: uno indio, otro “del mundo” (pizzas, hamburguesas, tacos mexicanos y recetas indias); aproveché para cortarme el pelo (un atentado contra mi imagen, como veréis en la foto, aunque ponga cara de interesante) o simplemente “perder” el tiempo en el jardín de la pensión, en la que el dueño me cogió más cariño que yo a él, a decir verdad.

Feliz compartiendo la aventura
6 de agosto
Y de repente fuimos tres.
En Khorog, el último día antes de reemprender mi camino, llegaron Ana Zamorano y Diego, su pareja.
Ella, una referente de los viajes en bicicleta, por los caminos menos trillados. Tal vez la conozcas como @remoteana. Él, @superzuri surfista, fotógrafo y cicloturista disfrutón.

Ambos venían a pasar un mes recorriendo los dos valles más icónicos (de los 6 que hay en el Pamir): el Wakhan (frontera con Afganistán) y el Bartang, que cruza el altiplano por su mismísimo corazón. Los dos que yo tenía en mente recorrer.
La casualidad hizo que uniéramos fuerzas y pedaleáramos juntos casi una semana, sin haberlo planeado ni sabido hasta unos días antes.
Se me hizo muy fácil estar con ellos, compaginar ritmos (seguramente porque el suyo es como el mío “caribeño”, en sus palabras), que era lo que más me inquietaba. También coincidimos en intereses y pasiones: la naturaleza, la fotografía, las montañas, sus gentes…

Reconozco que me cambió totalmente mis dinámicas: de tener ratos libres, a rellenarlos charlando. De poder tener tiempo para hacer las cuentas o escribir mi diario, a aprovechar cada minuto con ellos para compartir vivencias, anécdotas… y conocernos.
Porque a Ana la conocía de su participación en las @jornadasgrandesviajes pero de ahí a pasar una semana entera juntos… era otra historia. Pero una de las que acaban bien…

Enseguida os cuento de la ruta, que desde el día 1 tuvo invitaciones a casas a tomar el té, desalojos de nuestra acampada por el ejército, cagaleras compartidas, pinchazos o mercadillos inolvidables.
Pero esta entrada la quería dedicar a esas (dos) personas que pasan a ser compañeros de viaje casi sin darte cuenta, de casualidad, y que hacen que la experiencia sea tan bonita que sabes que la cosa no se quedará ahí. Al menos por mi parte… 🥰
El mítico corredor del Wakhan
7 de agosto
Resultó que, por una vez, la memoria no me jugó una mala pasada. Al revés: el Corredor del Wakhan me pareció aún más bonito de lo que lo recordaba. Cada kilómetro que avanzaba lo pensaba: qué flipada de lugar.
Hazte una idea: un valle que de un lado tiene el Pamir (y picos de 6000 metros) y del otro el Hindu Kush (cuyos picos de 7000 metros marcan la frontera entre Afganistán y Pakistán, más al sur).

En el fondo del ancho valle, extensiones de cultivo verde refulgente: trigo, cebada, judías, patatas, zanahorias, albaricoques o manzanos. Un enorme contraste con las desérticas montañas.
Los pueblos (y sus cultivos) aparecían cada cinco o diez kilómetros. Cada uno con una o dos tiendecitas (con productos a granel -arroz, pasta, legumbres-, galletas y dulces de todo tipo, algunas conservas de pescado o carne y refrescos, además de jabón, algo de ropa o ferretería).

Y nosotros parando todo el rato a sacar fotos de los picachos, a saludar a los niños, a filtrar agua de las fuentes, o a visitar alguna de las ruinas de castillos que atestiguan la importancia comercial de este valle en la Ruta de la seda… y mucho después.
Cinco días difíciles de sintetizar en tan pocas líneas.


























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