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Recorriendo la costa keniata, la costa suajili

por | Nov 7, 2013 | África oriental, Kenia, Nuestros viajes, Viajar por África | 1 Comentario

Salimos de Arusha hace ya un mes, buscando el mar como agua de mayo. En  cuatro meses en Tanzania, tan solo habíamos visto el Índico en una ocasión y nos apetecía cambiar la sudadera y el pantalón largo por el bañador y la camiseta playera.

mombasa-beachLa primera parada fue Mombasa, la antigua capital de Kenia y hoy la segunda ciudad más importante del país y principal puerto comercial. Tuvimos la suerte de ser alojados por Berna, un guía español que trabaja también en Arusha para otra empresa de safaris en camión, en su casa de Bamburi, un barrio al norte de la ciudad. Está algo alejado de town, el centro histórico, pero está en la mejor de las tres grandes playas de la ciudad. Y su casa, directamente en la arena… un lujo del que costó sacarnos. Allí nos quedamos 5 días de relax, leyendo, descansando, cocinando y pudiendo ir andando a Nakumatt, un supermercado formato europeo, surtido, grande… y con pan de verdad, hogazas de masa madre (una de las cosas que más ilusión me hacía comer, tras meses de pan de molde malo).

Uno de los días nos desperezamos y tomamos el matatu (furgonetas que funcionan como autobuses urbanos). Bajamos a town, que tiene dos partes diferenciadas. La que atrae a los turistas, old town, el casco viejo, la ciudad suajili, una zona tirando a cascada, más bien a hecha polvo. Calles sin asfaltar, mala gestión de las basuras y residuos, pero a la vez con casas de dos y tres pisos, con preciosas puertas y balaustradas de madera, en las que la fusión de estilos (árabe, indio, portugués…) queda patente. También el oldtownfamoso Fuerte Jesús (patrimonio de la UNESCO desde 2011), de cuando los portugueses en su exploración y camino hacia Asia tomaron la ciudad, hace ya siglos. Una zona en la que perderse entre tiendas de telas tradicionales, los antiguos mercados de especias (y esclavos) y anticuarios. Old town es una pequeña zona dentro de town, una ciudad ya plenamente africana, aunque sorprendentemente organizada. No es que no haya atascos (hay mototaxis, tuk-tuks –como en Asia-; matatus; autobuses… todos parando donde y cuando quieren), caos en las aceras (entre agujeros, puestos ambulantes, mendigos) y polución. Pero en esa zona de cuadrícula casi perfecta (¡aquí hubo planificación!) se distribuyen los bancos, comercios, restaurantes y mezquitas de la ciudad.

WatamuWatamu fue nuestro siguiente destino. Un pequeño y tranquilo pueblo a un par de horas de Mombasa con, también, tres bonitas playas. Y muchos hoteles de esos de pulsera y todo incluido, pero por fortuna, alejados de la playa, no invasivos. Eso se agradece, por ahora el litoral está medio respetado. Un lugar peculiar: un pequeño pueblo africano, sencillo, ramplón, sin pretensiones… rodeado de esa infraestructura turística. Nos dedicamos a pasear bien pronto por la mañana, recogernos a mediodía (¡qué calor húmedo!), comer en el mismo sitio de comida suajili todos los días (por fin, pescado guisado, incluso ¡pulpo!), siesta, una hora de windsurf (Pablo) y salir a dar nuevas caminatas por la playa al atardecer. Y para cenar, en los puestos locales: un día brochetas de carne marinadas con jengibre, con patatas fritas; otro día chapatis con judías pintas y una especie de grelos; o el mkate mayai, “el pan huevo”, una crep rellena de carne picada, un descubrimiento de la última noche. Gente amable y tranquila. De la que si te tima es casi por descuido.

Seguimos avanzando por la costa dirección norte en furgonetas que conducen como si tuvieran la intención de chocarse frontalmente contra cualquier otro vehículo. Mejor no mirar, aquí el valor de la vida parece otro. Siguiente escala, Malindi. Ya toda una ciudad (con su Nakumatt y todo) pero sin mucho encanto, todo sea dicho. Eso sí, muchos italianos, heladerías, pizzerías y todo eso que les gusta a nuestros vecinos mediterráneos cuando se van de vacaciones. Como en Mombasa, Malindi también tiene su barrio tradicional, sin mucha gracia, pero con muchas mezquitas, mujeres bien cubiertas (algunas con hiyab –pañuelo- pero, también, muchas con chador negro, ocultando todo menos los ojos) y

hombres con kikois (telas) a modo de falda y casquete musulmán coronando su cabeza. Se puede ver en ellos también un color más pálido de piel: muchos son descendientes de omaníes, yemeníes o, en suma, árabes que vinieron a lo largo de los siglos a vivir a esta zona siguiendo las rutas comerciales abiertas por los navegantes. Pero también hay un barrio turístico, artificial como todos, con sus tiendas de souvenires, bares fuera de contexto, hoteles lujosos y cafeterías y restaurantes destinados, exclusivamente, a los turistas (italianos). Y cuando estos no vienen, allí quedan vacíos, muertos, tétricos casi diría yo.

malindi

Las dos noches que allí dormimos, no nos quedamos en ninguno de los dos barrios, sino en el centro, junto a la calle más bulliciosa: donde están las oficinas de los autobuses, y, por ello, los restaurantes, los comercios, el mercado… el ambiente, que es lo que va con nosotros. Un día paseamos por su enorme playa, nos refugiamos varias veces de breves lluvias torrenciales, hicimos amigos (que siempre quieren venderte algo al final), fuimos de compras a ese supermercado ya innombrable para abastecernos de productos “delicatesen” antes de viajar a la presumiblemente desabastecida isla de Lamu y quedamos con un amigo hecho a través de Couchsurfing, a cenar en su casa. Una puerta a la realidad africana.

En una casa de apenas 20 metros cuadrados, si acaso, viven 3 hermanos adultos y un niño. El chaval es el sobrino, el hijo de la hermana, que murió. Desde entonces ellos se hacen cargo de él. Tienen dos estancias: una sala/cocina (sin agua corriente ni nevera pero con un mini fregadero, una bombona de butano con quemador, dos sofás y una televisión), y un cuarto que no llegamos a ver, en el que duermen todos. Fue, como casi todos los encuentros de Couchsurfing, algo muy especial: un “desconocido” que te mete en su casa, te invita, sin otro interés que compartir y conocer a gente. Una puerta a un mundo al que el turista (nosotros, los que pasamos por un lugar) no tiene acceso fácilmente si no es con iniciativas como la de esta página web. Y, claro está, con gente tan generosa como Norman. ¡Asante sana! (muchas gracias)

Pablo Strubell

Editor de La editorial viajera, escritor y guía de viajes. Cuenta con dos grandes viajes a sus espaldas: Ruta de la Seda (8 meses, en 2005) y África de cabo a rabo (12 meses, en 2010-11). En sus pocos ratos libres escribe para este blog así como para Leer y viajar. Por si fuera poco, organiza las Jornadas de los grandes viajes. Y entre una cosa y otra, intenta viajar.

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1 Comentario

  1. Isabella | transporte de carga

    Simplemente espectacular!! Que maravilloso lugar!! En el 2014 tengo que ir de todas maneras!! Y conocerlo de cabo a rabo!!

    Saludos y éxitos con el blog!

    Isabella

    Responder

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