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Filipinas – Parte 2

por | Dic 8, 2005 | Blog, Filipinas, Nuestros viajes, Ruta de la seda | 0 Comentarios

Y sobrevivimos Manila: enorme, polucionada, caótica, peligrosa… ¡Ninguno de los calificativos (más que adecuados) que oímos antes de llegar fueron positivos! Se nos hizo sorprendente por su parecido a México DF: alambradas y seguridad armada en colegios (¿anti-secuestros?). Más de lo mismo en residencias particulares, que parecen fuertes en lugar de casas. Guardias de seguridad armados en supermercados y carteles en restaurantes en inglés como «No outside food, drinks or fireguns allowed inside». Aunque, como México, tenía un pequeño casco antiguo bonito y bien conservado, con decenas de parejas cincuentón blanco – jovencita filipina. Asqueroso, como la capa de polución en el aire al despegar en el avión, destino a lugares más tranquilos.

Lugares como la isla de Bohol, famosa por su buceo, y las Chocolate Hills. El buceo, la verdad, fue bueno. Y fácil, a pesar de llevar un año sin meterme en el agua (¡y Anna tres!). Se nos dio de miedo, cual sirenitas. Había paredes llenas de coral en perfecto estado, miles de pececillos, morenas y hasta un gran grupo de barracudas girando en torno a nosotros. Bello, y cuatro buceos que supieron a poco. Es una grata sorpresa ver que un país sea tan consciente de la riqueza que tiene debajo del agua. ¡Pues casi cada isla del país es parque natural submarino protegido!

Entre un día de buceo y otro, nos pillamos una moto para visitar tres sitios interesantes: Antequera, con su activo mercado dominical de productos hechos a partir de la cana; Corella, con su centro de protección del tasier, uno de los primates más pequeños del mundo (y nocturno en su comportamiento, así que, a pesar de ver a tres con ojos somnolientos, nos contemplaban tranquilos y pasotas). Last but not least: una pelea de gallos. De las de verdad, a muerte, en un «gallódromo», una arena cuadrilátera, cual combate de boxeo, con cientos de espectadores en pequeños graderíos, apostando, gritando, a ver cual gallo mataba antes al otro. El combate más largo: un minuto. Pues, además del pico, les ponen una navaja en la pata para cepillarse antes al adversario (y por eso los chorros de sangre en la arena). Brutal pero interesantísimo, por lo ilegal que es en otros países (no me extraña) y lo normal que es en la vida cotidiana filipina. Pues aquí crían gallos como quien se canta una coplilla.

Las Chocolate Hills se llaman así por el color que, al parecer, tienen en época seca. A nosotros nos parecieron tremendamente verdes, jugosas y curiosas. Casi anecdóticas, pues son formaciones de 50-100 metros de alto, con formas de queso de tetilla gallego (por no decir directamente pechos, pero sin pezón) que salpican el centro de la isla. Valió la pena levantarse al amanecer, a las cinco y cuarto, pero tampoco eran lo que prometían.

Así que, con un vuelo que coger en Cebu, pillamos un trasbordador que nos cruzó de una isla a otra en un periquete (vaya, un par de horas). Haciendo recuento, hemos cogido todos los medios de transporte disponibles en este país: la moto, la moto-taxi-sidecar llamada triciclo, el taxi, el jeepney (ese cruce entre land rover y autobús), el bus local, el bus regional (con tremendo aire acondicionado, para denotar su status), la barca de pescador (para bucear), ¡el barco y el avión! En dos semanas, pas mal.

Cebu es un mini Manila, así que planeamos quedarnos lo menos posible. Pues eso: 12 horas. Salimos a intentar ver una película decente (sin éxito), cenar en un restaurante decente (sin éxito) y disfrutar un poco de la ciudad (sin éxito) que poco tiene para disfrutar. Salvo el aeropuerto, pero porque nos vamos.

Así que otro avión de salida para ese lugar con el nombre precioso de Puerto Princesa, en la isla de Palawan. Casi la última antes de Borneo. Aunque tan pronto llegamos, tan pronto nos vamos. Solo dio tiempo para sacar más dinero del cajero, que nuestros dólares se acaban. Nuestro objetivo: El Nido, en el extremo norte. Pillamos una furgo compartida (con AC, of course) que conduce un maniaco emulador de Carlos Sainz. Es decir, tranquilo cuando había asfalto (2 horitas) y como un poseso cuando el asfalto se acabó (2 horas y media) para llegar anocheciendo a Tay Tay, antigua capital española de la isla, de la que hoy solo queda un fuerte con una iglesia en el medio. El resto: casas de paja y un par de hoteles de paso. Noche y la aventura continúa.

Con suerte, pillamos el bus para llegar a El Nido por la mañana. Durante los dos días anteriores, no lo hubo pues, por las lluvias, la pista se convirtió en un barrizal y no se podía transitar. A nosotros «solo» nos tuvieron que sacar remolcados con cadenas del lodo dos veces (por suerte, no hubo que ponerse a empujar, aunque lo del Camel Trophy me lo estoy pensando). En fin, que derrapes, titubeos y volantazos nos pusieron donde debíamos, en el pequeño pueblecito de El Nido, rodeado de arrozales, junglas y cientos de garzas blancas.

El Nido: una de las joyas de este viaje. Una de esas que uno ve que se van a hacer famosas pronto, y que empezarán a venir guiris en masa, y que perderá el espíritu y carácter actual para darle al turista lo que quiere (supuestamente). Es un pueblo pequeño, de no más de veinte mil habitantes, al borde de una bonita playa entre acantilados. En la bahía, hay decenas de islas surgiendo del agua salvajemente, cortándola. Con blancas playas. Y jungla. Y todo lo que uno espera de unas islas paradisíacas.

La magia está en esto. Y en el pueblo, pues duermes en pequeños bungalows al borde de la playa, que las familias han ido haciendo. Ellos viven en el de al lado. Te sientes como parte de la comunidad, pues al lado de la tienda de buceo (solo hay dos) está el súper de toda la vida; al lado, la peluquería, y más allá, la ferretería. Nada ha cambiado demasiado todavía. Unos pequeños hoteles han salido y alguna tienda de souvenires, pero nada más. Eres turista, pero no lo sientes. Ésa es la magia de este lugar. Uno en el que dan ganas de comprar un terrenito, hacer unas cabañas y quedarse a ver cómo más gente viene a disfrutar de esto. Hasta que pase a ser como tantos pueblos e islas en Tailandia, que han perdido su carácter y sentido en pos de los dólares del turista. Aunque con vosotros lo comparto. Ponedlo en vuestra agenda de viajes. Pero quedad tranquilos, no le diré a nadie más. Será nuestro secreto (vaya, que un secreto a voces).

Publicado originalmente el 8 de diciembre de 2005.

Pablo Strubell

Editor de La editorial viajera, escritor y guía de viajes. Cuenta con dos grandes viajes a sus espaldas: Ruta de la Seda (8 meses, en 2005) y África de cabo a rabo (12 meses, en 2010-11). En sus pocos ratos libres escribe para este blog así como para Leer y viajar. Por si fuera poco, organiza las Jornadas de los grandes viajes. Y entre una cosa y otra, intenta viajar.

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