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Aventura en el valle del Bartang 

por | Ago 30, 2024 | Blog, Nuestros viajes, Tayikistán, Viajar por Asia | 2 Comentarios

30 de agosto

El valle del Bartang me puso a prueba, a todos los niveles. Bueno, no solo a mí: a mí y a mi bicicleta. Aunque, bien pensado, en valles anteriores la cosa no fue precisamente fácil tampoco…

Y es que este profundo valle, de 280 kilómetros de longitud, se reveló como uno de los más salvajes, precarios y complicados de recorrer. Y eso que, afortunadamente, lo hice de bajada…

Los dos primeros días, aún en el altiplano, el viento de cara, la pista plana con tramos de arena suelta y otros de tierra corrugada, no lo pusieron fácil para avanzar. Pero las vistas de los picos de seis mil metros, cubiertos de nieves perpetuas, la luz y los colores que hay a esa altura, hicieron que las penurias fueran algo más llevaderas.

También el encontrarme con otros ciclistas, con los que compartir el esfuerzo, como Lea y Max, una pareja de alemanes jóvenes y energéticos con bicis preparadas para lo que estaba por venir. Su visión fresca del lugar, su desconocimiento de la cultura y su curiosidad hicieron que compartir tramos y encuentros con ellos fuera refrescante.

Parar a dormir la primera noche con unos pastores kirguizos (principales pobladores del altiplano del Pamir) en una yurta (tienda de fieltro circular) me transportó a… otro país. El idioma, las vestimentas, la decoración de la casa y hasta la comida me recordaron a mi querido Kirguistán, claro, y resultó reconfortante. 

También lo resultó parar un buen rato a charlar con otro pastor, el segundo día, tras una mañana de pedaleo contra el viento. Refugiarse del sol de mediodía y aprovechar para ver cómo producían nata y mantequilla, comer un poco de sabroso yogur o comprarles pan recién horneado, sentó de maravilla. Allí pasan todo el verano, me dijeron, cuidando de las ovejas y vacas de todo el pueblo. El año que viene otra persona se encargará de hacerlo. Así cada año, es un puesto rotativo.

31 de agosto

El pequeño infierno empezó a partir del tercer día, marcado por un brutal descenso hasta el río Tahmuras. 

Paradójicamente llegamos al primer pueblo, Gudara, pero la pista dejó de ser tal y durante muchos tramos pedaleamos por canteras, pistas inventadas por encima de pedregales… además de tener que vadear arroyos o empujar la bici por el río, que en tramos había engullido literalmente la pista…

En lugares así, teniendo que avanzar en estas circunstancias, me pregunto qué empuja a la gente a venir a vivir a sitios  como estos, tan aislados, remotos y duros. Supongo que es la pobreza. La necesidad. Y una vez aquí, intuyo que se acostumbran a tener que bombear el agua de pozos. A no tener electricidad constante. A vivir del trigo y centeno, patatas y zanahorias que consiguen cosechar en estos pocos meses de verano. A permanecer prácticamente aislados en los meses de invierno.

Nos invitan a un shir chai (té con leche y sal, al que se le añade mantequilla, en el que se moja el pan duro de días anteriores) en una casa. 

También a dormir pero yo prefiero mi tienda, y busco un lugar tranquilo donde montarla, poniendo solo la mosquitera, para disfrutar de un cielo estrellado como pocos que he visto en mi vida.

Durante los días tres y cuatro de descenso me acuerdo (y alegro) de mi pasado como ciclista de montaña: la pista es muy técnica, con mucha roca suelta, bajadas empinadas, barro en cruces de ríos… entiendo por qué este es el valle preferido entre aquellos que practican “bikepacking” (para entendernos, esa modalidad del cicloturismo adaptada a caminos de cabras). 

Yo lo paso regular, pensando sobre todo que no debo romper nada, cosa que con el peso que llevo y los baches que hay es algo factible. 

Spoiler: consigo salir ileso y mi bici también.

1 de septiembre 

¿Por fin pasó lo peor?

Poco a poco van apareciendo pueblitos, en plena cosecha del trigo. Muchas casas en construcción: el verano es el momento de hacerlo. Paro en una. Tardarán seis meses, cuesta 7.000 dólares. En cada pueblito una escuela y un campo de volleyball. 

El valle se va cerrando, empinando, la carretera en muchas ocasiones ha sido arrebatada a la ladera de piedra, que en muchas ocasiones se deja caer cascotes en la pista. Da miedo pasar por muchas zonas: ¿será el momento en que yo paso cuando caerá una nueva piedra?

Me da rabia pero apenas tengo fotos de la gente. Su físico, indoeuropeo, es desconcertante: muchas personas podrían pasar por españolas o por sus ojos azules, piel clara, pelo castaño… por europeos. 

Lo peor parece que ha pasado. El día quinto y sexto la carretera serpentea junto al río. Se acabaron los descensos salvajes, pero a cambio tenemos el calor asfixiante que, junto al viento en contra incesante, seca la piel, agrieta los labios y carcome los ánimos. Avanzar se convierte en algo pesado, lento y sudoroso.

Tal vez son estos últimos 80 o 60 kilómetros los que se me hacen más duros. El cuerpo sabe que estoy a punto de llegar, que me falta muy poquito para llegar a Rushon, donde me esperan restaurantes, supermercados abastecidos medianamente y mis amigos Ana y Diego… pero el avance se me hace eterno. Además, el paisaje ya me resulta monótono, siento que ya me lo conozco. A veces pienso que incluso de la belleza uno se puede cansar… pero es que quiero llegar ya, y sé que tengo que pedalear y pedalear… lo bello de llegar a los sitios por nuestros propios medios (en la bicicleta) en ocasiones se siente como un castigo…

Finalmente, tras seis días recorriendo el valle del río Bartang, uno de los pocos que atraviesan el altiplano del Pamir por completo, llego a “la civilización”: asfalto, electricidad, refrescos fríos, chocolatinas y esas cosas que, después de varios días en uno de los valles más aislados de Tayikistán, hacen especial ilusión. 

Y reencontrarme con @remoteana y @superzuri… a quien creía que no volvería a ver. ¡Yuju!

Pablo Strubell

Editor de La editorial viajera, escritor y guía de viajes. Cuenta con dos grandes viajes a sus espaldas: Ruta de la Seda (8 meses, en 2005) y África de cabo a rabo (12 meses, en 2010-11). En sus pocos ratos libres escribe para este blog así como para Leer y viajar. Por si fuera poco, organiza las Jornadas de los grandes viajes. Y entre una cosa y otra, intenta viajar.

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2 Comentarios

  1. Javier Olivera

    Hola, este comentario debe ser parte de un viaje, que, a su vez, lo sea de uno mucho mayor, pero hoy me conformaría con saber como centrar este tema desde un punto de inicio a el alcance de los medios de transporte. Un ssludo

    Responder
    • UnGranViaje

      Hola, Javier. No se si entiendo bien tu mensaje, pero el punto de inicio fue Samarkanda (Uzbekistán), el de final Bishkek (Kirguistán) y lo hice todo en bicicleta. Espero haber resulto tus dudas, ya me dices si no es así. Saludos, Pablo

      Responder

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