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Recorriendo el corazón del altiplano del Pamir

por | Sep 6, 2024 | Blog, Nuestros viajes, Tayikistán, Viajar por Asia | 0 Comentarios

El dictador

6 de septiembre

Cosechando trigo. Posando entre escolares y personal médico. Caminando luciendo trajes de corte europeo. Recogiendo manzanas. Trabajando serio tras un escritorio. Caminando apuesto entre campos de flores. Rezando junto a una ancianita. Luciendo traje frente al palacio presidencial o galones con su traje militar…

Ahí está Emomali, seductor, serio, confiable, posando en miles de carteles y vallas publicitarias repartidas por los pueblos en edificios, tiendas, calles… pero también en mitad de la nada en carreteras, valles, pasos de montaña…

No hablo de un modelo o de un actor de moda. 

Hablo de Emomali Rahmon, el presidente de Tayikistán desde hace 30 años. Sí, sí, 30 años.

Ya sabemos qué significa cuando un político desarrolla e instiga un culto a su figura de ese calibre. O más bien, cómo se llama: dictador.

Herencia (o no) soviética, casi todos los países de Asia Central (menos Kirguistán) tienen el suyo.

Este se supone que fue el artífice del alto el fuego en la guerra civil que tras la independencia en 1991, arrasó el país durante 5 años. O eso dice él. 

En 1992, los del sur (pamiris) se declararon independientes del recién creado país. Los del centro tampoco estaban conformes: querían tener representación en el nuevo gobierno. Y los del norte, en el poder económico y político desde siempre, desde el 91 se dedicaron a intentar mantenerlo con mayor ahínco. La guerra entre los 3 bandos duró hasta que la ONU medió y puso fin en 1997 a la guerra civil.

El autodenominado «Fundador de la Paz y la Unidad Nacional, Líder de la Nación», Rahmon Emomali encabeza desde entonces un régimen autoritario en toda regla: los opositores políticos han sido reprimidos, las violaciones de los derechos humanos y civiles son constantes, la libertad de expresión es inexistente, las elecciones no son libres ni justas mientras que la represión, corrupción, mala gobernanza y nepotismo están a la orden del día.

Como era de esperar, varios cargos gubernamentales importantes del país están ocupados por su familia. Su hijo, Rustam Emomali, es el presidente del parlamento y alcalde de Dushanbé, será su sucesor…

¿Qué futuro espera a un país con un gobernante así?

Valle del Shokdara

8 de septiembre

Me di cuenta rápidamente que lo que estaba haciendo no era normal al ver la cara de mis compañeros ciclistas. 

¿Vas a subir al altiplano por el valle del Wakhan y luego bajar por el Bartang para volver a subir otra vez? me decían siempre que contaba mis planes.

Recordaba esas conversaciones, la sorpresa que causaba (y no sé si un poquito la admiración también) mientras pedaleaba ilusionado rumbo al paso de 4.200 metros que me esperaba al fondo del valle de Shokdara. 

Así es. Volvía a subir por segunda vez.

Mi idea inicial (que estaba cumpliendo) era intentar recorrer el Pamir a fondo. Creo que es porque pienso que tal vez no vuelva (ya toca ir a otros destinos, otras latitudes), o que en un futuro no esté tan fuerte… o a saber, así que sí: estoy yendo a por todas.

Subir por Shokdara fue un acierto, aunque seguramente fue el valle menos espectacular. Los dos primeros días pasando por pueblos agrícolas, con una carretera que perdió el asfalto rápidamente. Los árboles y el verdor ribereño permanecieron dos días más. 

La gente no saludaba con un “hello” sino con un “salam aleikum”. No había carteles de “homestays”. Estaba claro que por aquí pasaban muy pocos turistas.

Lo cierto es que tuve poco contacto con gente. Tampoco lo busqué, pero no pude evitar parar cuando toda una familia me invitó a tomar té. Estaban segando trigo con guadaña. Bueno, en el descanso. Me sacaron pan, mantequilla, ensalada de tomate y pepino, luego sir chai (té con leche, sal y mantequilla). Aporté frutos secos, galletas y simpatía a raudales.

Pincho por primera vez en 2.500 kilómetros, menudo bajón: confiaba en no hacerlo. Me entretengo fotografiando las señales de tráfico artesanales; los cuencos puestos boca abajo en cada tumba del cementerio; las montañas que cada vez son más verticales. 

Y al caer la noche del tercer día llego a uno de los hitos del valle: acampo con un enorme pico de fondo, una mole de 6.510 metros… ¿sabes cuál es? Se aceptan apuestas. Mañana la respuesta…

De vuelta a la Pamir Highway, la M41

9 de septiembre

Engels. Marx. Lenin. Stalin. Yeltsin. Putin… En nuestros países nombramos las calles con la gente que admiramos. Aquí los nombres se los ponen (o pusieron) a las cumbres a modo de reconocimiento.

Con la impresionante vista del pico Engels (6.510 metros) amanecí y desayuné unas gachas de avena con frutos secos. Era el inicio de la ascensión final al altiplano, por una dura pista de piedra suelta y arena compacta a tramos iguales. Empujé y maldije algunos tramos, en que mis sandalias derrapaban al empujar los 50 kilos de la bici. 

Ahí uno se tiene que fijar en otras cosas, para no caer en un bucle de malrollismo. Así que… ¡qué cielo, qué luz, qué paisaje! Cuervos, abubillas, rapaces y carroñeras me sobrevolaban y, en la distancia, rebaños de yaks y ovejas pastaban plácidamente. Qué belleza.

Tras tres horas de ascenso, paradas para recuperar el aliento incluidas, llego a los 4.315 metros de altitud. En el recorrido solo me cruzo con dos pastores. De dónde vengo. A dónde voy. ¿Sin compañía? Las tres preguntas clásicas y sigo rumbo a la anhelada M41: la autopista del Pamir. La única carretera asfaltada en el altiplano… O eso decían los (anticuados) mapas…

In situ uno descubre que sí, que hay asfalto, pero que cada paso de montaña en esa vía tiene 15 o 20 kilómetros de baches, polvo e incomodidades. Y nada más bajar a la M41 me tocó comerme otro paso (el Koitezek, de solo 4.271 m.). En la bajada me cogió la noche y el frío. -2°C. Ni tan mal. Para eso voy equipado.

Los 57 kilómetros hasta Alichur del día siguiente se me hicieron largos, a pesar de la belleza del paisaje, de los lagos salinos, de la quietud y silencio solo interrumpidos por los camiones de/hacia China. Que son unos cuantos, muchos. Sin ríos donde rellenar, me quedé sin agua. Un problemón si hubiera estado solo. Por suerte, ante mis gestos, un camionero me lanzó una botella de litro y medio. Mi salvador.

El viento decidió soplar en contra: traía tormenta, que afortunadamente rompió al llegar al poblado. Desde una pensión vi, feliz, cómo la nieve, la primera del veranotoño pintaba las cumbres. Mañana iba a estar todo más bonito aún. Aún tenía muchos días en el corazón del altiplano para disfrutar y eso era una muy buena noticia.

Pedaleando a 4.655 metros de altitud

Más alto no se puede llegar, al menos aquí. 

4.655 metros. 

Cuando planificaba la ruta en Madrid, un paso de montaña, el Ak Baytal (por cierto, recientemente renombrado como Hushang, en honor a los chinos) destacaba como el escollo más importante en la ruta. 4.655 metros. ¿Sería capaz de subirlo? ¿Cómo sería pedalear a tanta altitud? ¿Lo disfrutaría? ¿Me daría mal de altura? Eso era a miles de kilómetros de distancia, meses antes. Pero in situ las cosas fueron de otra manera.

No sé si es que venía de subidón por los días anteriores: desde Alichur, casi 100 kilometros de paisaje indescriptible de bello, un altiplano colorido, rocoso y árido pero fértil junto a los ríos… y asfalto en perfecto estado (para los estándares locales). 

No sé si fue porque descansando en Murghab (la ciudad más importante del altiplano, a 3.500 metros) me había encontrado con amigos como Paula (en moto desde España), Abel (más de un año en ruta), Luis o gente con quien hice buenas migas. Compartir historias, anécdotas, sufrimientos, información, cagaleras… reconforta. Estás con tu tribu.

El caso es que la subida del paso Ak Baytal me resultó bastante llevadera, mucho más que mis temores. Tal vez porque la hice en dos días: el primero acampé a 4.200 metros de altitud, antes del paso (a -4°C). Y al día siguiente rematamos el ascenso (yo y una pareja de franceses) y disfrutamos del bellísimo descenso hasta Karakul.

La paleta de colores en la montaña se volvió loca en la bajada: amarillos, verdes, rosados, negros… paraba a sacar una nueva foto cada cinco minutos. Y lo que veis en mis fotos no es nada comparado con lo que sientes cuando estás ahí. 

El Pamir mostraba su cara más espectacular durante decenas de kilómetros. Nos regalaba sus paisajes, como diciendo “por esto soy famoso”. Y uno pensando “qué flipada, qué  fli-pa-da”. Menuda despedida de Tayikistán. 

Desde Karakul, el pueblo junto al mayor lago del Pamir, donde hice noche en una pensión ya que el viento era tan fuerte que no daban ganas de poner la tienda,  me quedaban solo uno o dos días hasta la frontera. Mi aventura por el Pamir se estaba acabando… pero qué cierre, ¡qué cierre, oiga!

Un fin de recorrido demoledor

15 de septiembre

Demoledor. 

Ese no era el adjetivo que pensaba que emplearía para definir mi último día en Tayikistán. Unos días antes me imaginaba que emplearía otros como “espectacular”, “emotivo” o “bestial”.

Pero las fotos no muestran algo que los cicloturistas odiamos: el viento. Esa fuerza de la naturaleza que, según de dónde sople, es capaz de empujarte plácidamente o, por el contrario, amargarte el día. 

Si a eso le sumamos que la carretera se convirtió en una pista rugosa durante los últimos 10 kilómetros en que, nuevamente, debíamos superar un paso potente (el Kyzyl Art, de 4.282 metros), el cocktail era, en una palabra, demoledor.

Porque el día no empezó mal: bordeando el enorme lago Karakul, pasando por zonas desérticas con pequeñas dunas, y el Pico Lenin (7.134 metros) de fondo, pedaleaba motivado. Hacia delante las vistas eran brutales. Hacia atrás, igual de bonitas.

En ruta me encontré a dos amigos que habían pinchado. Al rato a otros 3 suizos veteranos. Hicimos pelotón hasta que el durísimo viento de frente y la falta de asfalto nos desgajó y cada cual siguió su ritmo. A mí, hasta se me olvidó sacar la cámara. Solo pensaba en empujar los 45 kilos de la bici hasta el puesto fronterizo (a 4 kilómetros) y los dos finales hasta el puerto.

Por suerte los oficiales de inmigración lo pusieron fácil, seguramente apiadándose. “Es así siempre” nos dijeron refiriéndose al viento. El único consuelo es que nosotros estábamos allí de paso y que en nada empezaba el descenso.

¡Pero qué descenso! ¿A eso se le puede llamar pista? La frontera lleva dos años cerrada (no para turistas) por problemas entre Kirguistán y Tayikistán y lleva, supongo, ese tiempo sin mantenimiento ninguno. Las fotos no lo ilustran bien, como tampoco muestran la belleza del lugar, de colores rojizos, montañas grandiosas y… viento en contra todo el puñetero rato.

Pero ya era viento kirguizo y en breve iba a empezar a disfrutar de los cambios. Mi viaje por Tayikistán en bicicleta había acabado, y yo, estaba molido, pero estaba tremendamente feliz. El sueño de recorrer el Pamir de cabo a rabo se había hecho realidad y ninguno de mis temores previos se había confirmado (salvo uno)…

Pablo Strubell

Editor de La editorial viajera, escritor y guía de viajes. Cuenta con dos grandes viajes a sus espaldas: Ruta de la Seda (8 meses, en 2005) y África de cabo a rabo (12 meses, en 2010-11). En sus pocos ratos libres escribe para este blog así como para Leer y viajar. Por si fuera poco, organiza las Jornadas de los grandes viajes. Y entre una cosa y otra, intenta viajar.

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