Dushanbé, la capital de Tayikistán
17 de julio
Volví a pisar Dushanbé (la capital tayika) veinte años después, con curiosidad por ver si recordaba algo o si reconocía algún lugar.
Y lo cierto es que la memoria me falló. Seguramente porque en su día, cuando estaba haciendo la ruta de la seda, fue una ciudad que no me gustó y de la que me llevé un bonito regalo: una gastroenteritis que se manifestó al día siguiente en Khorog, una precaria población al pie del Pamir, adonde llegué en avión (un Yak 40, por cierto) volando entre picos de 5.000 metros. Una pasada, el vuelo y la diarrea que me dejó KO tres días.
Regresemos a 2024. Dushanbé. 35 grados a la sombra, secos. En los dos días que he estado aquí tan solo he recibido fogonazos de recuerdo al recorrer el bulevar principal, la avenida Rudaki, con sus enormes árboles, los trolebuses (alguno aún funciona), los austeros edificios residenciales de época soviética y algunos ministerios, que cuando se construyeron serían impresionantes pero hoy palidecen ante el frenesí constructor.

Así es. Descubro un nuevo parlamento estilo Disney, un nuevo pirulí en espiral, la bandera con el segundo asta más alto del mundo (¿de verdad hay un ranking en esa memez?), pantallas LED con anuncios en las farolas y, sobre todo, decenas o centenares de nuevos edificios residenciales calcados unos de otros, de 20 pisos todos ellos (por cierto ¿Quiénes los podrán comprar?¿Los emigrados a Rusia?¿Los que tengan negocios con el narcotráfico afgano?¿Los burócratas corruptos?).
Junto a ellos, o a su pie, las tienditas de toda la vida, que exponen en la calle el género; los murales soviéticos en algunos edificios; y también taxis eléctricos, un sistema de autobuses públicos bueno y barato; calles bien iluminadas y asfaltadas; bazares modernos y limpios… la ciudad avanza, no solo presume.

Para un turista (o para mí, más bien) Dushambé ofrece poco. Un Museo de antigüedades decente (con restos de ciudades históricas de Sharazm o Pendjikent), hostales con moteros y cicloturistas con los que compartir rutas y consejos, restaurantes chinos o indios para poder variar y comer rico, cafeterías con flat whites y supermercados con algún producto de capricho para la siguiente etapa que arranca mañana.
Me iré de esta ciudad sin haberme reconciliado con esta población. No me dice nada, aunque su Presidente pretenda ser recordado como Tamerlán, cuya inspiración a la hora de ennoblecer Samarkanda fue equivalente: “Si alguien duda de nuestro poder, que mire nuestros edificios”. Lo único es que, en mi opinión, no tiene ni punto de comparación lo que logró el gran conquistador de Asia Central frente a este dictador, por mucho que el fin, creo yo, sea el mismo: trascender.

Los primeros kilómetros de la M41, la Pamir Highway
18 de julio
Recorrer la Ruta de la seda nunca fue un sueño para mí pero a día de hoy se ha convertido en casi una obsesión.
Recorrerla por sus mil y un ramales, pensando en que por ellos caminaron durante siglos, a lomos de caballos, camellos o yaks comerciantes, religiosos o buscavidas, es algo que me apasiona.
Por eso salir de Dushanbe hacia el oeste, remontando el río Shurkhob, procedente de Kirguistán y antes de China (como la seda), era muy emocionante. Era tomar uno de los dos caminos que tomaba la Ruta de la seda en este país para sortear las montañas.

El paisaje durante dos días y medio fue como los valles agrícolas del inicio del viaje: en el fondo, montañas de 2 y 3.000 metros. En el valle, trigo, maíz, frutales y pequeños pueblos donde voy parando.
En Fayzobod a comer, y acabo siendo invitado: “eres el primer extranjero, es un honor para nosotros”. En Taktialif a refugiarme a la sombra de los 35 grados. Y en Obigarm, a ver las obras de una enorme presa que llevan desde época soviética queriendo acabar.

Me entretengo sacando fotos a los carteles del Presidente del país, en todos los pueblos, curvas y cambios de rasantes (habrá monográfico), parando en teterías a tomar té verde, pan y mantequilla, a acampar junto al río que baja rojo.
El segundo día cambio el calor por la llovizna y la carretera por una pista demoledora con rampas del 10% que nos hace sufrir 15 kilómetros a camiones, coches y a mí, ante los pitidos de ánimo y saludos de admiración que recibo.

Ante el diluvio que viene acabo durmiendo en una casa de té, la única en decenas de kilómetros a la redonda, por lo que paran camioneros, religiosos a rezar (al atardecer) y borrachos que me intentan implicar en su juerga.
Me ducho con un cubo de agua caliente. Me tomo dos sopas de patatas, zanahoria y carne (shorpo) y feliz paso lo que queda de tarde noche leyendo, escribiendo el diario o viendo cómo toda la familia atiende a los comensales (desde el niño de 11 años al abuelo de 72). A las diez se acaba la sopa, todo el mundo a su casa. Salvo Alirahmon que regala un concierto improvisado al turista derrotado y feliz de dormir bajo techo.
La ruta norte: la M41 original
21 de julio

Amanece lloviendo. Las predicciones no fallan. Pero no me importa: cambio el calorazo por el fango. Avanzo 3 o 4 kilómetros y se pone a llover, con fuerza, pero a los diez o veinte minutos para. Entonces sigo.
Así los dos primeros días se convierten en un constante buscar refugio: en paradas de bus. En puestos de sandías. Bajo árboles. En los techados para picnic (con mesa y todo) que el gobierno ha instalado en las entradas o salidas de cada pueblito. Pero estoy a gusto con el plan.

El barro en la pista no molesta y el valle boscoso con el río arcilloso en su base es espectacular, salpicado de pueblecitos agrícolas somnolientos, donde apenas veo gente y oigo “hello” desde la distancia.
El único tráfico, los taxis compartidos. Algunos 4×4 pero alucino viendo turismos normales avanzando por algunos pedregales o vadeando el río que hace unos días se llevó el puente por delante y 42 casas del pueblo.

Llego a Tavildara el tercer día de ruta por el valle. Como bien, me conecto a 4G y paso por la tienda a por avituallamiento: mañana toca el ascenso de 30 kilómetros y 1.700 metros de desnivel al puerto de Saghirdasht de 3.252 metros de altitud: el segundo escollo importante de la ruta desde el inicio. Acampo al pie de la subida, bajo un cielo estrellado que presagia lo mejor.
El caso es que lo subo super bien. Sin prisa, parando cada 500 metros a ver las vistas. Al agricultor. Al paisano que remoza la carretera con una pala. Al pueblecito. A coger agua de un manantial… Y a lo tonto subo 26 kilómetros en 6 horitas hasta un refugio de montaña donde paso la tarde y la noche en soledad, con las vistas del los picos nevados en el horizonte. Eso es el lujo, disfrutar sitios así, sin nadie… Gracias @ivanfaure por el consejo.

El quinto y último día solo queda rematar el ascenso una hora más, desayunar en la cumbre charlando a través del móvil con un camionero uzbeko, y bajar durante horas por gargantas enormes hasta Qala I Khum, allí donde la carretera empieza a serpentear a lo largo del río Panj.
Del otro lado del río en adelante tendré Afganistán. Será interesante ver cómo viven allí, aunque eso será en dos días, que ahora me tomo un merecido descanso.
Pedaleando frente a Afganistan
24 de julio
“Sangre, esfuerzo, lágrimas y sudor”… se ve que dijo Churchill en una ocasión.
Para mi ruta desde Qala i Khum hasta Khorog (240 km, 4 días en bici, 16 horas en coche) era lo que preveía, porque casi la mitad estaba en obras: una nueva carretera construida por los chinos, que cambiará el destino del Pamir, cuando esté acabada: traer fruta, verdura, bienes de consumo o turismo… no será una odisea como lo ha sido hasta ahora.
Amigo Churchill, en mi caso, por suerte, las cosas no fueron tan chungas. Lo dejaría en “Polvo, baches, sudor y… diarreas”.

Y empezando por lo último os ahorro las fotos, pero también os digo que en Dushanbe estuve un día chunguillo y ahora otro, así que ni tan mal. Al menos por ahora son de las diarreas que llegan y al día siguiente se van. Será el agua, la comida, el esfuerzo o el calor…
Ah, el calor. Ese que entre 1 y 5 no te deja casi pedalear. Pero el primer día lo di todo: a pesar de estar todo en obras, de sufrir baches, cortes de carretera, mucho, mucho, mucho polvo, avancé a buen ritmo, casi 80 kilómetros… Creo que me quería quitar los 140 primeros kilómetros (en obras) cuanto antes.

Del camino recuerdo infinidad de paradas voluntarias para mirar los pueblitos afganos. Algunos con electricidad, con antenas móviles, con escuelas y mezquitas. Pueblos agrícolas y ganaderos, de casas de adobe, haciendo acopio de paja, albaricoques o leña. En nada llega el invierno. Una pista sencilla en lugar de una carretera serpentea a lo largo del río Panj que delimita la frontera.
Por mi lado, feliz del lugar de acampada, junto a un riachuelo donde quitarme la capa de polvo, aunque los camiones pasaban escandalosos retumbando toda la noche.
El segundo día (además de obras y polvo) me regaló paisajes increíbles: montañas desérticas, vergeles en las poblaciones (¿o al revés, poblaciones en vergeles?), cascadas, pausas en teterías en las que desayuné té y pan con leche agria o comí arroz con carne cerca de tres camioneros poniéndose ciegos a vodka e insistiendo en que me uniera a su fiesta particular. Ni de coña. Os juro que tal y como acabaron, no serían capaces de arrancar el camión.

Cómo acabé yo ese segundo día os lo cuento rápido: pasadas ya las obras busqué en un pueblito alguna casa de huéspedes. Con éxito. Con mucho.
Acabé en casa de Famouz, el profesor de inglés del pueblo. Su esposa, maestra también. Llegué anocheciendo, ellos ya habían cenado, pero me sacaron una ración de macarrones con frijoles, pan, chocolatinas y galletas que, después de la ducha de agua caliente, entraron fácilmente.

Y derrotado dormí del tirón hasta la mañana siguiente en la habitación de invitados que toda casa tiene en este país.
Apenas fueron unas horas pero ya empecé a notar algo en esas gentes, en cómo nos relacionamos. Sus rostros, su color de ojos o de piel, la presencia de las mujeres todo el rato, sin tapujos ni velos… Estaba entrando en la cultura pamiri, casi sin darme cuenta. Y eso me gustaba. Vienen cambios que yo creo que voy a apreciar y disfrutar.


























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