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Viaje en bici por la carretera del Pamir

por | Jul 2, 2024 | Blog, Nuestros viajes, Tayikistán, Viajar por Asia | 0 Comentarios

Empieza la aventura en Samarkanda

2 de julio

Pocos lugares hay más icónicos para empezar un viaje como el lugar que un día fue el corazón del mundo: Samarkanda, Uzbekistán.

Hoy 2 de julio empieza mi aventura más desafiante hasta la fecha: cruzar Tayikistan y Kirguistán a pedales. A ver qué tal aguantamos la bici y yo y a ver si responden las piernas y el estómago…

Os voy contando, esperan unos primeros días de mucho calor y rodaje en llano.

Un viaje de ríos y puertos

5 de julio

Este va a ser un viaje de ríos y puertos. 

Una aventura que vendrá marcada, o rota, en etapas en las que tendré que subir durísimos puertos y otras en las que seguiré ríos, serpenteando con ellos, a veces entre campos verdes y otras entre secas gargantas. 

Así han sido mis dos primeros días en ruta, siguiendo todo el rato el río Zerafshon, que riega Samarkanda y nace en Tayikistan. 

Salir de la capital timúrida fue tarea fácil pero ingrata: el calorazo (40° a mediodía), el tráfico y una carretera parcheada durante 40 km hasta la frontera, se hicieron molestos. Suerte que el paso fronterizo fue fácil, ágil y amable. En ambos lados el fútbol fue el facilitador. Ser de Madrid y español mola y ayuda aunque a mí me dé igual el fútbol. 

Los coches desaparecieron al entrar en Tayikistán. Cosas de países pobres. En su lugar extensiones infinitas de frutales (albaricoques increíbles, manzanas insípidas), trigo, verduras varias y vacas. De fondo las montañas Fann, con varios picos de 5.000 metros.

Hago escala en Sarazm, ruinas de una antigua ciudad que existió entre el 3.500 y el 2.000 a.C. (la más antigua de Asia Central) y aprovecho el calorazo para echarme una siesta bajo una de las estructuras metálicas que protegen las ruinas. Qué mejor lugar que el único en la lista de la Unesco de este país.

También paro en Pendjikent, ciudad de mayoría uzbeka (como el resto del valle), donde compro una SIM, saco dinero y ceno en un buen restaurante, antes de seguir ruta: son las 6, aún quedan 2 horas de luz y ha refrescado, el mejor momento para pedalear. Acabo acampando junto a un campo sobre el acantilado del Zerafahon.

Lugar precioso salvo porque al amanecer (05:30) vienen a segar la hierba con tractores. Bonito despertador.

El río pierde fuerza a medida que lo remonto y los asentamientos son menos, más pequeños, con menos cultivos, pero en todos los niños gritan “Hello” a mi paso y corren a chocarme la mano. 

Las montañas se cierran y secan: el verdor empieza a los 3.000 metros. La nieve a los 4.500. La carretera empieza un sube y baja, jugueteando con el río a un lado y luego al otro. 

Y reventado tras haber recorrido 140 km en dos días, tras recargar agua, comprar 3 huevos, 3 pepinos, 2 tomates y un pimiento busco un campo abandonado donde poner mi tienda y acabar mi travesía. 

Mañana me despediré en Ayni del Zerafshon. Mientras ceno al aire libre, con calor, apago el frontal para ver un cielo estrellado impactante. ¿Qué nos espera mañana? ¿Llegaré al primer hito de la ruta, el lago Iskander Kul?

Primer hito: el lago Iskender

9 de julio

El primer hito del viaje quería que fuera el lago Iskender Kul, una de las joyas de la corona de este país.

Y lo fue, pero no cuando tenía pensado. En el ascenso, a 2 kilómetros del puerto de entrada al lago, tiré la toalla: se me hacía de noche, era todo una subida muy empinada y llevaba muchos kilómetros en la piernas.

Así que busqué un rinconcito, monté la tienda, cené un couscous con verduras y a dormir.

El día había sido bonito, a pesar del calor: buena carretera, invitaciones a té con pan y mantequilla, recarga de agua de fuentes, siesta junto a monumentos soviéticos y un ascenso hacia el lago por pueblecitos agrícolas. Pero los casi setenta kilómetros de la etapa pesaron hasta que dije basta.

Al día siguiente, ya descansado, esa pared que se me había atragantado resulta que no era para tanto y llegar al lago fue un regalo. 

Un lago de un color a ratos turquesa, a ratos grisáceo, todo el rato cambiante, rodeado de magníficas y escarpadas montañas de cuatro mil metros. Para pasar un día contemplativo, ideal.

Eso hice: me tomé el día de descanso. Desayuné con unos franceses en uno de los 3 hotelitos del lago, donde nos intentaron timar (eso dicen ellos, era mi primer desayuno de pago y caro no me parecía). Me encontré con Manu, otro cicloturista madrileño que va hacia el Pamir. 

Tras disfrutar de las vistas un rato a solas me fui a acampar en un bosque solitario en la otra punta, junto a la casa de verano del Presidente tayiko. ¡Estuve a 270 metros de su “palacio”, oculto en el bosque!. Descansé todo el día leyendo, durmiendo, escribiendo el diario, revisando la bici y al atardecer paseando hasta una colina con un monumento a no sé qué. El cuerpo y la belleza del lugar me pedían este regalo.

El olvidado valle Yagnob

11 de julio

Papayas, piñas, fresas… adornan el mantel y la tetera de la casa de Zarif. Seguramente él nunca las llegue a probar… ni a ver. Hay pocos lugares donde estas frutas se ganan con más exactitud su calificativo de “exóticas”. 

Estamos en una de las zonas más remotas de Tayikistán, el valle de Yagnob. Tan remoto que allí vive (o más bien vivió) durante siglos una población que ha mantenido el idioma sogdiano, la lingua franca en la Ruta de la seda. Sí, un idioma con más de 2.500 años de antigüedad. 

Hasta el siglo XIX vivieron prácticamente aislados. Luego llegaron los rusos y los conectaron al mundo con una pista. Y luego Stalin en los años 20 y 30 les obligó a desalojar el valle para llevarlos a vivir y trabajar en granjas colectivas. Ese fue el principio del fin.

Con el paso de los años algunos han vuelto. Pocos, apenas 500 en todo el valle, diseminados en casas que salpican el valle, bajo picos de casi 5.000 metros.

Se ven muchas casas en ruinas, de muros de piedra, y las pocas que están habitadas son sencillas, de un piso. Eso sí, con una habitación para invitados en la que ahora cenamos y luego dormiré con Iqbol, un pastor que está de paso, como yo, bajando el valle y hoy se quedará aquí conmigo.

Cenamos pasta con patatas y un tomate rallado para darle un poco de jugosidad al asunto. Desayunamos pan con nata y té. 

Al despedirme, le ofrezco 10 euros en agradecimiento. Lo hago 4 veces, tantas como Zarif lo rechaza. Hay que insistir hasta 4 veces para asegurarse de que realmente siente lo que dice. Lo llaman taarof, una costumbre que viene de Persia.

Recorro el valle de regreso por una dura y rocosa pista. El único cultivo que he visto han sido patatas. Algunos apicultores, y ovejas y vacas constituyen la forma de vida de esta gente, que permanece en el valle todo el año.

No sé si aún hablan el sogdiano entre ellos: el hecho de no poder comunicarme me hizo quedarme con más preguntas que respuestas.

Pero me fui pedaleando de vuelta los 40 kilómetros hasta Anzob con la sensación de haber llegado a un lugar muy especial, remoto, bello y salvaje, preámbulo de otros especiales que seguro están por llegar. ¡Que siga la aventura!

Primer reto: el puerto del Anzob

12 de julio

Dormí mal, intranquilo. Al menos, al principio. 

Metido en el saco, en mi tienda de campaña, pensaba en que no tenía ni idea de qué hacer si venían lobos. Ni osos. ¿Usar el silbato? ¿Gritar? ¿Poner la luz? ¿O ponerme a rezar a quien quisiera escuchar?

Por lo pronto, había cocinado lejos de la tienda y dejado la comida en otra parte del prado, junto al arroyo, alejando los olores y la comida de mi tienda de campaña.

Pero aunque mi intuición me decía que estaba acampado demasiado bajo para que vinieran a visitarme estos animales (que sí se ven por la cima del puerto ocasionalmente) y que se alejarían si oliesen a humanos, me emparanoyé un poco. Sin razón, por suerte, porque al amanecer estaba todo donde yo lo había dejado y yo enterito.

Estaba acampado a 2.550 metros, a media subida del paso de Anzob, en la antigua carretera, que lleva más de 20 años sin mantenimiento desde que hicieron un túnel y una nueva carretera en otro valle. Por allí van ahora los coches, camiones, mayoría de ciclistas y por esta antigua carretera… nadie. Si acaso, algún pastor con sus ovejas que pude ver a lo lejos. Y algún ciclista o motero en busca de soledad.

El ascenso del puerto (necesario para llegar a Dushanbé, la capital) fue una subida de 17 km hasta los 3.375 metros. Fue el primer desafío potente y lo pasé con nota. Pedaleando sin prisa, con desniveles del 5% (en coche ni te enteras de que es subida), tardé 5 horas en subirlo y casi otras tantas en bajarlo. Bueno, en realidad solo un par.

Pero se me hizo muy largo: me quedé un buen rato comiendo sandía y bebiendo té con el meteorólogo, que vive en lo alto del paso todo el año. Y otro buen rato bajando y parando cada 200 metros para sacar una nueva foto. Las vistas de la cordillera eran espectaculares. 

La sensación de soledad, el silencio, la naturaleza salvaje… Durante dos días fui feliz acompañado de mi cargada bicicleta (que por el momento se está portando bien… aunque esto no ha hecho más que empezar). 

Vamos a ver cómo viene el resto del país, para empezar la capital, a la que he llegado tras una bajada ininterrumpida de casi 70 kilómetros… una delicia que creo que no se va a repetir.

Pablo Strubell

Editor de La editorial viajera, escritor y guía de viajes. Cuenta con dos grandes viajes a sus espaldas: Ruta de la Seda (8 meses, en 2005) y África de cabo a rabo (12 meses, en 2010-11). En sus pocos ratos libres escribe para este blog así como para Leer y viajar. Por si fuera poco, organiza las Jornadas de los grandes viajes. Y entre una cosa y otra, intenta viajar.

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