Jaffna
19 de febrero
Llegar a Jaffna fue como cambiar de país. Nuevo idioma, nueva religión, nueva cultura… como empezar de cero.
También supuso más calor, menos turismo y comida más picante, más cercana a la India que en el resto del país.
Se supone que Jaffna es la segunda ciudad más grande del país, pero parecía un pueblo grande. De casas bajas, con muchísima vegetación y sin una sola acera por la que caminar: aquí todo el mundo va en moto, tuktuk o bici.

Arrancamos en Jaffna en lo que nos gusta: en un mercado, en realidad, en una de las lonjas de pescado que hay en la ciudad. Subastadores profesionales gritando los precios a la baja. Cangrejos. Rayas. Bonitos. Y otras especies que no reconozco. Bullicio. Ajetreo. Orden en el aparente caos. Y en la parte exterior, pescaderos especializados limpian a los clientes los pescados por unos céntimos.
Luego el de frutas (ocho tipos de plátanos diferentes, papayas, mandarinas pakistaníes, sandías, manzanas de Nueva Zelanda) y la zona del mayoreo (telas, especias, objetos religiosos, parafernalia contra el mal de ojo, y tiendas de utensilios de cocina, con ollas XXXL para grandes eventos).
Nos dimos una vuelta por el fuerte holandés, por varias iglesias (herencia portuguesa), tomamos helados hiper mega dulces (aquí usan el azúcar como el picante: mucho) y acabamos el día en el templo hindú de Nallur, donde nos encontramos a un viajero español, de los que no paran: Agustí @marcopolobags

Al día siguiente, tocó pasar por el mecánico. El arranque, no iba. Acabamos encendiendo el tuktuk a lo brusco: empujando y metiendo primera. El mecánico dijo que las bujías estaban sucias y 9 euros después estábamos en marcha a las islas.
Conectadas por puentecitos, están prácticamente deshabitadas y anegadas. La subida del nivel del agua está haciendo la vida en ellas complicada, y vimos muchas casas abandonadas.
El momentazo del día fue llegar a uno de los templos hinduistas más importantes del país, tras cruzar en un barquito… un tanto básico (pero con chaleco 😉).

Llegamos justo a mediodía y pudimos unirnos a una puja (ceremonia). Descalzos, con el pecho descubierto (los hombres) recorrimos el templo en procesión.
Seis personas cargaban en sus hombros a una de las diosas, dos músicos marcaban el ritmo con un tambor y una dulzaina. Y los bramanes (sacerdotes) echaban agua, flores, e iluminaban con velas los diferentes dioses en el templo, seguidos por decenas de peregrinos que habían llegado hasta allí.



Por si fuera poco luego nos dieron de comer a todos, sentados en el suelo, en una hoja de palma arroz con curries de verduras. Gratis.
De regreso a la ciudad, fuimos por otro camino con atractivo adicional: atravesamos de una isla a otra en trasbordador (gratuito). Pasamos por arrozales, marismas, pueblitos decadentes… y al atardecer me di un chapuzón en las calientes aguas del Índico, en una de las pocas playas de la zona.
Jaffna nos sorprendió en las tinieblas. Un nuevo apagón generalizado hizo que conducir hasta el hotel fuera un acto tenso y complicado, un remate discordante a lo que había sido un día plácido y uno de los más especiales hasta la fecha.
Hospitalidad ¿desinteresada?
21 de febrero
Nuestra salida de Jaffna fue… agridulce. Y es que la invitación a dormir en casa de Kasun tuvo un final insospechado y poco agradable.
Le conocimos a mediodía, tras visitar un templo. Se acercó a nosotros hablando en buen inglés: vivía en el Reino Unido desde hacía 35 años. Quiso saber todo de nuestro viaje en tuktuk y, como su casa estaba de camino a Point Pedro, nuestro destino, le ofrecimos llevarle.
Primero paramos donde los tíos. Cariñosos, también residentes en UK y ahora allí de vacaciones, nos repitieron las mismas preguntas mientras tomábamos un té con leche.

De camino, nos pidió comprar pan para la cena, a la que ya nos había invitado y que iba a cocinar su madre.
Al llegar a su casa, nos invitó también a dormir y, como era tarde, aceptamos.
Anochecía pero salimos a conocer su pueblo. De regreso a casa, paramos a comprar la cena, pues resulta que la madre no estaba para cocinar. Y la invitación cayó en el olvido: nos hizo pagarla a nosotros. Apenas 6 euros, pero eso me mosqueó: todo lo que nos contaba de su exitosa vida en Londres contrastaba con lo que iba sucediendo poco a poco: de invitados pasamos a invitadores.

Cenamos en el patio de la casa y estuvimos de sobremesa hablando de política internacional, de salarios, de lo poco que sabían de España… pero yo estaba mosqueado.
La gota que colmó el vaso fue cuando al irnos a dormir nos dijo que si podíamos darle a la madre 5 euros para comprarse un traje bonito para irse con ellos de vuelta a Londres, como agradecimiento por su hospitalidad y para hacerla feliz…
Por ahí no pasamos (tras constatar por WhatsApp con dos amigos conocedores de las costumbres que aquel tipo era, en realidad, un jeta).


A la mañana siguiente todavía se autoinvitaba a venir a Madrid a vernos y me pedía que hiciera una carta de invitación para su madre, ya que ella no tiene la nacionalidad británica y así podría acompañarles…
Partimos pronto esa mañana, desencantados con la experiencia, por lo extraña, lo poco genuina y con la sensación de intentar sacarnos dinero con cualquier excusa… algo sorprendente teniendo en cuenta que Kasun vivía en Londres… aunque a estas alturas ya no tengo claro ni eso.
Tal vez todo fue una farsa y nosotros los pardillos que nos creímos el show.
El shock de Sigiriya
23 de febrero
Llegar a Sigiriya fue un auténtico shock. De repente, empezamos a ver autobuses de turistas, grupos por todos lados y ese ambiente uniforme e impersonal de los sitios turísticos… Era la primera vez desde nuestra llegada a Sri Lanka y nos pilló de sorpresa.
Por suerte la transición desde Jaffna fue lenta y placentera y tardamos dos días en llegar a Sigiriya, en el corazón del país, desde Point Pedro, el punto más al norte de la isla.

En el camino paramos en pequeños pueblos de pescadores, donde secaban las capturas en playas infinitas llenas de plásticos en la arena. Continuamos con nuestro servicio de tuktukstop, llevando entre varias personas a una viejita comerciante que nos llenó los bolsillos de galletas picantes.
También paramos en una fábrica de toddy, un licor refrescante hecho a base de jugo del fruto de la palmera, que vendían por jarras de plástico de medio litro, en un antro de carretera y que a pesar de que me gustó me produjo una diarrea casi instantánea. Nadie me había advertido de los beneficios depurativos de esta bebida, jajaja.

Hicimos noche en Vavuniya, una ciudad cualquiera en mitad de la nada. Como si un turista acaba recalando en… Ponferrada, por decir una. Allí batimos nuestro récord de alojamientos baratos durmiendo por 7 euros la habitación, cenamos en el restaurante pijo de la ciudad por 10,11 euros y a la mañana siguiente continuamos ruta.
Seguramente este fue uno de los días más bonitos. Decidimos ir por carreteras secundarias (o terciarias) que rodeaban enormes embalses llenos de flores de loto y nenúfares, en ocasiones por caminos de tierra solitarios rodeados de vegetación.

Más tarde llegaron los arrozales y en ellos pequeñas casas en los árboles que nos desconcertaron al principio. ¿Vive gente ahí? Tomando un té con leche hiper azucarado nos confirmaron que allí pasan la noche los agricultores y así aprovechan las horas de mayor frescor en el campo y a mediodía vuelven a sus casas.
Llegamos a Sigiriya de noche, impactados por la cantidad de restaurantes, hoteles, oficinas de actividades, masajes, cursos de cocina, alquiler de bicis y motos, lavanderías, cafeterías occidentales y toda la parafernalia habitual que se congrega en los lugares turísticos.
No estábamos preparados para algo así.
Amor y odio por los lugares turísticos
.26 de febrero
No tengo nada en contra de los sitios turísticos. Yo soy turista y al final yo contribuyo en ocasiones a su creación.
De hecho, la mayoría de los lugares turísticos lo son por un motivo, normalmente razonable y entendible.
Lo que en cambio me cuesta digerir son aquellos lugares hechos solo para el turista, creados de la nada. Impersonales, asépticos, falsos: los guetos turísticos. Como el que se ha formado en torno a uno de los lugares más icónicos del país.

Sigiriya, una enorme roca que surge contundente en mitad del bosque, era tan llamativa que un rey instaló en lo alto un palacio en el siglo v.
Y dicha roca, en mitad de la nada, se ha convertido en uno de los imprescindibles de Sri Lanka. Lo dicen los que saben. «Si vas a Sri Lanka no dejes de ir». Y así, en pocos años ha brotado un pueblo ficticio al que acuden centenares o miles de personas a dormir, comer, cenar… entre visita y visita.

Nosotros no subimos a la roca (Lion’s Rock). Costaba 30 dólares. Es cierto que en la ascensión hay unos frescos históricos y arriba unas ruinas. Pero leyendo opiniones de la gente, en lo que más se destacaban eran las vistas desde lo alto, nos pareció un precio exagerado. Por mucho que forme parte del patrimonio de la Unesco.
Subimos en cambio a otra roca, enfrente: Pidurangala, al atardecer. Por 3 euros. Y la experiencia, bueno, no fue muy placentera: creo que hubo incluso más tumultos que en Lion’s Rock (ya que la roca no está preparada para que suba y baje tanta gente). Eso sí, las vistas arriba eran realmente bellas.

¿Hicimos bien no subiendo? ¿Qué son 30 dólares en un viaje, sabiendo que tal vez nunca más vuelvas allí?
Muchas veces viajando, me surgen dudas de si hay que pagar cualquier precio por ver lugares como estos, icónicos o con apellidos como Unesco. También de dónde está el límite, de qué es correcto o no. De si cometo un error por no visitarlo, siendo un «imprescindible»…

Supongo que al final no hay una respuesta correcta, sino que dependerá de qué cosas valoramos, de cuáles son nuestras prioridades, intereses, etc…
Pero ¿qué piensas tú?


























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