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Mi viaje en bicicleta por Islandia – Tercera semana en ruta

por | Jun 29, 2023 | Islandia, Nuestros viajes | 0 Comentarios

Ruta por: Lago Jokulsarlon, Hofn, Hoffellsjokull, Vatnajokull hasta Djupivogur

29 de junio

Los nubarrones en mi cabeza se van despejando. 

Sobre todo porque el dolor de la rodilla ha remitido casi por completo y porque a lo largo del día voy concretando un plan A y un B. 

El plan A es que mañana seguiré, si se confirma que no me duele la rodilla. Llegaré hasta el lago Jokulsarlon (60 km llanos). Allí tomaré el bus diario hasta Hofn, donde dormiré en un hostal (después de tanto día en camping, el cuerpo me pide 4 paredes). 

Si la rodilla ha ido bien, sigo. 

Si la rodilla se resiente, activo el Plan B: en Hofn me cojo un bus a Reikiavik, dejo la bici en un camping y me compro o consigo una mochila donde meter todo y seguir visitando el país haciendo dedo desde Hofn (para lo cual cogería el mismo bus, al día siguiente). 

¿Planazos ambos? La verdad es que sí. 

Me animo pensando que ambos me molarían, que me apetecerían los dos. Que cambiar el plan original, sobre todo si tienes una alternativa apetecible, no se hace cuesta arriba. 

Dejo atrás la pesadumbre de los pasados días. 

Salgo a pasear en llano. Me apunto a una de las visitas gratuitas a las antiguas casas de ganaderos de la zona, en la que además estoy solo. También vemos la antigua central eléctrica, y varias cascadas, claro. 

La hago con un guarda del parque bien simpático, Styrmir Einarsson, quien me cuenta cómo el turismo está aportando mucho a este país, pero también poniendo muchos retos a la preservación del entorno. 

Me voy a dormir tranquilo, ilusionado pensando en que parece que lo peor ha pasado y que mañana, con suerte, ni me duele la rodilla, ni llueve, ni hace viento… o bueno, con que no me duela la rodilla ya me conformo.

30 de junio

Menudo día… 

Uno de los más completos de toda la ruta. 

Me despierto a las 5 am, quiero intentar llegar al lago Jokulsarlon y la Playa de los diamantes antes de las 14h, dicen que va a llover toda la tarde. Y si llego allí seco, sería una maravilla: sea lo que sea la idea es coger un bus desde allí por los siguientes 70 kilómetros hasta Hofn. 

Total, a esa hora, a las 5, hay muchísima luz. Pero no hay coches, así que las 3 primeras horas de pedaleo estoy de subidón: paisajes increíbles, con glaciares de fondo, ni un ruido, todo para mí solo. 

Pero al girar hacia el norte… me encuentro el viento de cara. Pero da igual, el paisaje con acantilados es brutal. Gargantas profundas. Granjas ganaderas. Hotelitos aislados… 

Pero… a falta de 20 kilómetros aparece ¡la niebla! De esto todavía no había tenido… a este paso un día me nieva, jajaja. 

Y al rato empieza una llovizna que empaña mis gafas, total, que cuando llego al lago estoy mojado (por fuera), cansado y feliz de que la rodilla haya aguantado. 

El tour por la laguna glaciar en barco anfibio que organizaba IslandTours.es queda desmerecido por la lluvia, que le da por caer fuerte justo cuando es mi hora. Aunque la niebla le da un toque onírico muy evocador, hay que verle el lado positivo. 

Al acabar (empapado) me encuentro a mis colegas italianos, Bartolomeo y Simone, y nos dedicamos a secarnos en la cafetería (un chamizo con buena calefacción) hasta que podemos ir a la playa de los diamantes. 

Es bonito ver como los icebergs que se van rompiendo acaban en la arena negruzca de la playa, pero la lluvia regresa y no para hasta que a las 8, tras 4 horas de espera, viene el bus que nos lleva, sanos y secos hasta Hofn, donde el hostal esperaba. 

Menudo día más completo. Islandia 100%. Y lo mejor, la rodilla bien. ¡Que siga así!

1 de julio

Y de repente, salió el sol… 

Así que al día de tranquilidad en la apacible localidad de Hofn, le añadí una tarde de pedaleo hasta uno de los glaciares más imponentes que he visto (lo vi ayer desde la ventana del bus, y fue como un flechazo). Ocasiones así no hay que perderlas, aunque no estuvieran en el plan… 

Pasé la mañana paseando por el pueblo de Hofn, agradable, pero sin más. Algunas casas antiguas de madera, un par de gasolineras, un buen supermercado y varios restaurantes, (en donde comí un bacalao rebozado delicioso, a sólo 20€). Y un puertecito pesquero y campo de golf junto al mar. 

Pero el día soleado pedía ser aprovechado así que a las 5 me puse en marcha hacia el glaciar Hoffellsjokull. Sería mi último glaciar en Islandia, pues estoy yendo hacia los fiordos, dejando atrás las nieves perpetuas. 

La zona es fértil, con muchas extensiones de hierba verde y jugosa para el forraje de los animales. Granjas, un pequeño aeropuerto y algunos hotelitos de pocas habitaciones salpicaban el paisaje, de coloridas montañas tras ellas. 

Tras una decena de kilómetros de asfalto y varios de traqueteo por una pista, llegué a estar frente al glaciar. 

Además de su tamaño, de su inmensidad, contemplar su enorme lengua glaciar, su laguna, los casquetes flotando en ella, al atardecer, fue sobrecogedor. Y allí estuve una hora contemplando el espectáculo. 

Y solo. Sin nadie aparte de pajarillos que revoloteaban inquietos por mi presencia… 

Estar en sitios así sin masas, para mí es el lujo, el lujo total. 

¿Para vosotros, qué es el lujo?

2 de julio

Y de nuevo, noticias regulares: hay alerta por viento en la zona a la que me dirijo, los fiordos del este, para mañana y pasado. 

Vientos muy fuertes, de 20 m/s (70 km/h), ante los que es imposible pedalear (casi ni caminar) que me obligan a hacer hoy una etapa larga, de 102 kilómetros. 

Porque la opción de hacer una más corta, no es opción : me quedaría en mitad de nada, dos días (al menos) esperando a que pase el viento… 

Mejor llegar al siguiente cámping en el que poder refugiarse, con cocina, cuarto de estar… y en un pueblo con un supermercado y un par de restaurantes. 

Y eso son 102 kilómetros, algo factible, ya que no hay mucho desnivel ni viento. 

Con eso en mente salgo, a rodar por la costa, oliendo a alga y salitre, un olor reconfortante. 

El día es brumoso, gris nuevamente, lo que me impide disfrutar de las montañas que me rodean, según el mapa. 

Dejo atrás el gran glaciar de Vatnajokull, del que me pude despedir ayer. Hoy solo veo sus productos: ríos caudalosos y grisáceos y cascadas cada pocos metros. 

Paso por playas de piedras negras, salvajes, inhóspitas. Ovejas con sus corderos, caballos que pastan tranquilos y pájaros que vienen a volar sobre mi me acompañan en el camino. 

Y poco a poco la carretera empieza a serpentear debajo de terraplenes coloridos, cargados de minerales. 

Avanzo disfrutando. 40, 60, 70 kilómetros… de disfrute y escaso tráfico. Y cuando me resguardo para tomar un tentempié, y contemplar una laguna llena de pájaros, noto algo importante : al levantarme el viento viene de cara, del noroeste, no como antes que venía del este… 

Lo que temía que vendría mañana, ese viento tan potente, parece que se está adelantando. 

Y eso no mola nada. 

Porque los últimos 30 kilómetros se convierten en un nuevo reto físico. Por suerte no llueve, pero cuando la carretera me lleva hacia el interior, con viento en contra, no puedo apenas pedalear. 

Me tengo que bajar a empujar, aunque la carretera sea llana por completo. 

Lo bueno es que cuando el entrante de mar finaliza y la carretera vira hacia el mar, el viento viene de cola y me empuja. 

Me intento animar: solo me quedan 2 bahías, cada una con un entrante de 6 kilómetros (contra el viento) y un saliente de 8 kilómetros.

Pero el viento empieza a soplar tanto que se me ocurre parar un coche para pedirle que me lleve todas las alforjas (menos la de ropa de lluvia y comida, por si acaso) al camping de destino. Así no voy con tanta carga… 

Con eso los kilómetros finales se hacen más llevaderos, viendo como los borreguillos se forman en la bahía y disfrutando siendo empujado (incluso cuesta arriba) en los 8 kilómetros finales. 

Cuando llego, 10 horas después de salir, estoy feliz aunque cansado. Tenía que llegar, y lo logré. 

He llegado casi a tiempo a «casa». El lugar donde parece que voy a pasar las próximas 48 horas…

3 de julio

De Islandia he aprendido que hay que escucharla. Que tiene mucho genio y que cuando te dice que pares, paras. Y ya. 

Así que con buen ánimo, asumí que las próximas 24, sino 48 horas, iba a estar encerrado en el camping. Más bien, en el comedor, al igual que los 6 otros ciclistas que nos refugiamos allí. 

El viento había soplado tan fuerte por la noche (20m/s, o sea, 60 km/h) que temí por mi tienda. Pero aguantó la noche y el día, porque el viento no dio respiro en ningún momento. 

Así que la mañana la pasé tranquilamente buscando (y comprando) unos vuelos para ir a Pakistán : el día antes me dieron el visado, y para allí me iré en agosto y septiembre. 

Tras comer de lujo (curry verde de guisantes y zanahoria con puré de patata hecho con leche de coco) me fui con Bartolomeo y Simona a la piscina cubierta. 

Costaba caminar de la fuerza con la que soplaba el viento, pero en unos minutos y tras pagar 7 euros, estaba en un jacuzzi a 40 grados la mar de feliz. 

Yo, y un montón de islandeses, ya que al ser domingo aquel era, sin duda, el mejor plan. Supongo que en invierno deben de pasar el día enterito ahí. A falta de bares, buena es la piscina.

Además de ese jacuzzi, había otro a 38 grados y uno a 8 (ocho) para los valientes que quisieran darse un shock térmico sensacional. Ahí que me fui yo, y casi me da un síncope, claro. 

En el centro hay una piscina de 20 metros, con un par de carriles para nadar, y el resto libre para que los niños jueguen con pelotas de goma y otros utensilios inflables. 

Y en eso se fue la tarde. Como el viento no bajó ni un ápice tocaba refugiarse de nuevo en la cocina, a leer un poco, compartir sufrimientos con los otros viajeros y mirar con envidia a todos los que llegaban con su furgo, casi ajenos a esta especie de huracán que soplaba.. 

Por la noche me puse los tapones para dormir. La noche anterior casi no pegué ojo, y fueron mano de santo, aunque me da pena no escuchar los sonidos de la noche. 

Y tú, ¿eres de escuchar los sonidos o de silencio sepulcral al dormir?

4 de julio

Segundo día de parón forzado. 

Pero después de lo aprendido e interiorizado en el primero (por los problemas de rodilla) no estoy impaciente ni de mala leche (como otros ciclistas que están conmigo). Lo veo como lo que toca hacer y espero paciente. Ha aceptado que las cosas son así en Islandia (y bueno, en todos lados). 

Pero aquí, en Djupivogur, el viento no paró de soplar hasta la tarde, con una fuerza que no recordaba. 

Aún así me atreví a salir e ir a comer fuera, para variar. En casi todos lados ofrecen la sopa del día, con pan y mantequilla, con alguna ensalada o acompañamiento. Es económico (15 a 20 euros) y en la cafetería que fui dejaban repetir, así que salí bien lleno hasta la noche de sopa de puerro y patata y ensalada variada. Ah, y café. 

Fui empujado por el viento hasta el puerto, a ver unas esculturas de huevos (de las principales especies que habitan la región, cada uno un poco diferente, interesante); a ver los barcos (zarandeado en sus amarres); al museo local, lleno de parafernalia digna de tienda de antigüedades; al cementerio y al atardecer, incluso por la costa. 

Porque a esas alturas (10pm) ya era evidente que lo peor había pasado. 

La previsión es buena para mañana, toca dormir bien que apunta un día bueno, por fin. 

A ver con qué me sorprende Islandia esta vez. 

Se admiten apuestas…

5 de julio

No sé si hoy ha sido el mejor día desde que estoy en Islandia o si lo he sentido así después de dos días de parón forzado. 

Quería sí o sí ver los fiordos del este, al menos los principales que recorre la N1, y decidí esperar y no coger un autobús para seguir el viaje sin sufrir el viento

(Nota: fiordos hay otros más aparte de los que recorre la N1, pero son sin salida, y hay que hay que bajar para luego subir por la misma carretera, con fuertes desniveles, así que esos, los veré cuando regrese en coche). 

La espera de dos días hasta que amainó el viento valió la pena. No sé si era la alegría de pedalear con sol, sin apenas viento. 

O que de repente vi un rebaño de renos (por primera vez en mi vida), al rato unas focas y un poco más adelante delfines en el mar. 

O que entrar y salir de esas enormes bahías (algunas de 20 km de profundidad) rodeado de picos de 1.000 metros, con nieve, colores intensos y disfrutar sin apenas tráfico me hizo sentir y recordar lo mucho que me gusta montar en bici (en esas condiciones). 

En los fiordos se veían piscifactorías, o pequeños pueblos pesqueros, pero sobre todo montañas, valles glaciares, cascadas para mí solo, playitas de piedras y arena negra, olor a salitre o hierba recién cortada para pastos del ganado. 

Y el silencio, tan sólo roto por algún coche ocasional y, desde luego, por charranes árticos y zarapitos trinadores revoloteando amenazantes encima de mi cabeza para echarme de sus zonas de cría… ¿no podían anidar más lejos y dejarme en paz? Aún no me han cagado encima, pero han estado cerca… 

Pero bueno, eso ha sido una constante en el viaje. Como los encuentros. Ayer conocí un indio amante de las bicis, que se acercó a saludarme y ofrecerme desayunar; a un viajero español que me reconoció desde su coche y paró a saludarme; y a una una pareja de holandeses que viajan en moto con sidecar. 

Por si fuera poco, para rematar el día, acampé solo en un bosque precioso a las afueras de un pueblo, con mesas para cenar y desayunar con vistas… 

Una manera increíble de cerrar una de las mejores etapas del viaje. 

¿Me respetará el tiempo mañana o Islandia no sabe regalarme dos días buenos seguidos?

Pablo Strubell

Editor de La editorial viajera, escritor y guía de viajes. Cuenta con dos grandes viajes a sus espaldas: Ruta de la Seda (8 meses, en 2005) y África de cabo a rabo (12 meses, en 2010-11). En sus pocos ratos libres escribe para este blog así como para Leer y viajar. Por si fuera poco, organiza las Jornadas de los grandes viajes. Y entre una cosa y otra, intenta viajar.

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