Esta tarde hemos estado en el teatro, en un espactáculo himba. Hemos tenido la oportunidad de admirar el trabajo de Queen Elisabeth como directora: las actrices, los tiempos, las entradas en escena… todo perfectamente orquestado por la «Reina», una himba que tiene como mayores virtudes una gran visión comercial del espectáculo, mucho desparpajo y el mejor español que hasta ahora hemos encontrado en Namibia.

Para quienes no lo sepan, los himba son una tribu originaria de África central que hoy en día habita el norte de Namibia y una minoría, la que no fue desplazada por la guerra, el sur de Angola. Es una tribu de las más espectaculares de África por sus peculiares atuendos, tocados y sobre todo porque no son negros, sino rojos: se cubren el cuerpo y el pelo con una mezcla de grasa de vaca y pigmento rojo, extraido a partir de piedra. Las mujeres, como es habitual, mantienen más las tradiciones y son las más llamativas: lo único con lo que cubren su cuerpo es con una falda de piel de cordero y abundantes collares que tapan el cuello y buena parte del pecho, pulseras de cuerno de vaca y tobilleras metálicas. En la cabeza, un tocado de piel de cordero sobre rastas recubiertas del emplaste rojo que solo deja libres las puntas del pelo. Muchos hombres van con camisetas de fútbol, aunque algunos mantienen el uso de las faldas tradicionales: una pieza de tela larga en la parte posterior y una más corta, que suele ser azul con un gran volante en la delantera, unidas por un cinturón. Y para que no se diga que no son unos machos, todos llevan una vara y un machete.

Nuestro principal motivo para venir a Opuwo eran ellos, los himba. Pero lo que nos ha sorprendido no ha sido tanto verlos, sino descubrir cómo en esta ciudad tan pequeña conviven gentes tan diferentes y tan llamativas, sobre todo las mujeres. Porque están las himba, con sus pieles rojas; las herero, con sus voluminosos y coloridos trajes de corte victoriano y sus sombreros que recuerdan a los tricornios de la Benemérita; las demba, que van prácticamente desnudas, solo cubiertas por una faldita y algunos collares de abalorios; y el resto, una multitud de etnias de vestimenta uniformemente occidentalizada, entre ellas los turistas deseosos de acudir al teatro.

Esta tarde hemos estado en el teatro, en un espactáculo himba. Había varias funciones, nosotros elegimos la de Queen Elisabeth: cuando se aproximó a nosotros a la puerta del supermercado nos dio confianza, sobre todo el hecho de que el espectáculo era en su aldea y quién mejor que ella para mostrárnoslo. Fuimos a la aldea por caminos polvorientos, en una furgoneta que consiguió que en apenas unos minutos tuviéramos las manos y pantalones llenos de la grasa rojiza. Llegando al poblado, las actrices supieron que tocaba entrar en escena. Llegaban los blanquitos, la función iba a empezar: primero nos enseñaron las construcciones típicas en las que dormían, de paja, palos y adobe (en realidad, caca de vaca con paja); luego, los niños posaron en fila, mientras la Reina nos enseñaba los diferentes peinados y significados (una trenza o dos hacia delante, niña; hacia atrás, niño); cuando acabó, una de las jóvenes empezó a moler maiz forzadamente; más tarde, otra preparó ante nosotros el ungüento dichoso que, por supuesto, nos untó a cada uno en un brazo; mientras, el resto de las mujeres y niñas, sentadas a la sombra, nos pedían que les sacáramos fotos, eso que tanto gustan de hacer los turistas; y nosotros, distraidos con los números principales, no reparamos en el despliegue de artesanía preparada para que compráramos algún recuerdito… Sin embargo, no queríamos gastar más, ya habíamos pagado nuestra entrada: un saco de 10 kilos de harina, varios kilos de azúcar y tres panes de molde. Eso además del salario de la Reina y el transporte, a precio de turista adinerado. Y al ver que no comprábamos, dieron la función por terminada.

Al contratar los servicios de Queen Elisabeth ya sabíamos que lo que nos esperaba era una representación y no la vida real de los himba. Sería iluso pretender que la presencia de dos blanquitos en su pueblo durante apenas un par de horas no alterase sus actividades. También lo sería creer que en ese par de horas nosotros podríamos conocer un poco de su día a día. Pero no pensábamos que las cosas fueran tan forzadas, que llegaran al extremo de que en la aldea se pusieran a actuar, mostrándonos lo que suponían que queríamos ver. Nos fuimos decepcionados, pero no tanto por lo que habíamos visto como por lo ilusos que habíamos sido, porque habíamos actuado como los peores de los turistas, pretendiendo conocer algo sin dedicarle un tiempo razonable, viendo tan solo su superficie. Eso sí, las fotos muy bonitas, que al final pudiera parecer que es lo que importa…

UnGranViaje es el retoño de Itziar Marcotegui y Pablo Strubell. Nació tras un viaje de un año por África, en el que tuvieron que enfrentarse a innumerables dificultades en la planificación, una vez en ruta y al regreso. Itziar y Pablo son autores varios libros más, de pódcast de viajes y de las Jornadas de los grandes viajes.

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4 Comentarios

  1. begotxu

    vaya caca, he escrito una cosita y no se ha subido. Seguro que esta gilipollez sí que la cuelga…

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  2. begotxu

    ves? no hay derecho!!!! Os decía antes de eso que la tribu de la que habláis ha salido en un programa de la tele en el que una familia se iba a vivir allí no sé con qué fin.
    Nada más, me he enfadao con el ordenador.
    besitos!

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  3. Francina

    es cierto, los himba están ya «televisados» y eso le cambia la vida a cualquiera, ánimo gachupines que por una desilusión luego vienen unos cuantos ratos sorprendentes… ¿Que para disfrutar las cosas buenas hay que pasar algunos malos ratos?, besitos ¡¡

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  4. begotxu

    cuuumpleaaaños feeeeliiiiiiz, cuuumpleaaaaños feeeeliiz, te deseeeeaaaamooos toooodoooooooos, CUUUMPLEAAAAÑOOOS FEEEEELIIIIIIIIIIIZ!!!

    BIEEEEEEEEEEEN!!!!!!!!!!!!!!!!!!!

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