Bienvenidos a sudAFRICA

por | May 13, 2010 | África de cabo a rabo, Sudáfrica, Viajar por África | 4 Comentarios

Pues sí, señoras y señores, aquí seguimos, con vida que no es poco. Estamos dando pocas señales de vida en estas primeras semanas, somos conscientes, pero es que este país es, en muchas cosas (o zonas) un país muy desarrollado pero en otras, es un tercermundista. Los costes de conexión a internet fuera de las ciudades (entre 2 y 6 euros la hora de conexión) así como los horarios de los cyber (cierran cuando se hace de noche, es decir, a las 17:30h) no nos lo están poniendo fácil para escribir todas las crónicas que nos gustaría. Excusas y motivos planteados, vamos al grano.

Nos habíamos quedado enganchados 4 días en Jeffreys Bay, una de las mecas del surf, sí, pero uno de los pueblos más feos de la poéticamente llamada Garden Route. La culpa, el estupendo hostal y sus hamacas, sus árboles con flores, las barbacoas nocturnas y sus simpáticos dueños. Pero decidimos ser valientes y continuar nuestro camino, emprendiendo camino hacia la llamada (no menos poéticamente) Wild Coast, una rugosa costa, de montañas y escarpados acantilados, de mar bravo y pueblos aislados.

Y fue en eso que, de repente, sentados en nuestro balanceante autobús de dos pisos, camino a Port St. Johns, entramos en África. Fue como pasar del primer mundo al tercero en unas horas. En cuestión de un par de horas pasamos de una costa llena de chalets de blancos ricos a transitar por enormes extensiones verdes, solitarias, salpicadas de pueblos constituidos por diminutas chozas con su cercado para el ganado y sus pequeños cultivos de maiz. Paisaje de ropa tendida a secar y de carreteras, salvo la principal, sin asfaltar. De gente andando en mitad de la nada, yendo y viniendo quién sabe dónde. De niños impecablemente uniformados saliendo de colegios y de letrinas en las afueras de las casas, bien alejaditas para mantener los olores a raya. Y de ciudades comerciales horrorosamente funcionales con tiendas improvisadas en contenedores, edificios algo destartalados y mucha gente, mucho trasiego, pero sin ningun encanto más que dejarlas atrás.

Poco a poco nos acercábamos a la Wild Coast, la costa brava, bajando de esa infinita meseta africana a la costa, bruscamente, a tumba abierta, como siempre conducen por aquí. La vegetación cambió radicalmente en menos de una hora. Entramos en el trópico, con su densidad vegetal, sus colores saturados, su intensidad cromática… Aparecieron plátanos, papayos, aguacates… En tan solo 100 kilometros, nos pareció cambiar de país ¡por segunda vez en el mismo día! Port St Johns tenia playa, pero tampoco fuimos allí por ella. Buscábamos salir de la turísticamente desarrollada Garden Route y ver más país. Y lo vimos: allí no había townships, esos focos de miseria, por la sencilla razón de que apenas hay blancos. Los cuidados jardines de aire holandés y el aroma a tortitas y café dieron paso a pobreza y olor a papa (una pasta de maíz que más que alimentar, rellena el estómago). La discriminación del Apartheit en esta zona, cuna de Nelson Mandela, se tradujo en la formación del estado de Transkei. La independencia duró unos breves años pero la escasa inversión, por falta de recursos, ha dejado una huella visible de pobreza. Durante un par de días paseamos por pequeños pueblos situados en acantilados. Caminamos por la reserva natural de Silaka, viendo cómo martines pescadores se lanzaban al agua y cómo las vacas descansaban junto al agua. Visitamos playas de mar abierto y de fuerte oleaje (aunque sea el Índico) sin más desarrollo turístico que un par de hostales de mochileros y un chinguito de playa, donde los locales se toman las cervezas. Todo un cambio.

Pero todo eso cambió subitamente, unos días después, en las escasas 5 horas de trayecto (kamikaze, por supuesto) en furgoneta hasta Durban. Serpenteando por colinas, entrantes costeros, remontando el camino hasta la meseta, de repente volvimos a encontrarnos con campos de golf, resorts exclusivos, tráfico en las carreteras, ciudades limpias y pulcras con sus townships en el extrarradio, residencias de veraneo… se notaba que volvía la presencia blanca: nos acercabamos a Durban, la gran capital costera del país, que tanto prometía y tan poco nos ofreció.

Sin duda, el error de principiantes que cometimos tuvo mucha culpa: pensamos que eligiendo un albergue en el centro de la ciudad, cerca del barrio indio, cerca de la playa, del par de monumentos interesantes, era lo más idóneo. No caímos en la cuenta de que, como en Cape Town, los ricos no viven en el centro. Ni la clase media. Así que nuestro albergue, situado en un segundo piso, resultó estar situado estratégicamente encima de Sonja’s, una casa de putas, en la que cada vez que pasábamos por la puerta, tres simpáticas chicas en biquini me saludaban contoneándose detrás de una reja. No tardamos en fijarnos que otros hoteles de la zona ofrecían habitaciones por horas. Y al caer la noche, una formación de mendigos estableció su campamento enfrente de nuestro hostal… Duramos dos noches allí. Un par de gestiones, de averiguaciones, y nos fuimos camino a las montañas, camino a Lesotho. Eso sí, después de probar el plato orgullo de la ciudad, el Bunny Chow: medio pan de molde, vaciado y relleno de curry de pollo… solo apto para gente voraz, pues si tardas en comértelo, es probable que acabe en tu regazo y chorreando hasta los codos…

Y de todas las formas de entrar al Reino de las Montañas (así llaman a Lesotho) lo quisimos hacer por la más complicada. Solo faltaría, ya nos conocemos… Decidimos intentarlo por la única que obliga a todos los coches que intenten subir el famoso (por aquí) mítico  puerto de Sani Pass sean 4×4, porque la pista, lo que se llama pista, pasa a ser un pedregal en toda regla a mitad de su recorrido. Aun con todo eso, lo que leíamos decía que era la ruta más impresionante de acceder al país y no quisimos perdérnoslo. Así que fuimos a coger carrerilla a las faldas de las montañas Drakensberg, al bucólico y solitario albergue de montaña Sani Lodge, donde aparte de comer bien, disfrutamos caminando por sus colinas vigiladas por imponentes montañas de casi tres mil metros. Unas montañas sin apenas picos, sin aristas afiladas, sino formadas por grandes desniveles rocosos sustentados por generosas bases de tierra cubierta de vegetación. Verde jugosa, pero empezando a amarillear. Aquí está entrando el otoño.

Un par de días fue lo que nos quedamos allí y el 4 de mayo decidimos que era el momento de intentar el ascenso. De las cuatro opciones -alquilar un 4×4, unirnos a un tour, intentarlo en el duro pero efectivo transporte público lesoteño o hacer autoestop a algún turista sudafricano- escogimos la más cómoda y barata: la última. 45 minutos después de sacar el dedo, lo conseguimos. El impresionante y duro ascenso lo haríamos pilotados por un gordo rubio acompañado por su «honey», una india simpática obsesionada con filmar todas las cascadas y saltos de agua con su cámara de vídeo. Como eran majos y él conducía con cuidado, no nos importó demasiado que mientras el coche andaba botando por las primeras rampas ya se hubiera pimplado dos cervezas de un tirón. Apenas eran las diez de la mañana. La tercera cayó antes de hacer cumbre. La cuarta y la quinta corrieron por nuestra cuenta, en el Sani Top, el pub más alto de Africa, en el Sani Pass, a 2.873 metros. Si llegaron abajo o se salieron por una curva, nunca lo sabremos. Allí nos quedamos, en lo alto del puerto, tras sellar nuestros pasaportes en la segunda frontera de nuestro viaje, con un viento gélido, esperando que algún alma caritativa o algún transporte público nos llevara hacia el interior el país.

Pablo Strubell

Editor de La editorial viajera, escritor y guía de viajes. Cuenta con dos grandes viajes a sus espaldas: Ruta de la Seda (8 meses, en 2005) y África de cabo a rabo (12 meses, en 2010-11). En sus pocos ratos libres escribe para este blog así como para Leer y viajar. Por si fuera poco, organiza las Jornadas de los grandes viajes. Y entre una cosa y otra, intenta viajar.

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4 Comentarios

  1. François

    Aaaargh! No puede acabar así! Queremos la continuación ya!

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  2. ANGEL de Benicassim

    Impresionante, me lo estaba imaginando…. mi mujer ya estaba preocupada por vosotros. Decía : «ay, ay ay ….. que tendremos que organizar una expedicion a Africa….».
    Suerte y que siga siendo tan espectacular

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  3. Lucia

    Holaaaa!! Les escribo porque estoy planeando un viaje a Sudáfrica pero claro, sin tour armado! Bueno, mi pregunta es puntual… si uno no maneja y por ende no puede alquilar coche, se pierde muchas cosas?? O de todas maneras el plan en omnibus o pequeños tours por el día que te lleven a los parques pueden hacerse??? GRACIAS!!!!!!!!

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