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Mashad, la ciudad sagrada

por | Jun 7, 2005 | Irán, Nuestros viajes, Ruta de la seda | 0 Comentarios

¿Si vais a Roma no entráis a ver San Pedro? Pues yo, que para algo estaba en Irán, fui a los dos sitios más sagrados de los musulmanes en este país, la Mezquita del Imam, en la plaza central de Isfahan y al mausoleo de Imam Reza, en Mashad. Pero no fui como visitante, ¿para qué? Fui como participante, prácticamente, a ambos sagrados lugares.

Decidí ir el viernes, como sabéis el día de fiesta y rezo más importante de la semana para los musulmanes, a visitar la mezquita del Imam. Una mezquita grandiosa, sublime, con los más preciosos y detallistas azulejos nunca vistos, adornando cada una de las paredes, puertas o cúpulas de ella… La hora del rezo (llamado namaz) era a la una y cuarto, pero ya desde las 12 la gente iba poco a poco dirigiéndose al lugar. Llegaban en motos, bicicletas, andando… a decenas en un principio a centenas en los minutos previos al sermón. Un sermón hecho por el imam de la mezquita desde unas escaleras cercanas al mihrab (que indica dirección a La Meca) durante aproximadamente 45 minutos, y que la gente escuchaba con diferente grado de atención, sentados sobre alfombras en toda la superficie de la mezquita. Unos leían el periódico, otros echaban una cabezadita, aunque los más escuchaban atentamente el sermón, del que desgraciadamente no puedo transcribir aquí palabra alguna.

Una cortina dividía en dos el patio, dejando a las mujeres fuera de la vista de los hombres y ocupando mucho menor espacio, solo un 20% de la superficie del recinto. Afortunadamente para los feligreses, el patio estaba cubierto de lonas que tapaban el sol, pero que no evitaban que el calor fuese asfixiante. Yo, desde un arco lateral en el fondo del patio, observaba todo, mientras la gente seguía entrando, a su ritmo, a cualquier hora, mientras el sermón seguía y seguía. A las 13:15 en punto, el sermón se dio por concluido y el muhacin empezó el ezan o llamada al rezo. Realmente bello, fue correspondido por un alzamiento general, preparándose la gente para el rezo. Aquellos con un poco deprisa empezaron a su ritmo a realizar el rezo, mientras el resto esperaba el fin del ezan para, con el imam, realizar su rezo más importante de la semana. Tras dos o tres minutos el imam tomó el micrófono e inició su rezo al que la gente en algunos momentos repetía en voz alta algunos fragmentos, y seguían ceremoniosamente el orden establecido de flexiones, arrodillamientos y levantamientos que dicta la religión. Yo, por si acaso, cuando se levantaban lo hacía, y cuando se arrodillaban yo simplemente me sentaba, pero poco más, aparte de observar, silenciosa y furtivamente lo que allí acontecía.

Era la primera vez (ahora lo he pensado, a posteriori) que asistía dentro de una mezquita durante el rezo del viernes, y ni más ni menos lo hice en Irán, en la Mezquita del Imam… y repetiré, ya que observar la devoción, la fe, el interés que muestra la gente siempre resulta interesante. Si todo fuese igual…

Claro que esta experiencia, palideció un poco tras la segunda, la visita a la tumba del Imam Reza, el discípulo de Mahoma, y que los musulmanes Chiitas (mayoría en Irán) adoran con devoción… está enterrado en Mashad, en el centro de esta ciudad al noreste del país, y que vive por y para el Imam, allí enterrado. Durante años, especialmente durante desde la revolución del 79, ha sido promovido como centro de fe y devoción, y se ha convertido en una especie de La Meca para los chiitas, que acuden en masa desde todos los lugares del mundo.

El mausoleo en si es uno de los edificios más bellos que yo haya visto, no sin dejar de ser un poco hortera, ya que el interior, como todas las tumbas de religiosos en Irán, está cubierta por entero de cristales, las columnas, el techo, las paredes, llenos de miles de pequeños espejitos que reflejan la luz de clásicos candelabros. Es un complejo enorme, brutal, que está creciendo en torno a la tumba en si, ahora hay una gran mezquita, museos, oficinas de los clérigos, varios enormes patios para los rezos… y sigue creciendo. Es una fuente de dinero para la ciudad y para el país, así que la promoción religiosa del lugar es verdaderamente asombrosa. Miles de tiendas con objetos religiosos rodean el lugar, tiendas de fotos donde retocan digitalmente la fotografía para hacer entrar a uno en la mezquita o en el mausoleo si se prefiere (están prohibidas las fotos dentro…)

También el lugar está restringido a los musulmanes, y como tal se supone que yo no podía pasar, pero bueno, estar allí y no entrar no estaba en mis planes. Creo que no debe haber discriminación alguna de personas por su origen, sexo, cultura o religión, y como tal, mostrando todo el respeto por los creyentes, decidí entrar. Cosa que no resulto complicada, porque iba bien vestido, limpio, afeitado y sin mochila ni guía de viajes (es decir, no parecía turista…) Seguí a la masa (aquí por cientos entrábamos) mientras nos cacheaban a todos, para evitar nuevas bombas como las de hace unos años. Se entra entonces a un patio enorme y bello, que rodea a todo el compleja, en el que la gente pasea, duerme, charla y al cual los no musulmanes podemos pasar. Donde no podemos es entrar donde yo me dirigía directo, tras los fieles, al recinto de la tumba, en el centro. Tras pasar unas puertas doradas, que todo el mundo tocaba o besaba, entrábamos en el mundo de la fe, de la religión, de la devoción absoluta. Miles de personas (bueno, tal vez cientos) se encontraban allí rezando, leyendo, descansando cerca del Imam Reza. El ambiente era realmente impactante. Mullahs mezclados con agricultores, ricos con profesores… todos para venerar al Imam, que al fondo ya podía ver, en una jaula de plata, de 3 metros de alto por 5 de ancho… caminando poco a poco por la alfombra, a tumultos, había que tener cuidado de no pisar a los feligreses, que, en cualquier rincón o momento, se arrodillaban para mostrar su veneración y rezarle. Varios guardias de seguridad islámica con plumeros (?) dirigían a la gente, para que no hubiese demasiados empellones o problemas. La hora del rezo se acercaba, así que mucha gente estaba entrando en esos momentos… Según me acercaba al sepulcro se empezaban a ver los cristales en las paredes, con esa luz tan especial, y la gente cada vez más afectada por estar allí. Es el lugar más sagrado para muchos y las lágrimas que vi en algunos eran de la emoción producida, no por los apretujones necesarios para intentar llegar a tocar el sepulcro. Cosa que hice. Aunque costase unos sudores… pero yo no eché fajos de billetes por las ranuras, ni bese los barrotes labrados en plata, ni me subí en los hombros de la gente para aferrarme al sepulcro y desde lo alto poder rezarle al Imam o pedirle milagros…

Pero fue una experiencia realmente impresionante, brutal, ver cómo la gente ama, mira, reza con tal devoción ante la tumba de este señor, el descendiente de Mahoma. Algo tan parecido a lo que vemos cada semana santa en nuestro país, a las lágrimas de devoción, a los empellones por cargar con las vírgenes y santos en las procesiones, por los rezos y agradecimientos por los milagros… Cuando pienso que eso solo lo he visto por la televisión, pienso que no voy a dejar pasar más semanas santas sin bajar al sur, a ver las procesiones, a ver la pasión de la gente en acción.

Ojalá fuera la misma la que se mostrase por otras cosas…

(Escrito el 7 de junio de 2005)

Pablo Strubell

Editor de La editorial viajera, escritor y guía de viajes. Cuenta con dos grandes viajes a sus espaldas: Ruta de la Seda (8 meses, en 2005) y África de cabo a rabo (12 meses, en 2010-11). En sus pocos ratos libres escribe para este blog así como para Leer y viajar. Por si fuera poco, organiza las Jornadas de los grandes viajes. Y entre una cosa y otra, intenta viajar.

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