Kandy, la ciudad más espiritual y cultural
28 de febrero
Llegar a Kandy fue muy especial. Me alegró el ánimo y más contento estuve cuanto más tiempo pasábamos allí.
Ya el día había empezado bien: en el camino habíamos parado en las cuevas budistas de Dambulla, una de las joyas de este país. Cinco cuevas con esculturas y, sobre todo, pinturas en paredes y techos, de siglos de antigüedad. Aquello para mí sí fue emocionante de descubrir, a pesar de los tumultos. Eso sí valía un dinero que, por suerte, no cobraron (solo costaban 6,5 euros, para los extranjeros).

Por si fuera poco, según nos acercamos a Kandy, el corazón del país, la ciudad cultural, por fín aparecían las montañas, las carreteras sinuosas, los bosques húmedos y el calor se iba matizando. Apenas eran 500 metros de altitud, y tal vez era psicológico, pero el agobio de días anteriores estaba desapareciendo.
Llegar allí también significaba entrar a la tercera capital del reino antes de la llegada y toma de control de los ingleses. Una ciudad importante, con historia y cultura.

Una ciudad vibrante, distribuida entre colinas alrededor de un lago y el templo que guarda un diente de Budha. Un lugar de peregrinaje para budistas, un lugar de devoción y riqueza: allí estaba también el antiguo palacio real, templos hinduistas, musulmanes, cristianos… un reflejo de la cultura y realidad de este país.
Acompañamos a los devotos en su rezo de mediodía, mientras llevaban ofrendas florales (que también nos dieron a nosotros) para depositarlas en la mesa frente a la reliquia. Se sentía la emoción de la gente, mientras un empleado metía prisa a los devotos para que no atascasen la puerta que se abría unos minutos para permitir ver la urna donde está el diente.

Nos alojamos en lo alto de una colina. El tuktuk casi no subía de la pendiente. Fuimos al cine a ver Rani, una pelicula srilankesa subtitulada en inglés sobre el asesinato de un periodista en los inicios de la guerra civil, en un cine de calidad europea a 4,5 euros (caro en comparación con los precios habituales de este país). Fuimos a un concierto de danzas tradicionales, se me hizo corto. Compramos té pekoe a precios de saldo. Comimos indio, bebimos zumos de maracuyá o carambola, probamos cuajada de búfala (con una capa de nata brutal). Caminamos por el lago, visitamos el impresionante Jardín Botánico creado por los ingleses…
Dos días supieron a poco. Cuando le empezaba a pillar el pulso y gusto a la ciudad, decidimos seguir. Teníamos buenos planes: nos esperaban las montañas de verdad, las plantaciones de té, caminatas, cascadas… a ver si el tuktuk aguantaba todo ello.

Subimos a las tierras altas
2 de marzo
Ahora tocaba lo más difícil: subir hasta los 2.000 metros con el tuktuk, por carreteras serpenteantes y empinadas, para llegar a Nuwara Eliya, la principal ciudad de las montañas, el reino de las plantaciones de té.
En la zona nos aguardaban dos días de senderismo, y en la mochila el jersey y los calcetines, que traíamos inútilmente en la mochila para este momento: llegábamos al «frío».

Salimos tarde: la batería estaba vacía. Un vecino de la pensión nos hizo un puente con dos cables y arrancamos, con la incertidumbre de si no estaba cargando bien, de si nos dejaría tirados en ruta…
Aún así, decidimos parar a los pocos kilómetros en el Jardín Botánico. Caro pero espectacular, con árboles y flores sensacionales. Entre pitos y flautas pasamos casi tres horas…

Aparte de salir tarde, cometimos otro error: ir por secundarias, que en la zona de montaña resultaron estar en bastante mal estado. Subir fue tedioso y bonito a partes iguales, en especial los bosques y cascadas que fuimos encontrando en el camino.
Nuwara Eliya se mostró como una ciudad sin gracia, sin planificación urbanística, hasta fea diría yo, a pesar de sus bosques y de sus casas coloniales. Y del frío.

Por la mañana debía hacer 10 grados. La gente iba con gorros, abrigos, orejeras algunas. Yo feliz de la vida con una chaqueta. Aparecieron en los mercados frutas y verduras de “frío”, como fresas, repollos o lechugas.
Apenas pasamos una noche allí y pusimos rumbo a uno de los pueblos de la zona, a 70 kilómetros. Fuimos en paralelo al famoso tren de las montañas hasta llegar a Bogawantalawa, un pueblecito entre plantaciones de té.

De repente todo el mundo nos miraba con sorpresa, con ilusión y muchos nos saludaban con curiosidad. Nos dimos cuenta de que por allí no pasaban muchos guiris, lo que le daba otro cariz aún más interesante a la caminata que empezaríamos mañana.
Senderismo por el Pekoe Trail
3 de marzo
Tras casi tres semanas en tuktuk tenía ganas de caminar, de sentir el terreno, de avanzar poco a poco, en silencio.
Las ciudades y los pueblos de este país no están hechos para recorrerlos a pie. El calor y la falta de aceras hace que nadie camine, salvo para trayectos muy cortos. Y mucho menos por la noche, cuando por lo menos refresca, pero apenas hay luz.

Y en esa dinámica acabamos entrando nosotros también. Con el paso de los días, me sentía atocinado: íbamos a todos lados con el tuktuk. Tenía los pies atrofiados.
Por eso en las tierras altas nos guardamos unos días para caminar por el Pekoe Trail, una ruta de 22 etapas que permite conocer a fondo la tierra del té. Nosotros empezaríamos en Bogawantawala y haríamos las etapas 8 y 7.

Para ayudarnos y contribuir, contratamos una guía, Abiya, a 25€/día (un salario bueno) y durante dos días estuvimos yendo de pueblito en pueblito, pasando por plantaciones de té, por fábricas y secaderos, por las aldeas donde viven los trabajadores… tamiles, nuevamente, como en el norte del país. Vinieron, como la planta preciada, de la India con los ingleses.
Así que en esta zona abundan los templos hinduistas (aunque también hay tamiles cristianos y musulmanes) y en mitad de las plantaciones nos encontramos pequeños altares, figuras y santos para dar fuerza y protección a los trabajadores en su día a día.

Las mujeres cosechan los brotes verdes de las plantas con una pequeña hoz, y los meten en sacos que cargan colgados en sus cabezas. Los hombres podan, limpian y cargan las sacas llenas.
Subimos. Bajamos. Visitamos un club privado de cricket, la pasión nacional. Fundado por los ingleses, aún conserva el sabor y decoración de antaño. Tomamos zumos de lima. Saludamos a un montón de gente, algo sorprendida de nuestra presencia en sus pueblitos.

Disfrutamos del silencio, de los pájaros, de mangostas que a veces cruzaban nuestro camino. Y aunque me había hecho ilusiones, a 1.300 metros de altitud el calor a mediodía seguía pegando duro. La solución: sacar el paraguas y confiar en las nubes y la brisa, que entraban por la tarde.
Al finalizar la segunda etapa, en Kotagala, nos despedimos de Abiya. Comimos un delicioso curry con nuestras manos, tomamos el bus al punto de inicio y continuamos nuestra ruta en tuktuk, descendiendo en picado rumbo a la costa. El punto más austral de la isla nos esperaba.


























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