🥳 ¡Arranca nuestro viaje en tuktuk por Sri Lanka!
¡Deseadnos suerte!
Desde Colombo hasta el norte, a Jaffna. Y luego rumbo sur atravesando todo el país…
A ver si el motocarro no peta y nosotros no nos cansamos de ir a 40 km/h de velocidad máxima 😅
Malentendidos
12 de febrero
“Tenéis que pagarme 3 euros más por la habitación” nos dijo al hacer el checkout el encargado del hotelito.
Tras la confusión inicial, en un inglés algo escaso por su parte, nos enteramos de que la tarifa en ese establecimiento tan poco turístico era por horas… o sea ¿habíamos dormido en un hotel de esos de parejas no casadas, por decirlo fino?

Así era: nos sacó un papel del cajón que decía que costaba 3 euros cada 6 horas. Y habíamos estado 14, así que tocaba apechugar, tras una negociación que bajó a la mitad la exigencia. En adelante nos tocará preguntar si la tarifa es por horas o con checkout a las 11 o 12, como los hoteles “normales” de turistas…
Salvo eso, el primer día no nos dio sorpresas y sí alegrías: por ejemplo, la de meternos por carreteras secundarias con poco tráfico, entre arrozales, campos de trigo y lagunas llenas de nenúfares.

Paramos a comer en un pueblo cualquiera. Más desarrollado de lo imaginado. Papelerías surtidas, bancos con cajeros, estación de autobuses organizada y gente maja que nos señaló el mejor restaurancito donde comer (con la mano) nuestro primer arroz con curry (picante del carajo, uno de cerdo y otro de pescado).
Apenas recorrimos 110 kilómetros. A 40 km/h de velocidad máxima, esos “pequeños” trayectos se convierten en medio día de conducción. La jornada acabó en uno de los templos recomendados por @gurumasala: el de Yapahuwa. Bonito por sus vistas, caro (2€) por su estado y valor arquitectónico.

Cerca quedaba el hotelito donde dormir. Con un templete en la recepción con ofrendas e imágenes de buda y un cristo compartiendo espacio.
“Tengo un tatuaje con ambos. Creo en los dos” me dijo sin pestañear el encargado. A mí esas cosas me dejan todo loco. También que nos cobren por horas, pero de eso nos enteraríamos solo 14 horas después… por ahora tocaba dormir pronto para intentar domar el jetlag.

Anuradhapura
13 de febrero
Llegar a media tarde a Anuradhapura fue lo mejor que nos pudo pasar.
El calorazo ya había caído (húmedo, pegajoso, suerte que hacía algo de viento) y era la hora en que centenares de peregrinos acudían a los dos lugares más sagrados de la zona. Y nosotros, que nos dejamos guiar por ellos.
Primero al árbol Jaya Sri Maha Bodi, un “hermano” del ficus bajo el cual Buda se iluminó en Nepal 2.300 años antes. La energía y espiritualidad que se palpaba era brutal. Rezos multitudinarios, ofrendas por doquier, y emoción en los presentes no te dejan impasible por agnóstico que seas.

Luego nos “arrastraron” a la dagoba (pagoda) Ruwanweli, blanca y reluciente, que contiene cenizas de Buda. Allí continuaron los rezos, cánticos, plegarias, inciensos… mientras daban vueltas al descomunal monumento con fervor e ilusión.
Por si fuera poco, coincidimos con varias procesiones, con música de tambores y dulzainas, todo el mundo vestido de blanco impoluto. Todo muy potente y sorprendente.
Pasamos varias horas allí, observando. Descansando del trayecto de 100 kilómetros de ese día.



Una jornada que empezó negociando en el hotel y que tuvo momentos muy bonitos: selfies con locales mientras esperábamos que pasara el tren en pasos a nivel de trenes, kilómetros de arrozales y colinas súbitas y rocosas… y coincidencias con un festival hinduista que nos topamos en el camino (de esos que muchas veces ves desde el autobús o furgoneta y te jode no poder parar…). Con el tuktuk pudimos hacerlo.
De allí salimos con una especie de arroz con leche y pasas que regalaban a los asistentes en una hoja de plátano (incluídos nosotros también, claro). Todo el mundo quería colarnos, que nos dieran a nosotros los primeros. Desgraciadamente pudimos hablar con muy pocos: casi nadie habla inglés, una sorpresa, aunque la hospitalidad no entiende de idiomas.
Perder la capacidad de sorpresa
15 de febrero
Viajar mucho por entornos similares hace que pierdas la capacidad de sorpresa. Es una pena, pero pasa. Al menos, a mí me pasa cada vez que vuelvo a Asia. Me encanta, pero cada vez me impresiona menos.
También pasa algo parecido cuando ves el primer templo, y luego un segundo, un tercero… Al cuarto, si no eres un experto o fanático, acaban resultando repetitivos.

Esto me pasó en Arunadhapura, la primera capital de Ceylan, hasta el siglo xi. Un “must” para los visitantes a esta isla.
En esta ciudad hay decenas de templos, dagobas (estupas), monasterios, estanques, residencias históricas…
Empiezas a visitarlas con ilusión por la mañana y acabas por la tarde pensando en que todas eran la misma.

Para evitarlo te fijas en los detalles: en algunos relieves que todavía quedan, en la espiritualidad de cada uno, en los peregrinos o el entorno, que en ocasiones engulle los edificios. Intentas poner en perspectiva cada monumento, valorarlo de manera independientemente, pero no es fácil sin pensar en que ya has visto varios muy parecidos.
Los tres museos dan un respiro. Allí se exponen piezas encontradas en excavaciones. También desplazarse de un templo a otro en tuktuk, porque la solanera y calorazo húmedo son demoledores.
Acabas por la tarde saciado de templos, pensando que tal vez con los dos que habíamos visto el día anterior, tan especiales y emotivos, era suficiente y que podríamos habernos saltado el resto.

Cuestionándote si esos templos y ruinas eran imprescindibles o si saltarlos hubiera sido un insulto a la historia, cultura y pasado de este maravilloso país. Y a mí mismo, por supuesto…
Qué difícil es tomar decisiones la primera vez en un país, pensando en que tal vez no haya segundas ocasiones… qué difícil saber renunciar o decidir visitar esos lugares “imprescindibles”.
Improvisando la ruta
17 de febrero
Decidimos cambiar la ruta ese mismo día. Es lo bueno de no tener ni una reserva y conducir tu propio vehículo: te permite improvisar todo el rato.
En vez de ir al norte, a Jaffna, por el interior, decidimos ir por la ruta larga, por la costa, pasando primero por la isla de Mannar, para así disfrutar de la costa y de su cultura. En este país es fácil olvidarse del mar, a pesar de ser una isla…

En el camino a Mannar nos bloqueó la ruta abruptamente un 4×4. Venía en son de paz, aunque al principio nos mosqueó. Era Muthalif, que los lunes y jueves es comerciante (de huevos de gallina). El resto de días hace tours para turistas en el parque natural de Wilpattu. Sólo quería saludar, y recomendarnos su hotel. Marketing directo singalés.
Los 123 kilómetros hasta Mannar se hicieron llevaderos, con paradas en la iglesia más importante de la región (Madhu), a ver las paradas de autobús, (algunas pintadas como obras de arte) o a comer en un chiringuito de carretera un roti de verduras (como una crep triangular con relleno). Apenas vimos poblaciones en todo el día, ni sitios para comer. Sí, en cambio, muchos campamentos militares: entrábamos en la que fue la zona más caliente durante su reciente guerra: la zona tamil, hinduista.

Llegamos a Mannar al atardecer. La población la verdad es que tenía poco que ver. Pero eso, en parte, era su gracia. Sus casas bajas, su ritmo pausado, un histórico baobab, un fuerte portugués y una oscuridad casi total: el día anterior un apagón generalizado afectó a todo el país. Hoy seguían con problemas. La isla quedó tenebrosa al anochecer.
La isla la recorrimos la mañana siguiente. Comprobamos su importancia logística en el herrumbroso embarcadero: de él partían cargueros a India (situada a apenas 20 kilómetros), hasta que empezó la guerra civil en 1985. Aunque esta acabó en 2009, el servicio no ha vuelto a operar.

Los 116 kilómetros hasta Jaffna los hicimos en cuatro horas. Parabamos cada rato en las marismas a ver flamencos, pelícanos, garzas y un montón de aves migratorias; paramos en puestecitos de dulces con colores artificiales y aperitivos picantes; paramos a llevar a gente en nuestro tuktuk, convertido en “tuktukstop”… paramos un montón de veces, lo bueno de ir con tu transporte.
Y sí, viajar en tuktuk mola (ya hablaremos de esto más adelante) pero cansa bastante, por el traqueteo, por la tensión de conducir en carreteras ajenas… así que llegamos a Jaffna, la segunda ciudad más grande del país, directos al hotel y a cenar un curry de cangrejo picante como pocos.
Reventados, estábamos a las 10 en la cama, pero felices. Habíamos llegado a la zona menos turística y visitada de la isla, por su conflictivo pasado reciente. ¿Qué nos deparará?


























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