Trekking a la Ciudad Perdida
23 de febrero
¿Cuánto valen las cosas? ¿Qué precio es razonable pagar por una actividad?
Durante los días que hemos estado en Santa Marta nos hemos debatido y dudado si hacer o no una de las actividades más famosas de Colombia: el trekking a la Teyuna, la Ciudad Perdida, en la Sierra Nevada de Santa Marta.
Una excursión de 4 días y 3 noches caminando hasta las ruinas de una antigua ciudad de la etnia tairona del s. VIII.
La @lonelyplanet_es la menciona como la segunda actividad más interesante a hacer en el país. Decenas de mochileros la hacen y al parecer todo el mundo vuelve encantado.
Pero hay algo que no nos cuadraba a nosotros: el precio.
En 2024 esa actividad cuesta 500 euros al cambio, 125 euros por día, en un grupo de 12-16 personas, durmiendo en hamacas, comiendo sencillo, etc. Servicios normales en una caminata en la jungla: el lujo no se puede pedir, es más, ni se le espera. No nos frenaba eso.
Sin embargo, pagar 125 euros al día, os admito que me duele. Puede ser una actividad muy especial pero… ¿a cualquier precio?
Trekkings que he hecho en expediciones potentes y remotas no llegaban a ese nivel de precios. Y menos en grupos tan grandes.

Me parece que Ciudad Perdida es como la gallina de los huevos de oro, que están explotando, viendo hasta dónde pueden exprimir al turista ávido de visitar lugares especiales. Y cada año el precio sube un 10-15%…
Sé que si vengo en el futuro será más caro aún, pero me parece un abuso ese dinero. O más bien, desproporcionado.
Al final, después de esos 3 días de hablar con varias agencias, decidimos no hacerlo.
Me da rabia no hacerlo por el dinero pero no estoy cómodo pagando ese importe.
¿Y tú qué harías? ¿Te parece un precio razonable?
¿Crees que tendría que haberla hecho para no quedarme con las dudas?
¿Crees que hay que pagar cualquier precio para hacer actividades especiales o que todo tiene un límite?
¿Dónde está el tuyo?
Minca
25 de febrero
Minca fue un soplo de aire fresco, que necesitaba más de lo que pensaba.
Sofocado por el calor húmedo de la costa, que me agriaba el carácter y el humor, escapamos a este pueblo de la montaña, a 600 metros de altitud.
No era tanta la diferencia en temperatura, es la verdad, pero para dormir no hacía falta el ventilador. Y podías usar el pantalón largo por la noche, para esquivar a los mosquitos, sin cocerte.

Los días pasaron plácidamente a remojo. En alguno de sus dos ríos, en sus cascadas, en las pozas que había escondidas en mitad de un bosque tropical frondoso.
Pasamos tres días allí viendo pájaros de colores estridentes, tomando buen café, caminando entre cultivos de cacao y café, comiendo arepas ricas y degustando, porqué no, la marihuana local, una joyita por cierto.
En nuestros paseos, una tarde llegamos a una solitaria escuelita rural. En su única clase, 7 alumnos, con edades de 6 a 12 años. «Es bien complicado de gestionar» nos dijo el único profesor, que está con ellos todo el día, teniendo que satisfacer las diferentes necesidades académicas.

Tampoco es fácil la logística de los pequeños asentamientos y casas, conectadas por senderos estrechos que caballos antes y mototaxis virtuosos ahora aciertan a subir.
Como Juan, que antes de taxista era militar. «Fueron años muy duros. Vi morir a muchos compañeros». Cansado de esa dura vida de lucha contra las guerrillas y los narcos y de estar a punto de perder una pierna por una mina antipersonal, hace años que se cambió a un trabajo tranquilo, pacífico.
Los días pasaron rápidos. Los disfruté una barbaridad. La conexión con la naturaleza y el frescor hicieron que recargara pilas para seguir conociendo el norte del Caribe colombiano.

Palomino
29 de febrero
Palomino es uno de esos lugares que atrapa a los mochileros (y con razón).
Y es que se trata de un pequeño y tranquilo pueblo de pescadores, de calles sin asfaltar, con una playa preciosa, y un ritmo pausado en el que sentirse de vacaciones. Por eso, desde hace un par de décadas se ha ido convirtiendo en uno de esos sitios en los que te acabas quedando más de lo que pensabas.
En sus calles polvorientas se mezclan las pequeñas casas de los residentes (con frondosos árboles en sus patios), con los hostales de mochileros. Las ferreterías y peluquerías comparten espacio con restaurantes con opciones vegetarianas en el menú. Y las tiendas locales de artesanía wayú conviven con artesanos venidos de medio mundo para ofrecer sus productos a la comunidad de backpackers felices aquí, alejados del calor y ruido de las ciudades.

Pero lo especial del lugar es cómo se ha amalgamado lo turístico con lo cotidiano.
Así Palomino es un sitio en el que comerte un falafel o una pizza, pero también conocer y charlar con Luis, que decidió abrir una lavandería por kilos y convertirse en emprendedor para el turismo. O con Don Ramón, un veterano pescador que por molestias en la columna no puede salir a faenar. Lo conocimos mientras tejía reparando las redes de pesca. «Antes, hace 30 años, sacábamos cada día un carro entero de pescado. Ahora apenas la mitad».

Él es de los que se alegran de que el turismo haya llegado a esta zona hasta hace no tanto, lejana y algo aislada. La sensación es que no es el único. Porque con este turismo que (¿aún?) no es de masas han llegado mejores infraestructuras y, sobre todo, centenares de puestos de trabajo en hotelitos, restaurantes, empresas de actividades…
Como la actividad estrella, que nunca me imaginé que llevaría a cabo: el tubbing, o sea, descender plácidamente un río sentado en un neumático de camión. Una relajante actividad de hora y media con la cual disfrutar de la naturaleza que envuelve al río Palomino: bosques frondosos, pájaros, silencio… y al estar mojados, una actividad fresquita.

Paseamos al amanecer y atardecer por sus playas. Nos tomamos jugos de maracuyá o tomate de árbol en la playa. Bailamos un poco de tecno en alguna de sus fiestas rotativas y diarias.
Podríamos haber estado muchos más días, pero el interior del país nos llama, después de más de dos semanas de Caribe.


























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