Cartagena de Indias
17 de febrero
Nos timaron desde el primer minuto. Al comprar la tarjeta SIM. Al comprar el primer tinto (café negro). Al comer en ese restaurante tan local sin precios en la carta (por evitar ir a los caros enfocados a los guiris)… fallos nuestros, que suceden especialmente en esos lugares en los que el turista (local y extranjero) somos fuente fácil de un ingreso adicional para los más espabilados.
Y como en tantos lugares hiper turistizados, nos ofrecieron para comprar todo el rato cosas y servicios: tours, masajes, puros habanos, cocaína, marihuana… Nos pidieron limosna, contribuciones, comer aquí, mirar mis productos, entrar en mi tienda, etc, etc, etc. Lo esperado en sitios así. Al final, el turismo es una industria, y todos intentan beneficiarse de nuestra presencia.

Empezar un viaje en la ciudad más turística de un país tiene todo lo malo a lo que te puedes exponer siendo turista: a la propia industria que se genera, precisamente, por tu presencia. Por nuestra presencia.
Pero también, la ventaja de que todo sea fácil, de que haya una oferta súper variada de restaurantes, hoteles, museos, galerías de arte, artesanía, espectáculos callejeros y una seguridad como en pocos lugares.

Cartagena de Indias, al menos su casco histórico, es preciosa. Sus casas coloniales, palacios, iglesias y catedral… han sido preservados y restaurados de una manera impecable. Caminar por sus calles, disfrutar sentados en sus arboladas y pacíficas plazas, ver el Caribe cómo estalla junto a la muralla, merece la pena ser visto y vivido.
Por eso empezamos por aquí nuestro viaje por Colombia. Nosotros y decenas de miles de otros turistas. La ciudad lo merece.
¿Tú la conoces? ¿Cuál ha sido tu experiencia?



El carnaval de Barranquilla
18 de febrero
Nunca pensé que el recuerdo que me llevaría del carnaval de Barranquilla (patrimonio de la Unesco) sería… ¡el de la harina de maíz!
Más exactamente, de la fécula de este cereal: Maizena. Blanca o de colores, en paquetes pequeños o bolsitas, era (junto a la cerveza y el aguardiente anisado) el producto más vendido. ¿Para qué? Para esparcirla sobre la gente: caras, pelo, ropa… todo acababa tiznado de ese polvo con alegría, la misma que hemos respirado durante tres días en gran fiesta.
También la espuma, que niños y mayores se rociaban unos a otros, batallando por cubrir toda la superficie del cuerpo «enemigo». Ahí los daños colaterales eran mayores para nosotros: acabábamos rociados constantemente. Y honestamente, no le vi la gracia.

Mientras todo esto pasaba, los desfiles se desarrollaban frente a nosotros. Asistimos dos veces a los oficiales, en un «desfilódromo» con palcos de pago. El sábado en una rústica carpa popular entre palcos, junto a decenas de familias colombianas que no querían gastar el centenar de euros que costaba el palco. Y el domingo, de reventa, en el palco, tirado de precio, por no haber famosos ya desfilando como el día anterior.
También fuimos a alguno de los desfiles «populares» donde las mismas comparsas exhibían sus mejores galas, cualidades artísticas y sentido del humor frente a nosotros, pero a pie de calle. Más popular, más alcohol, más divertido y con más sabor.
Mirando aprendimos de cumbia, del son de negros, del mapalé, del congo o del garabato: los ritmos, bailes y vestidos de esta region.

Y asistimos a la coronación de la reina popular, en la que una representante de cada barrio aspiraba a llevarse el honor durante todo un año. Amigos y familia las apoyaban sin parar de gritar, aunque la triunfadora fue @haniaorozco_. ¡Enhorabuena!
¿Lo mejor? Lo simpáticos que son los colombianos cuando están a pasarlo bien. Nos la pasamos hablando con unos y otros.
¿Lo más sorprendente? El desorbitado volumen al que ponen la música en los bares y parlantes callejeros en los que beber cerveza mientras retumba la música y nuestros cuerpos con ella. Inaguantable. ¿Será que estamos mayores?
¿Conocías este festival?
Santa Marta
22 de febrero
El caribe colombiano me está desconcertando. Admito que al no haber leído nada antes de llegar aquí todo está siendo sorprendente, pero no siempre para bien.
Vaya, que me esperaba encontrarme un Caribe solitario, de playas cristalinas y paradisíacas, y por el momento hemos estado en tres poblaciones de enormes rascacielos, de segundas residencias playeras, de una industria turística potente y bien engrasada para atender al turismo nacional (e internacional).

Sé que está ahí, que llegará, ese Caribe más paradisíaco que anhelo a medida que vayamos hacia el noreste pero Santa Marta, nuestra tercera parada, me recordó mucho a un Alicante. Y no quiero decir que no me haya gustado, pero no me lo esperaba.
Santa Marta es, además, la primera ciudad que los españoles fundaron en el continente sudamericano. Otra ciudad histórica (donde murió Simón Bolívar, el libertador) y tiene algunos edificios coloniales superbonitos, sin llegar a la pulcritud de Cartagena, pues están escoltados por decenas de rascacielos en primera línea de playa.

Pero me quedo con su arte callejero, sus grafitis, que decoran cada rincón del centro. Con los ricos pescados que comemos (el doble de caros que los platos de carne, a pesar de estar en la costa). Con los jugos de frutas exóticas (lulo, zapote, guanábana). Y con el ambiente que hay en su mercado, ordenado, limpio y bullicioso.
Paramos en ella más tiempo del habitual (3 días) porque un par tuvimos que trabajar en nuestras queridas @jornadasgrandesviajes (que por cierto serán el 1 de junio en Madrid). Tener un trabajo que te puedes llevar contigo es una bendición y, a la vez, una responsabilidad que no te deja conectar del todo con el viaje. Tampoco ayuda tener wifi y recibir mensajes de tus amigos, tu país o de tu vida que has pausado temporalmente. Todo eso te saca del viaje.



Creo que algún día volveré a esa época en la que se viajaba sin móvil. Conectado al 100% con el viaje. Desconectado de lo que no lo es. Informando a nuestras personas queridas por email escrito en algún casi extinto cibercafé…
¿Y tú qué piensas: te gusta viajar conectado o te parece que te «saca» del viaje?


























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