La mochila más pesada de mi vida (o casi)
18 de julio
Hacía 20 años que no viajaba así…
Con esa mochila de 70 litros a reventar con 18 kilos de peso.
La ocasión lo merece: ahí llevo mucho equipo de alta montaña para el viaje que arranca.
Me voy de nuevo a Pakistán, pero para un trekking al campo base del K2 y… otras aventurillas en moto (para las que solo llevaré la mochila de 32L).
¿Ganas de que os vaya contando?

Primer día en Islamabad, la capital de Pakistán
21 de julio
Te admito una cosa: odio el primer día de un viaje.
Al menos ese primer día en que llegas a primera hora de la mañana al aeropuerto de destino, y te bajas de un vuelo de 10 horas con escala, en el que no has dormido, que te han dado de cenar dos veces, a las 7 de la tarde y a las 2 de la mañana (¿por qué?) y encima te toca luchar contra el jet lag y el mareo que suele suponer(me).
Así, ese día te dedicas a deambular como un fantasma, empanado, con mal cuerpo llevando a cabo los trámites iniciales en el nuevo destino: encontrar dónde cambiar dinero, comer cosas que a saber qué son, hacerte a esa ciudad nueva de cultura tan diferente, a un calor húmedo sofocante y a tratar de hacerte entender cuando la gente se acerca a ti pero apenas sabe en qué comunicarse.



Y eso que Islamabad, una ciudad de «reciente» creación, es fácil de recorrer, tranquila, agradable y verde (aunque apenas tenga nada que ver en cuanto a monumentos). Aunque , como cualquier ciudad de país en vías de desarrollo, con grandes desigualdades, con infraestructuras atrasadas, con basura por todos lados…
Mi primer día acaba conmigo tirado en el hostel, cenando un arroz briyani delicioso que me ha regalado el tipo de la oficina de cambio (no fue el único regalo: otro señor no me ha dejado pagar los dátiles que estaba comprando) y dudando qué hacer mañana: si irme a Gilgit en el bus (16 a 18 horas) o volver al aeropuerto para intentar coger el vuelo que esta mañana me han cancelado por mal tiempo… (y que no os había comentado hasta ahora).

Tengo ganas de avanzar, de ponerme en marcha, pero sobre todo de dormir, que ya es la hora. A ver si se pasa ya este duro primer día.
¿A ti no te pasa igual ese primer o primeros días?
Sorpresas a la vuelta de la esquina
22 de julio
Había comprado el discurso de que en Islamabad no había nada interesante que ver. Una ciudad moderna, bien planificada, funcional. Eso es lo que todos los locales me dijeron, pero sin ningún atractivo.
Pero ayer leyendo la guía, mencionaba que justo al lado del hostal estaba el monumento religioso más importante de la ciudad: Darbar Peer Meher Ali Sha, más conocido como Golra Sharif (en el barrio E11). La tumba de un sufí, lugar de peregrinaje, pero ni lugares así les parecen interesantes para recomendarlos a los turistas…
Tras levantarme super tarde, me acerqué. Y qué bien que lo hice, aquel lugar me encantó, como lo hacen los lugares santos, a los que la gente acude con veneración e ilusión, elegantemente vestidos.



En el centro del patio estaba la tumba, un edificio de mármol, donde solo los hombres rezaban. Al irse besaban la tumba, con la frente y los labios, y tomaban un pétalo de las flores que cubrían la tumba. Las mujeres, a la sombra, en el lateral del patio, charlaban animadas, como si aquello no fuera con ellas.
Una hora después me iba feliz, pensando en que la percepción de lo que hay que ver, de lo que es interesante, es tremendamente subjetiva.
Y no, no siempre hay que fiarse de los locales 😉
En ruta hacia Gilgit
26 de julio
No fue ni tan malo ni tan insoportable como leí en el foro de Facebook de Pakistán.
Es verdad que, cuando decidí ir por tierra desde Islamabad a Gilgit (las predicciones del tiempo daban muchas nubes y eso significaba que mi vuelo sería nuevamente cancelado) pregunté bien qué compañías de autobuses eran las buenas.
Salvo Natco (la estatal, sin aire acondicionado) otras parecían aceptables para un viaje de 14 a 16 horas. Me decanté por Faisal Movers, por 14 euros, y tuve la suerte de que mi viaje duró, en efecto, solo 15 horas para recorrer 479 kilómetros.



En un viejo Daewoo pero bien mantenido, con TV individual como en el avión (con más de 40 pelis a elegir), nos recibió el conductor, vestido cual piloto de aeroplano. Asientos reclinables, aire acondicionado y gente aseada, todo pintaba bien. Y, por supuesto, hombres sentados junto a hombres, y mujeres con mujeres, nada de mezclar sexos en los mismos asientos.
La pena es que la mayor parte se hace de noche, para evitar el calor, el tráfico y quién sabe qué otros motivos. Salimos anocheciendo, a las 19, y la primera parada fue a cenar, un curry de verduras con pan recién hecho, comido con las manos. Sentados afuera en el suelo, sobre alfombras, o dentro en mesas, en media horita estábamos listos.
Hasta las 4 am no vi nada (apenas dormí), salvo algunas luces por ciudades por las que pasamos. Los cañones profundos por los que circula la Karakorum Highway (la carretera que va hacia China desde la capital, antiguo ramal de la Ruta de la seda) quedaron ocultos hasta que amaneció, momento en que empecé a disfrutar del recorrido entre cabezadas, siendo agitados constantemente por infinitas curvas. Por suerte, el asfalto era bastante bueno. (Gracias, China).



Y por suerte, también, no hubo derrumbes, que cortan la carretera durante horas y que pueden llegar a hacer que este trayecto lleve 20 o 25 horas.
Así que ya de buena mañana, y tras un par de paradas más a desayunar y mear (en letrina, por supuesto), llegamos a Gilgit, centro logístico del norte del país.
Desde allí subiré al campo base del Rakaposhi, un 7.788, que el año pasado no pude visitar por la lluvia.
¿Me respetará este año?


























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