¡Llegamos a Japón!
17 de octubre
Día 1: Zushi
Empezamos el viaje en el ‘tachinomi’ de Hide. Vivió en Granada 15 años. Era cocinero y guitarrista de flamenco. Ahora dos veces por semana hace comida española en un local para 6, 8 personas de pie.

17 de octubre
Día 2: Kamakura.
Templo sintoísta de Zeniarai Benten. En él, si lavas tu dinero, se multiplicará.
Procedimiento:
Paga 200 yens (algo más de un euro). Coge un cesto de mimbre, incienso y una vela.
Haz la ofrenda (con el incienso), reza.

Entra en una cueva, pon billetes o monedas en un cesto. Con un cazo tira algo de agua sobre el dinero.
Ya está. Será multiplicado.
Carteles avisan de no meter los billetes húmedos en las máquinas de refrescos que están por todos lados.
18 de octubre
Día 3: Zushi. Yoga en la playa.

Y windsurf. Y pickleball. Y pádel surf. Y fotos a novios. Y paseantes.
Y barbacoas, que ha sido nuestro esfuerzo del día. Con el jetlag no da para más.
19 de octubre
Día 4: Miura. Reportaje de boda.
Antes de casarse las parejas hacen un book de fotos románticas.
Aunque hayan contraído matrimonio en el templo con su ropa tradicional (kimonos), a muchos les gusta posar para las fotos también con otra ropa, de corte occidental.
En esas sesiones fotográficas se ponen todos creativos.

Para la instantánea, el fotógrafo tuvo una gran idea: que se pusieran de espaldas, levantando en brazos su perrito y el ramo de flores.
Menudo alarde creativo, menudo momentazo.
No me imagino qué otras ideas habrá ido teniendo.
Finalmente, Tokio
20 de octubre
Día 5: Tokio. Harajuku. Bar de cerditos.
La aberración está llegando a límites insospechados. Conocía los cafés con gatos, con perros, con conejos… pero ahora descubro que hay cafés con cerditos…

No sé tú pero a mí me parece indigno y lo prohibiría, aunque a muchos guiris (en ese café todos lo eran) les parezca algo gracioso.
Nota tras la publicación: ni entré ni pienso entrar. La foto fue sacada desde la calle.
22 de octubre
Día 6: Tokio. En el teatro Kabuki.
A pesar de lo famoso que es, el teatro Kabuki no suele ser visitado por los turistas.
Normal: las representaciones duran varias horas, como la de ayer, de 11:00 a 20 horas.
Y solo hay 3 teatros en el país donde programan estas representaciones.

Sobre el escenario los actores, solo hombres, exquisitamente maquillados, representan la historia que sea con una combinación de dramaturgia (muy exagerada, como teatro clásico que es), música (que a veces recuerda a ópera) y baile (o estudiados movimientos y poses).
Todo muy exagerado a la vez que elegante, delicado y refinado. Es Japón en un escenario.
Escapada a Nikko
22 de octubre
Día 7: Nikko
Nos vamos de la gran urbe unos días, a las montañas de Nikko, a 3 horas en tren (el barato, el Express en dos horas, al doble de precio).

Llega el otoño, el frío y el «kojo», la explosión de color otoñal en los bosques («momiji» en el caso de los arces que se tiñen de rojo).
¿Tendremos suerte de verlo en su esplendor?
23 de octubre
Día 8: Nikko.
Mucha gente viene a Nikko en busca de sus templos pero olvida (o no tiene tiempo) de visitar sus impresionantes montañas, lagos y… cascadas.

Hoy hemos pasado un día de excursión paseando entre el lago Chujenji y Yumoto, por bosques otoñales, marismas de altura, volcanes de 2.400 metros de altura y baños termales.
24 de octubre
Día 9: Nikko.
Comemos en un restaurante budista, vegano, en mitad de los templos. Platos de tofu yuba, la especialidad local, parecida a la nata de la leche.
Lo hacemos sentados en un tatami con las piernas cruzadas, frente a enormes ventanas para poder disfrutar de la contemplación del jardín, cuidado con esmero.

Las vistas, la belleza, la estética como parte imprescindible de la experiencia, tanto en los platos servidos frente a nosotros como en el ambiente.
El silencio, la ausencia de olores, de ruidos, nada que perturbe el disfrute, reinan.
Todo tan diferente, tan atractivo.
De vuelta a Zushi
26 de octubre
Día 10: Zushi.
Nunca imaginé venir a Japón y comer una espectacular paella de pescado y marisco en la playa.
Aunque lloviera, Sanae nos dejó impresionados. Ella es una apasionada de la gastronomía española, ha hecho varios cursos y es la promotora de @zushipaella, un encuentro de amigos japoneses en torno a este plato que sentimos tan nuestro los españoles.

Con fuego de madera y todos los ingredientes y accesorios necesarios, nos quedó claro que los japoneses cuando hacen algo, cuando lo aprenden, lo hacen a conciencia.
Y por eso el resultado de la paella y de tantas cosas en este país es tan perfecto.
26 de octubre

Día 11: Zushi. Karaoke.
Que yo no soy muy de cantar, pero nos vinimos arriba.
Y eso que el listón estaba alto. Un par del «equipo Japón» estaban muy entrenados en esto de cantar y beber. Entonaban, bailaban, lo vivían.
Nosotros hicimos lo que pudimos cantando un repertorio variado desde Despacito, Billie Eilish, Michael Jackson o Gloria Gaynor. Pero salimos con la cabeza alta y la garganta irritada.
Habíamos alquilado una sala para 7, nos compramos cervezas y latas de sabores raros como jugo de tomate con cerveza, picoteo de calamares secos ahumados, y nos pasamos cuatro horas desgañitándonos y pasándolo bien, con barra libre de refrescos, café y helado.
En otras salas, grupos de jóvenes y algún cumpleaños. Éramos los veteranos.
Aunque paradójicamente casi nacimos a la vez que el karaoke, inventado en 1971 en Japón por Daisuke Inoue.
Y ahora que estábamos en la tierra del karaoke, con un buen grupo de amigos, lo aprovechamos.
Regreso a Tokio antes de continuar el viaje
27 de octubre
Día 12: Tokio. Cementerio de Yanaka.
En cada viaje visito cementerios, dicen mucho de la cultura. Aquí son casi todos budistas o sintoístas, rodeados de naturaleza.
Las tumbas suelen ser de piedra. Cada una tiene una «lápida» o monolito, con el nombre del difunto y espacio para colocar incienso y flores a sus pies. No hay retratos de los difuntos.



Las familias tienden a enterrarse todas juntas. Incineradas.
Además muchas tienen unas tablillas de madera (toba) con aforismos budistas y a veces alguna ofrenda en forma de alimento o bebida.
28 de octubre
Día 13: Tokio. Shibuya.
En el bullicioso barrio de Shibuya hay dos zonas de callejones muy especiales.
La primera, junto a la estación, es la Omoide Yokocho: dos estrechas callejuelas llenas de bares de parrillas, pinchos de carne y cervezas. Pequeños, humeantes, olorosos.
La segunda, Golden Gai, cinco estrechas calles llenas de bares diminutos, con una barra con capacidad para 5, a lo sumo 7 personas.
En ambos casos, lo atractivo de esos lugares los ha llenado de curiosos turistas, prácticamente expulsando a los tokiotas que acudían a ellos tras salir del trabajo. Restaurantes sencillos y bares en los que conversar, enjuagar las penas u olvidar el duro día conversando con el camarero.



Los bares y restaurantes siguen llenos, pero se escucha más inglés que japonés. Me pregunto qué piensan los tenderos de este cambio de clientela, de la mutación de la personalidad, de la alteración de su esencia.
Algunos han hecho sus bares «members only». Otros seguro que al contrario están felices por cobrar mucho más a los guiris que a sus compatriotas.
El turismo en sitios tan pequeños y frágiles daña la esencia de lo que un día fueron.
El turista (o viajero) responsable debe tener ojo y saber dónde sí y dónde no consumir. En sitios así, mejor no.
29 de octubre
Día 14: Barrio de Sugamo.
Tokio son rascacielos, pantallas LED, eficiencia, frenesí, órden… pero también calma y silencio en barrios residenciales como #Yanaka o #Sugamo.
Por suerte no nos hemos olvidado de visitarlos. Me han encantado. Gracias a recomendaciones de @marcmorte y Suso Mourello, caminamos por estos barrios que no suelen estar entre esas «10 cosas que no puedes perderte en Tokio».
Barrios con colegios, parques infantiles, viviendas de dos pisos, calles peatonales, bicicletas sin candar, comercios de toda la vida, tintorerías y carnicerías, pequeños templos de barrio…


En uno de ellos, en el Kouganji de Sugamo (un barrio conocido por sus tiendas para personas mayores) encontramos una estatua de la diosa Arai Kannon a la cual las personas le arrojan agua con un cazo y luego la secan cuidadosamente con un paño.
Quieren aliviar sus dolencias en la zona de la estatua donde han vertido el líquido. Había una buena cola de personas jubiladas guardando su turno, esperando pacientes.
Viendo esto uno piensa que, en el fondo, las religiones no son tan diferentes unas de otras.
Cambian los rituales y la parafernalia pero buscan lo mismo ¿no? Salud, felicidad, descendencia, dinero, esperanza…


























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