14 de marzo
José Fernando: renaturalizando su tierra
Conocimos a Marcos y Miriam de casualidad, en Minca. Ibicencos ellos nos hablaron de José Fernando, un ornitólogo y aventurero colombiano que vivía en Neira (Manizales), al norte del Eje Cafetero.
Había comprado una finca de café y había abandonado la plantación para renaturalizarla y convertirla en un reserva natural llamada El Jordán.
Evidentemente quisimos conocerle y visitar la reserva.
La mala suerte hizo que solo pudiéramos estar juntos dos días, pero dieron para mucho.
Uno de los días lo pasamos entero a caballo, ascendiendo por bosques, cultivos y fincas agrícolas (café, plátano y el invasor aguacate que tanto daño está haciendo, secando las tierras). El objetivo eran dos enormes y remotas cascadas.


En el camino paramos a comer en casa de María Delia, que nos había preparado la comida en su casa. Compramos un helado artesanal en otra finca. Un café en otra tiendita. Gastar dinero en los pocos sitios que nos encontramos en el camino es una manera de que el turismo haga bien en los lugares por los que pasamos.
Al día siguiente salimos a «pajarear» viendo cómo el bosque ha ido ganando terreno allí donde antes había café y el efecto llamada que esto ha tenido en pájaros que antes no paraban por allí.
Pero lo mejor fue José, que nos regaló mil y una historias que nos ayudaron a conocer mejor el pasado, presente y cultura colombiana.
Nos habló de cómo fue secuestrado por una de las guerrillas, como tuvo que emigrar para vivir en paz y prosperar y cómo, tras 15 años en el extranjero, volvió al pueblo que le vio crecer a iniciar este proyecto de ecoturismo y multitud de otros emprendimientos.
¿A ti no te apetecería conocerle? 😉



Los favoritos del Eje cafetero
23 de marzo
No investigar mucho o, más en concreto, no ver fotos de los lugares que íbamos a visitar ha sido, en general, un acierto en este viaje.
Nada de investigar en Instagram. Nada de buscar en decenas de blogs. Ir (casi) como antes: una guía bajo el brazo (una @lonelyplanet_es), las orejas bien abiertas y poco más (bueno, y un poquito de internet el día antes para temas logísticos).
El no haber tenido referencias visuales del Eje Cafetero y de alguno de sus lugares icónicos como el valle de Cocora, de las montañas y bosques o de sus pueblecitos… ha hecho que los haya visitado sin expectativas y, sobre todo, sin ideas preconcebidas. Con la capacidad de sorpresa a tope.

¡Y qué belleza de lugares nos hemos encontrado!
– El valle de Cocora, con esas palmeras tan particulares, que se levantan 50 metros desde el suelo.
– El pueblo de Filandia, con sus coloridas casas y ritmo pausado.
– Los cafetales de Salento, mezclados con reductos de bosques húmedos, cultivos y verdor, donde los pájaros de colores vuelan felices (o eso pienso yo)…
– El ritmo casi somnoliento de Pijao, olvidado en mitad de las montañas.
El eje cafetero: una zona preciosa, fresca y, tan popular, que empieza acusar síntomas de gentrificación, según nos han contado en numerosas ocasiones: gente de las ciudades y del extranjero que está comprando casas y montando negocios (casi todos pensando en el turista) expulsando a los habitantes tradicionales… reemplazando las tienditas por tiendas de souvenires, ropa, joyas, restaurantes que salvo trabajo, poco aportan a los habitantes de siempre, que cada vez son menos… la historia ya la conocemos. ¿Verdad?


La belleza tiene un precio.
¿Serán capaces de encontrar su equilibrio?
Café del malo y del bueno
25 de marzo
«En Colombia bebemos café malo», nos dijo Gloria.
¿Pero no se supone que aquí se cultiva uno de los mejores cafés del mundo? me quedé pensando.
Ante nuestra cara de sorpresa, pues el café se toma cada rato en todos lados, nos explicó cómo desde hace décadas se exporta el grano bueno (y el mejor), quedándose ellos con la pasilla, el grano que hay que tostar mucho para camuflar su baja calidad. Hubo una época de baja producción en la que incluso se importaba de Brasil…
«Gracias a dios, en los últimos años la cosa está cambiando» sigue explicando en mitad de la plantación. Gracias al todopoderoso y (digo yo) a que se cultiva más (con lo que parte de la producción de calidad se queda en el país), con mayor cuidado y que hay una mayor cultura cafetera, que hace que se procese y tueste en el país, en vez exportar todos los cafés buenos a, principalmente, EE.UU.

El país está en plena revolución cafetera: cafeterías con café de origen, paneles con notas de cata, etiquetajes precisos… ya no solo te tomas un tinto (así le llaman allí a su cafecito negro «malo»): ahora el café es toda una experiencia sensorial.
Me recuerda a la revolución de los vinos que hubo en España hace unos años.
Y, desgraciadamente, también al esnobismo que lleva aparejado. Ese que te mira con sorpresa cuando no sabes encontrar esa fragancia a jazmín en ese café de cuerpo cremoso con aroma de caramelo y con retrogusto achocolatado. O cuando no distingues solo con probar entre una variedad caturra, castillo o geisa. Vaya, que soy un ignorante…
Siempre pienso lo mismo. Qué bien disponer de mejores productos, tratados con más cariño, de mayor calidad… y qué mal lo que a veces lleva aparejado: la petulancia y pose de «los entendidos» que hacen sentir al no iniciado como un pobrecito…
¿No te pasa a ti también?



Se acabó: Bogotá
31 de marzo
Fin.
Se acabó en el momento justo.
En ese momento en el que sabes que le has sacado todo el jugo que querías y justo antes de que te parezca repetitiva la comida, las experiencias, la cultura…
Antes de que deje de sorprenderte del todo.
Bogotá fue el cierre perfecto.

Dos días de paseo por los barrios seguros y agradables, por su barrio histórico (La Candelaria), comiendo bien y variado, visitando algunos museos impresionantes (el de Botero y el del Oro), librerías y supermercados para traer algún capricho.
Y lo mejor siempre, con su gente, conociendo a la viajera Gina y alojados con la hospitalaria Olga.
Lo dicho: un fin de viaje tranquilo, cómodo y disfrutable.
Tres adjetivos que resumen bien cómo han sido estas cinco semanas en Colombia.
Para la siguiente visita dejamos el Chocó, Santander o zonas más remotas y aventureras.
Nos vamos contentos con todo lo que nos regaló Colombia. Solo nos faltó una cosa: una buena partida de Tejo, el peculiar juego precolombino.
Volveremos.



























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